A comienzos de los años 70, en Nueva York, la salsa emergió con fuerza desde los clubes del Bronx y Manhattan para conquistar no solo la ciudad, sino el mundo entero.

El punto culminante fue en 1973, cuando un Yankee Stadium repleto confirmó que la salsa ya no era solo un género musical, sino un negocio millonario.
Sin embargo, detrás de ese éxito deslumbrante había una historia menos conocida, una historia que Larry Harlow, uno de los grandes protagonistas de esa época, decidió revelar al final de su vida.
Durante los años 70, la salsa se convirtió en un fenómeno cultural y comercial.
Fania Records, la disquera que impulsó a muchos de los grandes artistas de salsa, se consolidó como una marca poderosa.
Los conciertos llenaban estadios, los discos se vendían en grandes cantidades, y la música latina dominaba la escena en Nueva York y más allá, llegando a ciudades como Caracas, Cali y San Juan.
Desde fuera, todo parecía perfecto.
La salsa era un movimiento triunfante, una celebración de la cultura latina que rompía barreras y conquistaba audiencias.
Pero detrás de los escenarios y los aplausos, había decisiones y manejos que no eran visibles para el público.
En el centro de esta maquinaria estaba Jerry Masucci, abogado y empresario, cofundador de Fania Records.
Para el público, Masucci era el visionario que llevó la salsa a las grandes ligas.
Pero para los músicos y quienes estaban dentro del círculo, su figura comenzó a generar inquietudes.

Larry Harlow, pianista, productor y compositor, vivió el éxito desde adentro y empezó a notar que algo no encajaba.
Mientras la salsa llenaba estadios y vendía millones de discos, los artistas recibían pagos mínimos y adelantos que no reflejaban las verdaderas ganancias.
El dinero fluía, pero no llegaba a quienes realmente creaban la música.
Al final de su vida, Harlow decidió romper el silencio y contar una verdad incómoda.
Según sus propias palabras, Jerry Masucci no solo manejaba el negocio, sino que se quedaba con el dinero que generaban los músicos.
No fue una mala administración o errores aislados, sino un sistema deliberado de apropiación.
Harlow denunció que los contratos firmados en oficinas legales en Manhattan otorgaban a Fania Records el control total sobre las grabaciones, reediciones y distribución, mientras que los artistas cedían sus derechos sin comprender plenamente las consecuencias.
“Nos hicieron creer que éramos socios, pero en realidad éramos trabajadores sin control y sin participación en las ganancias”, afirmó.
Esta sensación de engaño fue central en su testimonio.
No se trataba solo de pobreza, sino de traición.
Los músicos estaban atrapados en una estructura desigual, firmando contratos porque la otra opción era el silencio y la invisibilidad.
La fama actuaba como una cortina que ocultaba la injusticia económica.
Larry Harlow calificó el modelo de Fania Records como un sistema de explotación.
Los músicos eran “esclavos modernos”: famosos y admirados, pero económicamente dependientes y sin autonomía.
La riqueza generada por la música se concentraba en la cúpula empresarial, mientras los artistas quedaban relegados a pagos mínimos y sin participación real en las ganancias.
El momento en que Harlow decidió hablar fue significativo.
No lo hizo en los años 70 ni en los 80, cuando Fania seguía siendo poderosa y él podía perder contratos o proyectos.
Habló décadas después, cuando ya no había beneficios que proteger, eliminando cualquier sospecha de oportunismo.
Su objetivo era corregir la memoria colectiva y evitar que la historia gloriosa de la salsa ocultara su costo humano.
Harlow no solo habló en público, sino que intentó cambiar las cosas desde dentro.
Planteó la cuestión de los royalties y la transparencia en reuniones internas, pero sus preguntas no encontraron respuestas claras.
La insistencia en el tema del dinero fue vista como una amenaza al orden establecido.

Intentó incluso promover una acción colectiva entre los músicos, llegando a plantear la posibilidad de una paralización.
Este acto de valentía marcó un antes y un después: pasó de ser un creador respetado a un problema para la empresa.
El aislamiento fue sutil pero efectivo: menos proyectos, menos llamadas, menos espacio en decisiones importantes.
Este costo personal fue alto.
Harlow sabía que insistir significaba perder oportunidades, pero prefería eso a aceptar la injusticia.
Aunque no salió victorioso económicamente, ganó la convicción de no haber traicionado su conciencia.
La verdad que Larry Harlow dejó sobre la mesa no destruye la grandeza musical de la salsa, pero la hace más compleja.
Nos obliga a aceptar que algo puede ser culturalmente grandioso y moralmente problemático al mismo tiempo.
Después de su confesión, Fania Records siguió siendo una referencia mundial, con su catálogo reeditado y la marca manteniendo prestigio.
Sin embargo, las condiciones de los músicos no mejoraron significativamente.
Muchos artistas terminaron con realidades económicas frágiles, sin seguridad para su vejez, mientras la música se canonizaba.

Harlow no buscó reparación ni poder con su testimonio.
Su gesto fue una forma de honestidad extrema, hablar cuando ya no había nada que ganar para evitar que el silencio se confundiera con verdad.
Su historia es una invitación a mirar con menos aplauso y más honestidad, a reconocer el costo humano detrás del éxito cultural.
La historia de Larry Harlow y Jerry Masucci es un espejo que nos confronta.
¿Podemos admirar una obra sin ignorar cómo fueron tratados quienes la crearon? ¿Preferimos el mito cómodo o el recuerdo completo?
La salsa, con su energía y ritmo, sigue viva en el corazón de millones, pero la verdad de Harlow nos recuerda que detrás de cada éxito hay historias de lucha, desigualdad y resistencia.
Su confesión no llega para cerrar la historia, sino para incomodarla para siempre, invitándonos a una memoria responsable que honre tanto la música como a sus creadores.