Hola, mi nombre es Dr.Javier Méndez, tengo 70 años y durante 30 años enseñé en universidades de toda Europa que Dios no existe.

Escribí un libro llamado La ilusión divina que vendió 250 copias en siete idiomas.
Participé en 17 debates televisados contra sacerdotes, teólogos y apologistas católicos.
Nunca perdí un solo debate.
Nunca.
Me sentía invencible, intelectualmente superior, libre de las cadenas de lo que yo llamaba superstición religiosa medieval.
Mis colegas me admiraban, mis estudiantes me temían, los creyentes me odiaban y yo disfrutaba cada segundo de esa reputación.
Pero el 5 de octubre de 2005, un jueves lluvioso en Milano, Italia, un adolescente de 14 años con ojos color café destruyó 30 años de certezas ateas en menos de 10 minutos.
No lo hizo con filosofía compleja ni con argumentos teológicos rebuscados.
lo hizo revelando algo que era absolutamente imposible que él supiera, el nombre de mi hijo muerto, la fecha exacta de su muerte y un mensaje que venía directamente del cielo.
Lo que voy a contarte hoy cambiará tu perspectiva sobre la vida, la muerte y la eternidad.
Porque si le pasó a mí, el ateo más arrogante de Italia, te puede pasar a ti.
Permíteme llevarte atrás en el tiempo para que entiendas quién era yo antes de ese día que cambió todo.
Nací en 1954 en Córdoba, Argentina, en una familia católica muy devota.
Mi madre rezaba el rosario todas las noches.
Mi padre era diácono en nuestra parroquia.
Crecí yendo a misa cada domingo, haciendo mi primera comunión, sirviendo como monaguillo.
A los 17 años incluso consideré seriamente entrar al seminario para convertirme en sacerdote.
Pero cuando llegué a la Universidad de Buenos Aires para estudiar filosofía en 1972, todo cambió radicalmente.
Descubrí a Nietzsche, a Sartre, a Camus, a Bertrán Russell.
Leí, ¿por qué no soy cristiano? Y sentí como si alguien hubiera encendido una luz en mi mente oscurecida por años de adoctrinamiento religioso.
Por primera vez en mi vida cuestioné todo lo que me habían enseñado desde niño.
Dios realmente existe o es solo un invento humano para lidiar con el miedo a la muerte.
La Biblia es verdad revelada o simplemente mitología antigua.
Jesús realmente resucitó o sus discípulos inventaron esa historia.
Cuanto más estudiaba, más convencido estaba de que la religión era, como dijo Marx, el opio del pueblo.
En 1978 me mudé a Italia para hacer mi doctorado en filosofía en la Universidad de Milano.
Escribí mi tesis sobre la muerte de Dios en el pensamiento contemporáneo.
Fue publicada como libro en 1982 y tuvo un éxito moderado en círculos académicos.
Para entonces yo ya no era simplemente un no creyente pasivo.
Me había convertido en lo que llaman un ateo militante.
No me bastaba con no creer en Dios.
Necesitaba convencer a otros de que ellos también estaban equivocados.
Daba conferencias en universidades argumentando que la ciencia había hecho obsoleta a la religión.
Escribía artículos en periódicos atacando las políticas de la Iglesia Católica.
Participaba en debates públicos donde humillaba a sacerdotes frente a audiencias de cientos de personas.
Me sentía como un cruzado de la razón, un guerrero de la lógica luchando contra las tinieblas de la superstición.
Mis colegas ateos me aplaudían, me invitaban a congresos internacionales.
En 1985 me ofrecieron una cátedra permanente en la Universidad de Milano como profesor titular de filosofía de la religión.
Era irónico, un ateo enseñando sobre religión, pero ese era exactamente el punto.
Yo enseñaba religión para deconstruirla, para mostrar sus contradicciones, para exponer sus absurdos lógicos, pero había algo que nadie sabía, una razón oculta detrás de todo mi ateísmo militante, una herida tan profunda que nunca hablaba de ella, ni siquiera con mi esposa.
El 22 de mayo de 1983, mi único hijo Mateo murió.
Tenía 4 años y medio.
Leucemia linfoblástica aguda.
Desde el diagnóstico hasta su muerte pasaron solo 11 semanas.
11 semanas de quimioterapia brutal que destruyó su pequeño cuerpo.
11 semanas viéndolo vomitar, llorar de dolor, perder su cabello, adelgazar hasta parecer un esqueleto.
Yo oraba.
Dios mío, cómo oraba.
Cada noche me arrodillaba junto a su cama de hospital y le suplicaba a un dios en el que ya casi no creía.
Por favor, sálvalo.
Tómame a mí en su lugar.
Él es inocente, solo tiene 4 años.
No ha hecho nada malo.
Si realmente existes, si realmente eres amor, como dicen, sálvalo.
Pero Dios no respondió.
O si respondió, su respuesta fue no.
Mateo murió un sábado por la mañana a las 6:47 de la mañana.
Recuerdo el sonido de los monitores del hospital cuando su corazón se detuvo.
Recuerdo como su manita caliente se volvió fría en la mía.
Recuerdo el llanto desgarrador de mi esposa Elena y recuerdo mi decisión en ese momento.
