La historia de Adriana Dorronsoro es la crónica de una metamorfosis radical. Un relato que va mucho más allá de los focos de un plató de televisión y que no puede reducirse a titulares sobre peso, polémicas o enfrentamientos en directo. Es la historia de una mujer que tuvo que romperse en mil pedazos para volver a construirse con una armadura de hierro. La de una periodista que desafió a la báscula, al fracaso matrimonial y a las jerarquías del poder televisivo para demostrar que, cuando una mujer decide tomar el control de su vida, no hay nada ni nadie que pueda detenerla.

Para comprender quién es realmente la Adriana Dorronsoro que hoy vemos segura y firme frente a las cámaras, es necesario viajar al norte de España, a ese rincón donde el mar Cantábrico golpea con fuerza la costa de San Sebastián. Allí, el 30 de junio de 1986, nació una niña destinada a no pasar desapercibida.
Adriana creció en un entorno eminentemente masculino. Fue la única mujer entre tres hermanos varones —Íñigo, David y Urco—, la única rosa entre espinas. En aquella casa donostiarra no había espacio para la fragilidad extrema: se aprendía a defender la posición, a alzar la voz para ser escuchada y a competir con la misma intensidad que los chicos. Esa estructura familiar robusta fue el crisol donde se forjó su resiliencia.
Desde pequeña mostró una energía inagotable. En el campo de fútbol era una centrocampista incansable; en la cancha de baloncesto no permitía que nadie le arrebatara el balón. Adriana no era una espectadora de la vida: era una fuerza en movimiento. Ese instinto competitivo, esa necesidad de estar en el centro de la acción, sería años después una de las señas de identidad de su manera de hacer periodismo.
Su madre, a quien siempre ha definido como su mayor apoyo, confidente y brújula moral, fue clave para darle el equilibrio emocional necesario: enseñarle que podía ser fuerte sin renunciar a sentir y que tenía derecho a buscar su propio camino.
De Donostia a Madrid: el inicio de una vocación

La llamada de la comunicación no tardó en llegar. Tras formarse en la Universidad del País Vasco, Adriana sintió que su ambición necesitaba un escenario más grande. Madrid la esperaba con su ritmo frenético. Allí completó un máster de especialización audiovisual y comenzó una etapa profesional que pronto se volvería adictiva.
El año 2007 marcó su entrada oficial en el mundo de los medios, pero fue su llegada a Cazamariposas lo que encendió definitivamente la mecha de su carrera. En aquella redacción irreverente, rápida y eléctrica, Adriana no solo encontró su voz profesional: encontró también a la persona que creyó que sería su compañero para toda la vida.
Fue entre cables, guiones de última hora y la adrenalina del directo donde conoció a Pablo Lasquetti. Su relación no fue un romance de oficina cualquiera, sino un proyecto de vida compartido desde el corazón mismo del espectáculo. Para Adriana, que venía de una familia muy unida, el amor siempre estuvo ligado a la idea de hogar y futuro.
Cazamariposas fue una escuela de vida: aprendió a manejar la ironía, a tratar con personajes difíciles y a entender que en televisión, si no eres rápida, te devoran. Mientras su perfil público crecía, su vida privada avanzaba hacia lo que ella concebía como el clímax de su felicidad.
Una boda de ensueño… ¿y el principio del fin?

