Alicia de Battenberg: Encerrada en un Manicomio y Traicionada por la Realeza

Alicia de Battenberg parecía destinada a una vida perfecta entre palacios, coronas y privilegios, pero su historia terminó convirtiéndose en uno de los relatos más desgarradores y silenciados de la realeza europea.

The Crown: quién fue la princesa Alicia de Battenberg, la suegra de la  reina Isabel de Inglaterra que tuvo una azarosa y complicada vida - BBC  News Mundo
Nacida el 25 de febrero de 1885 en el castillo de Windsor, bajo la mirada de la reina Victoria, su sangre reunía a las casas reales más poderosas del continente.

Sin embargo, desde el primer instante, el destino le impuso una cruel marca: Alicia nació completamente sorda.

En una época obsesionada con la perfección y las apariencias, aquello pudo haberla condenado al aislamiento, pero la joven princesa desarrolló una determinación extraordinaria.

Aprendió a leer los labios con una habilidad impresionante, comprendiendo no solo palabras, sino intenciones ocultas, y creció moviéndose en un mundo de sonidos que jamás conocería.

 

A los 18 años, durante una coronación, conoció al príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca.

Él quedó fascinado por aquella princesa diferente, inteligente y misteriosa.

El cortejo fue breve, la boda se celebró en 1903 y Alicia creyó haber encontrado el amor verdadero.

Se instaló en Atenas, adaptándose con sorprendente facilidad.

Tuvo cuatro hijas y, finalmente, en 1921, nació el hijo varón que todos exigían: Felipe, quien décadas después se convertiría en el esposo de la reina Isabel II.

Pero el nacimiento de su hijo coincidió con la tormenta política que destruiría su vida.

Alicia de Battenberg, la madre del Duque de Edimburgo, en 'The Crown'
En 1922, Grecia ardía en tensiones y derrotas militares.

Andrés fue acusado de traición y arrestado, con la ejecución casi asegurada.

Alicia, desesperada, usó cada contacto real para salvarlo.

Finalmente lo liberaron, pero la familia fue expulsada del país.

Huyeron al exilio como refugiados, con el pequeño Felipe viajando en una improvisada cuna hecha de una caja de naranjas.

De palacios a pobreza, de gloria a humillación.

 

En París, la caída fue brutal.

Dependían de la caridad de parientes ricos, viviendo en casas prestadas.

Andrés, en lugar de sostener a su esposa, se hundió en casinos, amantes e infidelidades públicas.

Alicia observó cómo su familia se desmoronaba: sus hijas se casaron para escapar, su hijo fue enviado a Inglaterra y ella quedó sola, abandonada, sin propósito.

La soledad y el dolor la llevaron a una crisis emocional profunda, pero la aristocracia europea no tenía compasión para una mujer quebrada.

En 1930, Andrés tomó la decisión más cruel imaginable: sin consultarla, sin advertirle, la hizo internar en un sanatorio psiquiátrico en Suiza.

El diagnóstico oficial fue esquizofrenia paranoide.

La princesa fue encerrada como si fuera un problema que debía desaparecer.

La increíble vida de Alicia de Battenberg, la suegra de la reina Isabel II  - LA NACION

Lo que siguió fue una pesadilla médica.

Los tratamientos de la época eran brutales, cargados de misoginia y teorías pseudocientíficas.

Bajo la absurda idea de que su “enfermedad” tenía raíces sexuales, los médicos la sometieron a radiaciones que destruyeron su función ovárica, dejándola estéril y mutilada.

Nadie habló de consentimiento, nadie la defendió.

Su propia familia guardó silencio.

Andrés jamás la visitó.

Sus hijas la evitaron.

Felipe, con apenas once años, fue mantenido lejos de ella.

Alicia comprendió entonces la verdad: había sido enterrada viva por la realeza.

 

Pero Alicia no se rindió.

Con una inteligencia feroz, fingió mejoría, se mostró dócil y “curada” hasta que finalmente, en 1932, logró salir.

No regresó con Andrés.

Vagó por Europa, observó el ascenso del nazismo y terminó regresando a Grecia, donde encontró una nueva identidad lejos de los lujos: se dedicó a la caridad y al servicio religioso.

Cuando la ocupación nazi cayó sobre Atenas, Alicia vivió uno de los capítulos más heroicos de su vida.

Arriesgó todo para esconder a una familia judía, los Cohen, en su pequeño apartamento.

Durante más de un año, los protegió del exterminio, consiguió comida en secreto y desafió a los nazis con una valentía silenciosa.

Su sordera incluso se convirtió en ventaja, pues muchos soldados alemanes la subestimaban como una anciana inofensiva.

 

Tras la liberación, Grecia cayó en guerra civil y Alicia continuó ayudando a quien lo necesitara.

Fundó una hermandad religiosa y vivió en pobreza voluntaria, vendiendo sus últimas joyas para alimentar a los hambrientos.

Mientras tanto, su hijo Felipe alcanzaba la cima del poder mundial al casarse con Isabel, futura reina de Inglaterra.

Alicia asistió a la boda vestida con un hábito de monja, causando incomodidad en la corte británica.

Era un recordatorio viviente de un pasado que preferían ocultar: exilio, escándalo, encierro psiquiátrico.

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En 1967, la dictadura militar griega obligó a Alicia a refugiarse en Buckingham.

Allí, en medio del lujo, vivió como una sombra, aislada, sin encajar en la vida cortesana.

Murió en 1969 casi olvidada, enterrada discretamente, como si incluso en la muerte quisieran silenciarla.

Pero la historia no terminó ahí.

Décadas después, los Cohen contaron la verdad: aquella princesa traicionada había salvado ocho vidas del Holocausto.

Israel la reconoció como “Justa entre las Naciones” y Felipe viajó a Jerusalén para recibir el honor en su nombre.

Finalmente, Alicia fue rescatada del olvido.

 

Hoy, Alicia de Battenberg ya no es solo “la madre del duque de Edimburgo”.

Es el símbolo de una mujer destruida por su familia, encerrada injustamente, sobreviviente de traiciones y, aun así, capaz de un heroísmo inmenso.

Una princesa convertida en prisionera, una monja que desafió a los nazis, una figura que la realeza intentó borrar… pero que el tiempo, al final, obligó a recordar.

 

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