Si Dios permite que niños inocentes sufran así, entonces ese Dios o no existe o no merece ser adorado.
Después de la muerte de Mateo, mi ateísmo dejó de ser intelectual para volverse viseral, personal, furioso.
Ya no argumentaba contra Dios desde la filosofía.
Lo hacía desde el dolor, desde la rabia, desde la traición.
Mi matrimonio con Elena se desmoronó.
Ella buscó consuelo en la iglesia.
Yo encontré consuelo en destruir la fe de otros.
Nos divorciamos en 1985.
Ella me dijo que ya no me reconocía, que me había vuelto amargo, cínico, cruel.
Tenía razón, pero yo no podía detenerme.
Cada vez que veía a alguien rezando, sentía desprecio.
Cada vez que escuchaba a alguien hablar de la voluntad de Dios o todo pasa por algo, quería gritarles, todo pasa por algo.
Mi hijo de 4 años murió por algo.
¿Cuál era el gran plan divino ahí? Así que me dediqué completamente a mi cruzada atea.
Entre 1985 y 2005, di 480.
y ocho conferencias en escuelas, universidades, centros culturales, defendiendo el ateísmo y atacando la religión.
Desarrollé una presentación especialmente efectiva titulada Ciencia versus fe.
¿Por qué la religión es obsoleta en el siglo XXI? Era mi conferencia más solicitada.
tenía estadísticas, gráficos, citas de científicos famosos, argumentos filosóficos pulidos durante años de debates.
Era devastadora para la fe de los jóvenes y yo lo sabía y me enorgullecía de ello.
El 5 de octubre de 2005 recibí una invitación que me sorprendió.
El director del Liceo Clásico San Carlo, una escuela secundaria católica en Milano, me invitó a dar mi conferencia a sus estudiantes.
“Queremos que nuestros alumnos escuchen diferentes perspectivas”, escribió en su email.
“Creemos que su fe debe ser lo suficientemente fuerte para resistir argumentos contrarios.
Además, tenemos algunos estudiantes muy brillantes que disfrutarían el debate intelectual.
” Yo acepté inmediatamente.
Era una oportunidad perfecta.
entrar en territorio enemigo en una escuela católica y plantar semillas de duda en mentes jóvenes.
La noche anterior preparé mi presentación con especial cuidado.
Incluí mis argumentos más fuertes.
El problema del mal, la inconsistencia de los milagros con las leyes naturales, la historia de violencia en nombre de la religión, la incompatibilidad entre la Biblia y la ciencia moderna.
También preparé respuestas anticipadas a las objeciones más comunes que los creyentes suelen presentar.
Estaba listo para la batalla intelectual.
Esa mañana, mientras conducía bajo la lluvia hacia la escuela, me sentía confiante, incluso emocionado.
Era mi conferencia número 489, solo una más, o eso pensaba.
Llegué al Liceo Clásico San Carlos a las 9:45 de la mañana.
Era un edificio antiguo de piedra gris con un crucifijo enorme en la fachada.
Me recibió el director, el padre Yusepe, un sacerdote jesuíta de unos 60 años con cabello blanco y una sonrisa amable que me irritó inmediatamente.
“Dr.
Méndez, bienvenido.
Es un honor tenerlo aquí”, dijo estrechando mi mano con calidez genuina.
Yo correspondí con cortesía profesional pero fría.
Él me guió por pasillos llenos de imágenes religiosas, vírgenes Marías, santos.
escenas bíblicas.
Cada imagen era un recordatorio de todo lo que yo despreciaba.
Llegamos al auditorio donde 200 estudiantes de entre 14 y 17 años esperaban.
La mayoría vestía el uniforme escolar, pantalón o falda azul marino, camisa blanca, suéter con el escudo de la escuela.
Algunos me miraban con curiosidad, otros con escepticismo visible, algunos con lo que parecía hostilidad.
Bien, pensé que me odien.
La verdad duele.
El padre Yuspe me presentó brevemente.
El doctor Javier Méndez es profesor de filosofía en la Universidad de Milano.
Ha escrito varios libros sobre filosofía de la religión.
Hoy nos presentará una perspectiva diferente a la que estamos acostumbrados.
Les pido respeto y mente abierta.
Luego me dio la palabra.
Yo conecté mi laptop al proyector y comencé.
Buenos días, soy el doctor Javier Méndez y durante los próximos 45 minutos voy a presentarles algo que probablemente nunca han escuchado en esta escuela, razones para no creer en Dios.
Hubo murmullos inmediatos.
Algunos estudiantes intercambiaron miradas incómodas.
Perfecto, ya tenía su atención.
Continué.
No estoy aquí para ofenderlos.
Estoy aquí para hacerlos pensar, para desafiar las creencias que les han enseñado desde que eran niños, sin que nadie les diera la oportunidad de cuestionarlas críticamente.
Mi primera diapositiva apareció el problema del mal.
Si Dios es todopoderoso y absolutamente bueno, ¿por qué existe el mal en el mundo? ¿Por qué niños inocentes mueren de cáncer? ¿Por qué bebés nacen con deformidades horribles? ¿Por qué tsunamis matan a 200 personas? Los teólogos han intentado responder esta pregunta durante dos 00 años y nunca han dado una respuesta satisfactoria.