El 10 de junio de 2017 quedó marcado a fuego en su biografía. San Sebastián fue el escenario de una boda que parecía sacada de una revista: la finca Torre Satrústegui, en el Monte Igueldo, vistas a la bahía de La Concha y una Adriana detallista, enamorada y convencida de haber alcanzado la cima.
Con 31 años, tenía éxito profesional, reconocimiento y estabilidad sentimental. No veía nubes en su horizonte. Sin embargo, lo que parecía un final feliz fue, en realidad, el inicio de un proceso que acabaría cambiándolo todo.
El año 2020 supuso un punto de inflexión definitivo. Mientras el mundo se paralizaba por la pandemia, el matrimonio de Adriana se disolvía en silencio. Tras apenas tres años de casados, su relación con Pablo Lasquetti llegó a su fin.
El divorcio no fue solo la ruptura con una pareja, sino la interrupción abrupta de su proyecto vital más ambicioso: formar una familia numerosa. Adriana ha confesado en más de una ocasión que su instinto maternal siempre ha estado muy presente, y la separación la obligó a rediseñar su vida desde cero, con el corazón roto y la presión de seguir sonriendo ante las cámaras.
A pesar del dolor, Adriana eligió la resiliencia. Se refugió en su trabajo en El programa de Ana Rosa, donde su papel como reportera y colaboradora fue ganando peso. Pero la exigencia de analizar las intimidades ajenas mientras ocultaba las propias pasó factura.
Su salud mental y su orden vital se vieron seriamente afectados. Canalizó su amor maternal volcándose en sus sobrinos y se aferró a la rutina televisiva como salvavidas, aunque también fuera su mayor verdugo.
Autoridad, conflictos y carácter
El ascenso profesional trajo consigo mayor exposición y más polémicas. Ya como copresentadora de Vamos a ver, Adriana se consolidó como una figura con autoridad. El enfrentamiento con Isabel Rábago en enero de 2024 o sus duras críticas a Bárbara Rey meses después dejaron claro que no es una mujer dispuesta a callar para agradar.
Defiende el orden, la ética y la lealtad con firmeza, incluso cuando eso implica incomodar a compañeros o generar tensiones dentro de la cadena. Para muchos, esa dureza es una virtud; para otros, una muestra de exceso de juicio personal. En cualquier caso, Adriana no pasa desapercibida.
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A finales de 2025 llegó el capítulo más impactante de su historia reciente: una drástica pérdida de peso de 20 kilos. El cambio físico fue tan evidente que desató una avalancha de rumores, especialmente en torno al uso de fármacos adelgazantes.
Adriana decidió hablar claro. Negó haber recurrido a medicamentos y explicó que su transformación era el resultado de un proceso profundo de orden vital, disciplina deportiva extrema y reconstrucción emocional tras años de desajuste personal.
Más allá del cuerpo, el cambio fue mental. Ella misma reconoció que su anterior estado físico reflejaba abandono, estrés y dolor no resuelto. Hoy afirma encontrarse en su prime, en el mejor momento de su vida.
Rutinas, manías y la búsqueda del equilibrio
Lejos de los focos, Adriana es una mujer de rutinas casi obsesivas. No concibe empezar el día sin café, es amante de las fragancias, duerme siempre con el pelo recogido y cuida su imagen como una auténtica armadura emocional. La coquetería, en su caso, no es superficialidad, sino protección.
A pesar del éxito, sigue profundamente unida a San Sebastián y a su madre. Su mayor deseo, aunque lo exprese con cautela, sigue siendo formar una familia. Hoy sabe que no necesita a nadie para sentirse completa, pero no ha renunciado al amor.
Con 39 años, Adriana Dorronsoro ha conseguido algo poco habitual en televisión: que el público se interese tanto por su evolución personal como por su trabajo. Sus 20 kilos menos no son solo una cifra, sino el símbolo de una mujer que decidió dejar de ser víctima de las circunstancias para convertirse en la arquitecta de su propia vida.
El fracaso de su matrimonio no fue el final, sino el prólogo de una metamorfosis que la llevó a descubrir su verdadera fortaleza: la disciplina, el orden mental y la fidelidad a sí misma.
Tras la imagen impecable de la copresentadora estrella hay una mujer que, a base de esfuerzo y reconstrucción, ha convertido su historia en un manifiesto de libertad individual. Porque, como demuestra Adriana Dorronsoro, nunca es tarde para reinventarse y la verdadera belleza nace, siempre, de la fuerza de voluntad.