⚖️🎥 Cuando la verdad se encendió en una pantalla y el silencio se volvió insoportable: la reacción de Hermann Göring en Núremberg que reveló más que mil confesiones

75 años del fin de los juicios de Núremberg: las oscuras revelaciones de los  exámenes psicológicos a los que sometieron a los nazis acusados - BBC News  Mundo

El banquillo de los acusados parecía una jaula simbólica.

Dos filas de hombres que alguna vez controlaron ejércitos y ministerios ahora estaban vigilados sin descanso.

Entre ellos, en la primera fila y en el primer asiento, se encontraba Hermann Wilhelm Göring.

Exjefe de la Luftwaffe, heredero designado de Hitler, arquitecto del saqueo económico del Reich y firmante de la orden clave para la llamada “Solución Final”.

El Göring que llegó a Núremberg ya no era el coloso de más de 130 kilos vestido de blanco.

En prisión había sido desintoxicado de la morfina, había adelgazado casi treinta kilos y su cuerpo mostraba el desgaste.

Pero sus ojos seguían intactos: atentos, calculadores, siempre en movimiento.

No eran los ojos de un hombre derrotado, sino los de alguien que aún creía estar actuando en un escenario.

Detrás de los acusados, un proyector de cine empezó a zumbar.

La sala quedó en penumbra y un haz de luz atravesó el aire hasta una enorme pantalla instalada especialmente para el juicio.

El fiscal explicó que lo que iban a ver no era propaganda ni reconstrucción.

Era material filmado por soldados aliados en 1945, al liberar los campos de concentración.

Nada había sido alterado.

Nada era actuación.

Cuando apareció el primer rótulo —campos de prisioneros— la atmósfera se volvió densa.

Las imágenes comenzaron a desfilar: Bergen-Belsen, Buchenwald, Dachau, Mauthausen.

Cuerpos apilados.

Sobrevivientes con menos de cuarenta kilos, ojos hundidos, piernas incapaces de sostenerlos.

Excavadoras removiendo cadáveres porque ya no había manos suficientes para enterrarlos.

Montañas de zapatos, de ropa infantil, de dientes de oro arrancados.

El silencio era absoluto.

Juicios de Núremberg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Solo se escuchaba el traqueteo del proyector marcando el paso del tiempo.

Minuto tras minuto, la evidencia dejaba de ser abstracta.

Ya no eran documentos ni cifras.

Era carne, hueso y miradas vacías.

En la segunda fila, Hans Frank, gobernador general de Polonia ocupada, comenzó a llorar.

No intentó ocultarlo.

Sus hombros temblaban.

Fritz Sauckel, responsable del trabajo forzado, también se quebró.

Albert Speer palideció hasta parecer enfermo.

Walter Funk lloró abiertamente.

Algunos bajaron la cabeza.

Otros cerraron los ojos.

Julius Streicher, el propagandista del odio, reaccionó de forma perturbadora: se inclinó hacia adelante y sonrió levemente, como si lo que veía confirmara sus delirios.

Hjalmar Schacht giró su silla y dio la espalda a la pantalla, negándose a compartir la responsabilidad.

Y Göring… Göring no hizo nada de eso.

No cerró los ojos.

No giró la cabeza.

Tampoco miró la pantalla.

Su barbilla se inclinó levemente hacia abajo y su mirada quedó fija en la madera del banquillo frente a él.

Ojos abiertos, rostro neutro.

No era incapacidad: era elección.

En una sala con más de cuatrocientas personas observándolo, Göring estaba enviando un mensaje silencioso: “No acepto esto”.

Durante casi una hora, se negó a mirar la evidencia visual más contundente jamás presentada en un juicio.

Psicólogos de la prisión, como Gustav Gilbert, registrarían más tarde que aquel gesto no fue confusión ni shock, sino una negación estratégica.

Göring sabía exactamente lo que mostraba la película.

Él había firmado órdenes, había asistido a reuniones, había organizado el saqueo y la expulsión sistemática.

Mirar significaba admitir.

Esa noche, cuando el psicólogo lo visitó en su celda, Göring resumió la proyección con una frase escalofriante: “Fue una tarde bastante agradable… hasta que pusieron esa película”.

No habló de horror.

No habló de culpa.

El interrogatorio al criminal nazi Hermann Göring y los secretos que  confesó sobre el final de Adolf Hitler - Infobae

Solo de una molestia.

En los meses siguientes, Göring convirtió el juicio en un teatro.

En el estrado, durante ocho días, habló de honor, de patriotismo, de guerra.

Desvió preguntas, culpó a Himmler y a las SS, minimizó documentos con su firma, calificó cifras como propaganda.

Se presentó como un soldado malinterpretado, no como un criminal.

Pero los papeles eran claros.

El 31 de julio de 1941, su firma ordenaba la coordinación de la “Solución Final”.

El documento fue mostrado en el tribunal.

Existía.

Estaba sellado.

No había escapatoria lógica.

Aun así, Göring jamás abandonó su relato interno.

Negar era su forma de sobrevivir.

El 1 de octubre de 1946, el tribunal lo declaró culpable de conspiración, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

La sentencia fue la máxima: muerte en la horca.

Göring escuchó sin emoción visible.

Luego pidió ser fusilado como soldado.

La petición fue rechazada.

La noche previa a la ejecución, burló la vigilancia y se suicidó con una cápsula de cianuro que había logrado ocultar desde su arresto.

Fue su último acto de control, su última negativa a someterse al veredicto del mundo.

La historia recuerda muchas palabras de Núremberg, pero recuerda aún más aquel silencio.

Recuerda el día en que la verdad fue proyectada en una pantalla gigante y un hombre eligió mirar a otro lado.

Tres lloraron.

Uno sonrió.

Uno dio la espalda.

Y Hermann Göring, con los ojos abiertos, decidió no ver.

Porque a veces, la prueba más poderosa no es lo que alguien dice para defenderse, sino aquello que se niega a mirar cuando la verdad está justo frente a él.

Related Posts

Our Privacy policy

https://noticiasdecelebridades.com - © 2026 News