Vi como algunos estudiantes asentían, otros fruncían el seño.
Pasé a mi siguiente diapositiva.
Ciencia BS Milagros.
La ciencia nos ha mostrado que el universo funciona según leyes naturales consistentes.
Los supuestos milagros de la Biblia, el Mar Rojo abriéndose, Jesús caminando sobre el agua, resurrecciones contradicen todo lo que sabemos sobre física, biología y química.
Son más probables que las leyes de la naturaleza fueron suspendidas o que estas historias son simplemente mitos antiguos.
Durante 45 minutos exactos, destrocé sistemáticamente cada argumento a favor de la existencia de Dios que conocía.
Ataqué el argumento cosmológico.
Dicen que todo necesita una causa, entonces Dios causó el universo.
Pero si todo necesita una causa, ¿quién causó a Dios? Es una contradicción lógica.
Destruí el argumento del diseño inteligente.
La complejidad del universo no prueba un diseñador.
La evolución por selección natural explica perfectamente la complejidad de la vida sin necesidad de un creador.
Critiqué la moralidad religiosa.
No necesitamos a Dios para ser buenos.
Los países más ateos de Europa, Suecia, Dinamarca, Noruega tienen las tasas de criminalidad más bajas del mundo.
Mientras que países muy religiosos tienen violencia, corrupción, pobreza.
La religión no hace mejores personas.
Vi el impacto de mis palabras en los rostros de los estudiantes.
Algunos me miraban con admiración creciente, probablemente los que ya tenían dudas.
Otros parecían confundidos, como si el fundamento de su fe estuviera temblando.
Algunos claramente estaban enojados, con los brazos cruzados y expresiones duras, pero había un estudiante que me llamó la atención.
Estaba sentado en la cuarta fila, lado derecho, un adolescente delgado, con cabello café oscuro, un poco largo, ojos marrones profundos y una expresión completamente serena.
No parecía enojado, confundido ni admirado, solo tranquilo.
Me miraba directamente con una intensidad que me perturbó un poco.
Llegué a mi conclusión final.
En resumen, no hay evidencia empírica de la existencia de Dios.
La Biblia está llena de contradicciones y errores científicos.
Los argumentos filosóficos para Dios fallan lógicamente.
La evolución explica el origen de la vida.
El Big Bang explica el origen del universo.
La neurociencia explica la conciencia humana.
No necesitamos la hipótesis de Dios para nada.
Como dijo la place cuando Napoleón le preguntó dónde estaba Dios en su modelo del sistema solar.
No necesito esa hipótesis.
Entonces, mi pregunta final para ustedes es, ¿por qué siguen creyendo? ¿Es porque tienen buenas razones o simplemente porque así los educaron? Cerré mi laptop.
El silencio en el auditorio era denso, casi palpable.
El padre Yuseppe se levantó.
Gracias, doctor Méndez, por su presentación provocadora.
¿Hay preguntas o comentarios de los estudiantes? Varias manos se levantaron.
Señalé a una chica en la segunda fila.
Profesor, ¿qué hay de todas las personas que han tenido experiencias personales con Dios? Millones de personas simplemente están alucinando.
Respondí con facilidad.
Las experiencias subjetivas no son evidencia objetiva.
Las personas tienen experiencias religiosas en todas las religiones.
Cristianos ven a Jesús, musulmanes a Alah, hindúes a Vishnu.
No pueden todas ser verdaderas.
Lo más probable es que todas sean proyecciones psicológicas.
La chica se sentó claramente insatisfecha, pero sin réplica.
Sentí una oleada de satisfacción.
Señalé a un chico en la primera fila, pero no cree que la existencia misma del universo prueba que debe haber un creador.
Algo no puede venir de la nada.
Sonreí.
Esta era mi pregunta favorita.
Primero, la física cuántica demuestra que sí pueden surgir partículas de la nada mediante fluctuaciones cuánticas.
Segundo, si dicen que Dios no necesita una causa porque es eterno, ¿por qué no simplemente decir que el universo mismo es eterno? Es más simple, la navaja de Okam, no multipliques entidades innecesariamente.
Vi triunfo en mis palabras.
El chico no tenía respuesta.
Otras manos se levantaron, pero entonces noté que el adolescente de la cuarta fila, el de la expresión serena, había levantado su mano.
Había algo en sus ojos que me hizo dudar por un segundo, pero mi arrogancia pudo más.
Sí, el joven de la cuarta fila.
El chico se puso de pie lentamente.
A pesar de su juventud, no podía tener más de 14 o 15 años.
Había una dignidad en su postura que me sorprendió.
Su voz era suave, pero increíblemente clara.
Profesor Méndez, gracias por su presentación.
Fue muy inteligente, muy bien argumentada.
Puedo ver por qué ha convencido a muchas personas.
Esperé el pero.
Siempre había un pero, pero puedo responder a cada uno de sus argumentos.
Sin embargo, antes de hacerlo, ¿puedo hacerle una pregunta personal? Una pregunta personal.
Esto era inusual.
Por supuesto, respondí con condescendencia, pero prepárate para una respuesta racional.
El chico me miró directamente a los ojos y lo que dijo en los siguientes segundos detuvo mi corazón.
Usted dice que Dios no existe porque permite sufrimiento, especialmente el sufrimiento de niños inocentes.
Eso es el centro de todo su ateísmo, ¿verdad? No es realmente por la ciencia o la filosofía, es personal.
La sala se quedó en silencio absoluto.
¿Cómo sabía eso? Yo nunca mencionaba mi historia personal en mis conferencias.
Nunca.
Es personal, continúa el chico con voz gentil pero firme.
Porque usted perdió a su hijo.
Se llamaba Mateo.
Tenía 4 años cuando murió de leucemia.
Fue el 22 de mayo de 1983, hace exactamente 22 años, 4 meses y 13 días.
Sentí como si me hubieran golpeado en el estómago con un martillo.
La sala comenzó a girar.
Mis manos empezaron a temblar.
¿Cómo? ¿Cómo sabía ese nombre? Nadie en esa escuela conocía a Mateo.
Yo nunca hablaba de él, nunca.
Era mi dolor más profundo, mi secreto más oscuro, la herida que nunca sanó.
Traté de hablar, pero mi voz no salía.
El chico dio un paso hacia adelante.
Profesor Méndez, usted no dejó de creer en Dios por razones intelectuales.
Dejó de creer porque está enojado con él.
Está furioso porque Dios no respondió sus oraciones.
Está destrozado porque su hijo murió y usted no pudo salvarlo.
Y durante 22 años ha canalizado ese dolor en destruir la fe de otros.
Porque si usted no puede creer, nadie debería poder creer.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin mi permiso.
Todos los estudiantes nos miraban en shock total.
El padre Yuspe se había puesto de pie con expresión de asombro y preocupación, pero el chico no había terminado.
Yo sé esto, profesor Méndez, no porque lo investigué o porque alguien me lo contó.
Lo sé porque Dios me lo mostró.
Esta mañana, mientras oraba antes de venir a la escuela, el Espíritu Santo puso su nombre en mi corazón.
Vi a su hijo Mateo.
Vi su rostro.
Era hermoso, con cabello negro rizado, ojos verdes como los suyos.
Vi el hospital.
Vi como usted se arrodillaba junto a su cama y oraba desesperadamente.
Vi su dolor cuando él murió.
Yo estaba temblando ahora, completamente quebrado.
30 años de certezas ateas, 30 años de argumentos filosóficos pulidos, 30 años de debates ganados.
Todo se estaba desmoronando.
Y tengo un mensaje para usted, dijo el chico, ahora con lágrimas también en sus propios ojos.
Mateo está bien.
Él está en el cielo, está con Jesús, está feliz y él ha estado orando por usted todos estos años.
Él quiere que usted sepa que no está enojado porque usted siguió viviendo.
Él quiere que usted sepa que lo volverá a ver.
Pero primero usted necesita dejar de estar enojado con Dios.
Dios no mató a su hijo.
La leucemia lo hizo.
Vivimos en un mundo caído donde la enfermedad existe.
Pero Dios estuvo allí con usted en ese hospital.
Lloró con usted y recibió a Mateo con los brazos abiertos.
Mis piernas no podían sostenerme más.
Me senté pesadamente en la silla detrás del podio.
Todo el auditorio estaba en silencio sepulcral.
Algunos estudiantes lloraban, otros miraban al chico con asombro reverente.
El padre Yusepe tenía las manos juntas en oración.
El chico se acercó a mí lentamente y puso su mano en mi hombro.
Profesor Méndez, Dios lo ama.
Nunca dejó de amarlo.
Incluso cuando usted pasó tres décadas atacándolo, él lo siguió amando.
Él entiende su dolor.
Él no está enojado con usted.
Él solo quiere que regrese a casa.
Yo no podía hablar, solo podía llorar.
Todos los años de dolor reprimido, toda la rabia contenida, toda la amargura acumulada.
Salió en un torrente de lágrimas que no podía controlar.
El chico se arrodilló a mi lado.
Puedo orar por usted pude asentir.
Él tomó mis manos temblorosas entre las suyas y comenzó a orar con una voz llena de autoridad espiritual que no concordaba con su edad.
Padre celestial, en el nombre de Jesús, traigo ante ti al Dr.
Javier Méndez.
Señor, tú conoces su dolor, conoces su pérdida, conoces cada lágrima que ha derramado por Mateo.
Te pido que sanes su corazón roto, que le muestres que Mateo está bien, que está contigo.
Rompe las cadenas de amargura y resentimiento que lo han atado por 22 años.
Restaura su fe.
Abre sus ojos para ver tu amor.
En el nombre de Jesús, amén.
Cuando el chico terminó de orar, sentí algo que no había sentido en 22 años.
Paz, una paz profunda, inexplicable, sobrenatural que llenó mi pecho donde antes solo había dolor y vacío.
Era como si un peso de toneladas hubiera sido levantado de mis hombros.
Miré al chico.
“¿Cómo te llamas?”, le pregunté con voz quebrada.
Carlo respondió con una sonrisa gentil.
Carlo Acutis.
Carl, repetí tratando de procesar todo lo que acababa de suceder.
¿Cómo supiste sobre Mateo? ¿Cómo es posible? Él sonrió.
Como le dije, profesor, Dios me lo mostró.
Yo solo soy el mensajero.
Pero ahora usted tiene una decisión que tomar.
¿Va a seguir viviendo en resentimiento contra Dios o va a permitir que él sane su corazón? Yo no podía responder todavía.
Era demasiado.
Todo era demasiado.
El padre Yuseppe se acercó suavemente.
Drctor Méndez, ¿quiere tomar un descanso? ¿Podemos llevarlos a mi oficina? Yo asentí, todavía incapaz de hablar coherentemente.
Mientras caminaba fuera del auditorio con las piernas temblorosas.
Escuché a los estudiantes comenzar a hablar todos al mismo tiempo.
Acababan de presenciar algo que nunca olvidarían.
Y yo, el ateo más arrogante de Italia, también acababa de experimentar algo que cambiaría mi vida para siempre.
Pero esta era solo la primera parte de mi historia con Carlo Acutis.
Lo que sucedió en los siguientes meses hasta su muerte un año después completaría mi transformación de escéptico, furioso a creyente humilde.
Hermanos, lo que acaban de escuchar fue solo el comienzo.
Ese día 5 de octubre de 2005 en el Liceo Clásico San Carlo, mi vida se partió en dos antes de Carlo Acutis y después de Carlo Acutis.
Después de que Carlo oró por mí, el padre Yuspe me llevó a su oficina privada.
me ofreció café, agua, pero yo no podía tomar nada.
Mis manos temblaban demasiado, mi mente estaba en caos total.
30 años de certezas filosóficas habían sido destruidas en 10 minutos por un adolescente de 14 años.
¿Quién es ese chico? Le pregunté al padre Yuspe con voz temblorosa.
El sacerdote sonrió con ternura.
Carlos, es especial.
Desde que entró a esta escuela hace dos años, hemos visto cosas extraordinarias.
Tiene un don de conocimiento sobrenatural.
Ha orado por varios estudiantes y profesores, revelando cosas que no tenía manera humana de saber.
Algunos lo llaman profeta.
Yo simplemente lo llamo un joven que camina muy cerca de Dios.
Me quedé en esa oficina durante 2 horas, procesando lo imposible.
Carlos sabía el nombre de Mateo, sabía la fecha exacta de su muerte, sabía sobre mi dolor secreto que nunca, nunca había compartido con nadie en esa escuela.
No había explicación natural, ninguna.
Antes de irme ese día, pedí hablar con Carlo nuevamente.
El padre Yuspe lo llamó y él llegó a la oficina con esa misma serenidad desconcertante.
Nos sentamos frente a frente.
Carlos, comencé.
Mi voz todavía inestable.
Necesito entender cómo supiste sobre mi hijo.
Investigaste mi vida.
Alguien te contó.
Carlo negó con la cabeza gentilmente.
Profesor Méndez, esta mañana a las 6 de la mañana estaba en la capilla de la escuela haciendo adoración eucarística.
Es algo que hago todos los días antes de clases.
Mientras oraba, el Espíritu Santo puso su rostro en mi mente.
Vi su nombre, Javier Méndez.
Luego vi escenas de su vida como si estuviera viendo una película.
Vi a un niño pequeño con cabello negro.
Escuché el nombre Mateo.
Vi un hospital.
Vi su dolor y escuché la voz de Dios claramente.
Este hombre viene hoy.
Está herido.
Está enojado conmigo.
Necesita saber que su hijo está bien.
Díselo.
Yo lo miraba con una mezcla de asombro y escepticismo residual.
Pero eso es, eso es imposible.
Las personas no escuchan la voz de Dios así.
Carlos sonrió.
Profesor, usted pasó 45 minutos diciéndoles a 200 estudiantes que los milagros son imposibles.
Y luego experimentó uno.
¿Todavía cree que Dios no habla? Durante las siguientes semanas no pude dejar de pensar en Carlo.
Cancelé tres conferencias porque no podía pararte frente a audiencias y atacar a un dios que acababa de demostrarme su existencia de la manera más personal posible.
Dejé de dormir bien.
Cada noche revivía ese momento en el auditorio.
Cada noche escuchaba las palabras de Carlo.
Mateo está bien, está con Jesús, está feliz.
Era posible.
Mi hijo realmente estaba en algún lugar consciente, vivo de alguna forma.
Durante 22 años había asumido que cuando Mateo murió simplemente dejó de existir, que se convirtió en nada, que nunca lo volvería a ver.
Esa creencia había sido mi tormento.
Pero ahora, ahora había una grieta en mi ateísmo, una grieta que se estaba convirtiendo rápidamente en una fisura.
El 3 de noviembre, exactamente un mes después de mi encuentro con Carlo, hice algo que no había hecho en más de dos décadas.
Entré a una iglesia, no para dar una conferencia, no para debatir, solo para sentarme.
Elegí una iglesia pequeña cerca de mi apartamento, Santa María de Yegracie.
Era un martes por la tarde.
La iglesia estaba vacía, excepto por una anciana rezando el rosario en la primera fila.
Me senté en la última banca, en la esquina más oscura, como si no quisiera que Dios me viera.
Miré el crucifijo que colgaba detrás del altar.
Jesucristo clavado en una cruz, sufriendo, muriendo.
Durante años había visto ese símbolo como evidencia de la crueldad del cristianismo.
Un Dios que requiere sacrificio de sangre, que permite que su propio hijo sea torturado.
Pero ahora, por primera vez en décadas, vi algo diferente.
Vi a un Dios que no se quedó distante del sufrimiento humano.
un Dios que entró en ese sufrimiento, que experimentó dolor, traición, agonía.
Un Dios que entendía lo que yo sentí cuando perdí a Mateo, porque él también perdió a su hijo.
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.
No sé si estás ahí, susurré al espacio vacío.
No sé si puedes escucharme.
He pasado 22 años odiándote, culpándote, tratando de convencer al mundo de que no existes.
Pero ese chico, Carlo, él sabía cosas que son imposibles de saber.
Y si él tiene razón, si Mateo realmente está contigo.
Mi voz se quebró.
Por favor, solo necesito saber.
¿Está bien mi hijo? ¿Está realmente contigo? No esperaba respuesta.
No escuché una voz audible, pero sentí algo.
Una presencia cálida que me envolvió, una paz que no puedo explicar con palabras.
Y en mi corazón, no en mis oídos, sino en mi corazón, escuché.
Él está aquí.
está bien y te está esperando.
Salí de esa iglesia transformado, no completamente convertido todavía.
Mi mente académica todavía luchaba contra lo que mi corazón estaba experimentando, pero diferente.
Algo había cambiado fundamentalmente.
Al día siguiente llamé al Liceo Clásico San Carlo y pedí hablar con Carlo nuevamente.
Me dijeron que podía venir durante su hora de almuerzo.
Cuando llegué, Carlo estaba sentado solo en el patio de la escuela, comiendo un sándwich y leyendo un libro.
Me senté junto a él.
¿Qué lees?, le pregunté.
Él me mostró la portada.
La Divina Comedia de Dante.
Estoy en la parte del purgatorio, explicó.
Es fascinante como Dante entendió que después de la muerte hay un proceso de purificación, de sanación.
Creo que eso es lo que Mateo está experimentando ahora, no sufrimiento, sino sanación completa de todo el dolor que experimentó en la tierra.
Sus palabras me golpearon.
Carlo, ¿cómo puedes saber eso? ¿Cómo puedes hablar de Mateo como si lo conocieras? Carlos cerró su libro y me miró con esos ojos profundos.
Profesor Méndez, cuando Dios me mostró a su hijo, no solo vi su muerte, vi su vida completa, vi como usted lo amaba, cómo le leía cuentos antes de dormir, cómo jugaban al fútbol en el parque.
Mateo lo amaba muchísimo y todavía lo ama.
Durante los siguientes meses, Carlo y yo nos reunimos regularmente, a veces en la escuela, a veces en un café cerca de mi universidad, una vez incluso en mi apartamento.
Nuestras conversaciones eran extraordinarias.
Este adolescente de 14 años tenía una comprensión de teología, filosofía y ciencia que rivalizaba con colegas míos con doctorados.
Pero no era solo conocimiento intelectual, era sabiduría.
Una sabiduría que venía de su relación profunda con Dios.
Un día le pregunté, “Carlo, ¿cómo desarrollaste esta fe tan profunda siendo tan joven?” Él sonrió.
“Profesor, no es complicado.
Todos los días voy a misa.
Todos los días paso tiempo en adoración eucarística.
Todos los días leo la Biblia.
Todos los días oro el rosario y todos los días le pido al Espíritu Santo que me enseñe.
Dios no es difícil de encontrar si realmente lo buscas.
me mostró su proyecto personal, un sitio web que estaba creando sobre milagros eucarísticos alrededor del mundo.
Hay más de 150 casos documentados donde la consagrada se convirtió físicamente en tejido cardíaco humano.
Los científicos han analizado las muestras.
Es sangre tipo AB, el mismo tipo que se encontró en el sudario de Turín.
¿No es asombroso? Dios nos da evidencia física de su presencia en la Eucaristía.
Yo estudiaba su sitio web impresionado por su investigación meticulosa y su habilidad técnica.
En marzo de 2006, 6 meses después de conocer a Carlo, tomé una decisión que sorprendió a todos mis colegas.
Anuncié que estaba tomando un año sabático de la universidad.
Necesitaba tiempo para reevaluar mi vida, mi carrera, mis creencias.
Mis colegas ateos pensaron que había tenido un colapso nervioso.
Javier, ¿qué te pasó? Eres el ateo más respetado de Italia.
No puedes simplemente abandonar ahora.
Pero yo no estaba abandonando, estaba buscando.
Comencé a leer autores que antes despreciaba.
C S, Lewis, J, K.
Chesterton, Santo Tomás de Aquino, San Agustín.
Leí las objeciones al ateísmo de filósofos cristianos contemporáneos William Lane Craig, Alvin Plantinga, Edward Fesser y honestamente, por primera vez en mi vida, leí con mente genuinamente abierta, en lugar de buscar solo munición para debates, descubrí algo sorprendente.
Los argumentos a favor de la existencia de Dios eran mucho más sofisticados de lo que yo había admitido.
El argumento cosmológico de Calam, el argumento del ajuste fino del universo, el argumento moral, el argumento de la conciencia.
Había respuestas serias a todas mis objeciones ateas, no respuestas simplistas o dogmáticas, sino argumentos filosóficos rigurosos de mentes brillantes.
¿Cómo había ignorado esto durante 30 años? La respuesta era simple.
No quería que fueran verdad.
Mi ateísmo era emocional, no intelectual.
En julio de 2006 llamé a mi exesposa Elena por primera vez en más de 15 años.
Elena, soy Javier.
Necesito hablar contigo sobre Mateo.
Hubo un largo silencio.
Luego su voz mayor, pero todavía familiar.
Javier, después de todos estos años, ¿por qué ahora? Le conté todo sobre Carlos, sobre la conferencia, sobre cómo él sabía cosas imposibles de saber, sobre mi crisis de fe, sobre las preguntas que me atormentaban.
Elena lloró.
Javier, he orado por ti durante 23 años.
He orado para que Dios rompa la amargura en tu corazón.
He orado para que puedas perdonarlo.
He orado para que vuelvas a creer porque te conozco.
Sé que debajo de todo ese ateísmo militante está el hombre que se arrodillaba en la iglesia cuando éramos jóvenes.
Está el hombre que amó a Dios antes de que el dolor lo cegara.
Nos reunimos en un café en Milano una semana después.
Ella había envejecido, por supuesto, pero seguía siendo hermosa y había paz en sus ojos.
¿Cómo lo hiciste, Elena? Le pregunté.
¿Cómo seguiste creyendo después de perder a Mateo? Ella tomó mi mano sobre la mesa porque sabía que no lo perdí para siempre, solo temporalmente.
Mateo está con Jesús y algún día lo volveré a abrazar.
Esa esperanza me mantuvo viva todos estos años.
En septiembre de 2006 noté algo diferente en Carlo.
Durante nuestro encuentro semanal en el café parecía más pálido, más cansado.
¿Estás bien, Carlo?, le pregunté con preocupación.
Él sonrió, pero esta vez la sonrisa no alcanzó sus ojos.
Profesor Méndez, hay algo que necesito decirle.
Me diagnosticaron leucemia promielocítica aguda.
Los doctores dicen que es muy agresiva.
Sentí como si me hubieran arrojado agua helada.
No, no, Carlo, no.
Tú han empezado tratamiento, quimioterapia.
Él asintió.
Empecé la semana pasada.
Pero, profesor, necesito que escuche algo importante.
Dios me ha mostrado que mi tiempo aquí es corto.
No voy a sobrevivir esta enfermedad.
Y está bien, no tengo miedo.
Yo estaba en shock.
Carlos, no puedes hablar así.
Eres joven.
La medicina moderna puede.
Él me interrumpió gentilmente.
Profesor, durante el último año usted ha aprendido que Dios existe.
Ahora necesita aprender que la muerte no es el final.
Es solo una puerta.
Voy a pasar por esa puerta pronto y cuando lo haga voy a ver a Jesús cara a cara.
Voy a conocer a todos los santos y voy a conocer a Mateo.
Le daré un mensaje de su parte si quiere.
Las lágrimas corrían por mi rostro.
Dile que lo amo, que nunca dejé de amarlo, que lo siento por haber estado tan enojado durante tanto tiempo.
Las siguientes semanas fueron las más difíciles de mi vida desde la muerte de Mateo.
Ver a Carlo deteriorarse fue devastador.
Su cabello se cayó por la quimioterapia.
perdió peso.
Su piel tomó un tono pálido, casi gris, pero su espíritu, su espíritu nunca disminuyó.
Incluso cuando estaba hospitalizado, conectado a máquinas, seguía sonriendo, seguía hablando de Dios, seguía trabajando en su sitio web de milagros eucarísticos desde su laptop en la cama del hospital.
“Necesito terminarlo”, me dijo una tarde mientras lo visitaba.
Después de que me vaya, quiero que la gente pueda encontrar evidencia de que Jesús está realmente presente en la Eucaristía.
El 10 de octubre, dos días antes de su muerte, Carlo me llamó, “Profesor Méndez, necesito verlo.
Es urgente.
” Llegué al Hospital San Gerardo de Monza en 20 minutos.
Carlo estaba en su cama, notablemente más débil que la semana anterior.
Sus padres, Andrea y Antonia estaban con él.
salieron discretamente.
Cuando llegué, Carl tomó mi mano con su mano frágil.
Profesor, pasado mañana voy a morir alrededor de las 6:30 de la mañana.
Dios me lo mostró.
Yo negué con la cabeza violentamente.
No, Carlo, no aceptes eso.
Pelea, los doctores pueden, profesor, me interrumpió con firmeza.
Escúcheme, tengo un último mensaje para usted de parte de Mateo.
Carlos cerró sus ojos por un momento, como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír.
Luego abrió sus ojos y habló.
Mateo dice, “Papá, gracias por finalmente dejar de estar enojado.
Gracias por buscar a Dios nuevamente.
Estoy tan orgulloso de ti.
He visto cómo has cambiado durante este último año.
He visto cómo has leído, cuestionado, buscado la verdad.
Estoy esperándote aquí.
Cuando llegue tu momento y no será por muchos años todavía, voy a estar en las puertas del cielo esperándote.
Vamos a tener la eternidad para estar juntos.
Ya no más separación, ya no más dolor, ya no más lágrimas, solo gozo eterno en la presencia de Jesús.
Te amo, papá.
Siempre te he amado y nunca, nunca estuve enojado contigo.
Yo me derrumbé.
Caí de rodillas junto a la cama de Carlo y lloré como no había llorado desde 1983.
Carlo puso su mano sobre mi cabeza.
Profesor Méndez, su transformación no está completa todavía.
Después de que yo muera, usted va a tener una última decisión que tomar.
Va a regresar a su ateísmo porque Dios permitió que otro joven muriera o va a confiar en que Dios tiene un plan, incluso cuando no lo entendemos.
me miró intensamente.
Prométame algo.
Prometa que vendrá a mi funeral y prometa que después va a hacer algo que no ha hecho en 22 años.
¿Qué? Le pregunté con voz quebrada.
¿Qué quieres que haga? Carlos sonrió débilmente.
Vaya a un sacerdote.
Haga una confesión completa.
Todos los años de dolor, rabia, resentimiento.
Póngalos a los pies de Jesús y luego reciba la Eucaristía.
Reciba a Jesús en su corazón nuevamente después de tantos años.
Esa será su sanación final.
El 12 de octubre de 2006, a las 6:28 de la mañana recibí la llamada de Antonia.
Profesor Méndez, Carlo acaba de partir.
Fue exactamente como él dijo, las 6:28.
estaba sonriendo.
Sus últimas palabras fueron, veo el cielo.
Es hermoso.
Díganle al profesor Méndez que cumplí mi promesa.
Le di el mensaje a Mateo.
El funeral fue el 15 de octubre en la Iglesia de Santa María Segreta en Milano.
Había más de 500 personas, estudiantes, profesores, familias que Carlo había tocado con su vida corta pero extraordinaria.
Durante la homilía, el padre Yuspe habló sobre Carlo.
Este joven de apenas 15 años vivió más santidad que la mayoría de nosotros viviremos en 80 años.
Usó la tecnología para evangelizar.
Amó la Eucaristía con pasión contagiosa y tuvo el don de conocimiento sobrenatural que llevó a muchos, incluyendo a un prominente profesor ateo, de regreso a Dios.
Todos me miraron.
Yo sostuve sus miradas sinvergüenza.
Ya no era el profesor arrogante que entraba a iglesias para debatir.
Era un hombre quebrantado que había encontrado a Dios nuevamente.
Después del funeral cumplí mi promesa a Carlo.
Busqué al padre Yuspe y le pedí hacer mi primera confesión en 22 años.
Nos sentamos en una sala privada.
Padre, no sé cómo hacer esto.
Han pasado más de dos décadas.
Él sonrió con gentileza.
Solo habla con Dios como hablarías con un padre amoroso que te ha extrañado.
Y lo hice.
Confesé mi ateísmo militante.
Confesé cómo había destruido la fe de cientos de jóvenes con mis conferencias venenosas.
Confesé mi rabia contra Dios por la muerte de Mateo.
Confesé mi amargura, mi orgullo, mi arrogancia intelectual.
Confesé 22 años de vivir como si Dios no existiera.
Lloré durante toda la confesión.
Cuando terminé, el padre Yusepe dijo las palabras de absolución.
Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su hijo y envió al Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz.
y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Sentí como si cadenas invisibles que había cargado durante décadas se rompieran y cayeran.
Por primera vez en 22 años me sentí verdaderamente libre.
Al día siguiente, domingo 16 de octubre, asistí a mi primera misa completa en más de dos décadas.
Cuando llegó el momento de la comunión, caminé al frente con lágrimas en mis ojos.
Hermano, hermana, hoy estoy frente a ustedes, no como el doctor Javier Méndez, el ateo militante que escribió La ilusión divina.
Hoy estoy frente a ustedes como el doctor Javier Méndez, creyente humilde que escribió un nuevo libro en 2008 titulado Del ateísmo a la fe.
Como un adolescente santo cambió mi vida.
En 2020, cuando Carlo Acutis fue beatificado por la Iglesia Católica, yo estaba allí en Asís llorando de gratitud.
Este joven que conocí durante solo un año transformó completamente mi vida.
Me mostró que Dios es real.
Me mostró que mi hijo está vivo en el cielo.
Me mostró que el ateísmo no era mi destino final.
Hoy tengo 70 años.
He pasado los últimos 19 años no destruyendo fe, sino construyéndola.
Dejé mi cátedra de filosofía en la Universidad de Milano y ahora enseño apologética cristiana en el seminario de Milano.
He dado más de 300 conferencias sobre por qué dejé el ateísmo.
Me he reconciliado completamente con Elena.
Ella estuvo conmigo en la beatificación de Carlo y cada día, cada día sin excepción voy a misa y recibo la Eucaristía recordando las palabras de Carlo.
La Eucaristía es nuestra autopista al cielo.
Si este testimonio llegó a ti hoy, no es coincidencia.
Carlo está intercediendo por ti desde el cielo.
Si eres ateo, agnóstico, si has perdido la fe, si estás enojado con Dios, escúchame.
Dios no te ha abandonado.
Él está esperándote.
Carlo Acutis, ora por nosotros.
Beato Carlo, ruega por todos los que buscan la verdad.
Amén.
M.