Aristóteles Onassis: El Hombre que Lo Tuvo Todo… y Destruyó a Todos

Aristóteles Onassis lo tuvo absolutamente todo: una flota de barcos que superaba a la de muchas naciones, aviones privados, islas enteras, yates que parecían palacios flotantes, el casino de Montecarlo, la aerolínea Olympic Airways y una fortuna que en 1957 lo convirtió en el primer millonario en dólares de la historia moderna.

Sin embargo, murió solo, aferrado a una manta roja de cachemira que le había regalado la mujer a la que más destruyó: María Callas.

Murió con los párpados pegados con cinta adhesiva porque su cuerpo ya no podía mantener los ojos abiertos, víctima de una miastenia gravis que devoraba sus músculos mientras su alma se había consumido mucho antes.

El hombre que juró no volver a ser vulnerable terminó siendo la mayor víctima de su propia obsesión por el control y el dinero.

Todo comenzó en el fuego.

En septiembre de 1922, cuando Aristóteles tenía apenas dieciséis años, las tropas turcas entraron en Esmirna y desataron nueve días de matanza.

Quinientas personas, entre ellas tres tíos, una tía y una prima de Aristóteles, se refugiaron en una iglesia buscando protección divina.

Los soldados cerraron las puertas desde fuera y prendieron fuego al edificio.

Su padre fue arrestado y condenado a muerte.

El adolescente Onassis hizo algo para salvarlo, algo que nunca contó públicamente pero que confesó en privado décadas después a María Callas: un oficial turco con poder absoluto, un muchacho desesperado y un padre que de pronto quedó libre.

Ese secreto lo acompañó toda su vida como una marca ardiente.

Desde ese instante juró que nunca más sería la víctima, que nunca más dependería de nadie, que el dinero sería su escudo y su espada.

Y así fue, pero a un precio que nadie, ni siquiera él, pudo prever.

 

Un año después llegó a Buenos Aires con menos de 250 dólares en el bolsillo.

A los veinticinco ya era millonario gracias al comercio de tabaco turco.

Escuchaba conversaciones ajenas como operador telefónico, tomaba notas y usaba esa información para adelantarse a los demás.

No era un empresario; era un depredador.

El dinero no le bastaba: quería poder, quería humillar a quienes una vez lo miraron por encima del hombro, quería poseer a las mujeres más inalcanzables del mundo, no para amarlas, sino para demostrar que podía tenerlas.

En 1946, con cuarenta años, se casó con Tina Livanos, de diecisiete, hija del magnate naviero más poderoso de Grecia.

No fue amor; fue una fusión empresarial.

Tuvieron dos hijos, Alexander y Christina, pero Onassis nunca dejó de engañarla.

Tina lo encontró en la cama con una de sus mejores amigas en su propia casa.

Se divorciaron en 1960, pero para entonces él ya tenía otra obsesión: María Callas, la voz del siglo, la Divina.

 

Lo que le hizo a Callas durante nueve años fue una tortura psicológica lenta y refinada.

No la golpeaba; la destruía con palabras, con indiferencia, con humillaciones públicas.

En una cena, con ella sentada a su lado, declaró ante periodistas: “Odio la ópera; suena como un montón de chefs italianos gritándose recetas de risotto”.

María se levantó llorando.


En sus cartas privadas, reveladas décadas después de su muerte, escribió una y otra vez: “No quiero que me llame y empiece a torturarme otra vez”.

Torturarme.

Esa fue la palabra que eligió la mujer más admirada del mundo para describir al hombre que supuestamente la amaba.

 

Callas quería hijos, quería una familia.

Quedó embarazada dos veces.

Las dos veces Onassis le dio a elegir: el bebé o él.

Las dos veces ella lo eligió a él.

Perdió los embarazos, nadie sabe si fueron naturales o provocados.

Perdió también su voz, su salud, su dignidad.

Mientras tanto, él la exhibía como un trofeo que legitimaba su entrada en la alta sociedad europea que aún lo miraba como un advenedizo griego con olor a petróleo.

Callas le daba lo que el dinero no podía comprar: clase, cultura, prestigio.

Él le daba a cambio una jaula dorada donde la mantenía emocionalmente encadenada.

Y entonces, el 20 de octubre de 1968, el mundo se quedó sin aliento: Jacqueline Kennedy, la viuda del presidente asesinado, se casó con Aristóteles Onassis en la isla privada de Skorpios.

Los titulares fueron crueles: “Jackie se vende al mejor postor”, “¿Cómo pudiste, Jackie?”.

Pero la verdad estaba en el contrato prenupcial que nadie vio entonces: tres millones de dólares inmediatos, un millón más por cada hijo, más una asignación anual.

Jackie huía del terror —“Están matando Kennedys”, decía— y Onassis le ofrecía protección absoluta: isla privada, guardaespaldas, un yate donde nadie podía alcanzarla.

Él, a cambio, obtenía la venganza perfecta contra el apellido que más lo había humillado: Robert Kennedy lo había investigado en los años cincuenta, le había confiscado barcos, le había hecho pagar siete millones en multas.

Casarse con Jackie era escupirle en la cara a los Kennedy desde la tumba.

Su propio hijo Alexander lo resumió con crudeza profética: “Mi padre ama los nombres y Jackie ama el dinero”.

 

El matrimonio fue un desierto emocional.

Se veían pocas semanas al año, dormían en habitaciones separadas, apenas hablaban.

Semanas después de la boda, Onassis apareció borracho bajo las ventanas del apartamento de María Callas en París, gritando su nombre como un adolescente.

El hombre más rico del mundo, recién casado con la mujer más famosa del planeta, suplicando a la amante que había destrozado.

 

El 22 de enero de 1973 todo terminó de derrumbarse.

Alexander, su único hijo varón, de veinticuatro años, murió en un absurdo accidente aéreo en el aeropuerto de Atenas.

El avión despegó y quince segundos después el ala derecha cayó.

Cráneo destrozado.

Veintisiete horas después, Alexander estaba muerto.

Onassis voló desde Nueva York con los mejores neurocirujanos del mundo, pero nada pudo hacerse.

Algo se rompió dentro de él para siempre.

Envejeció décadas en días.

Se volvió paranoico, alcohólico, convencido de que la CIA o los servicios secretos griegos habían asesinado a su hijo.

Ofreció un millón de dólares de recompensa que nadie ha reclamado jamás porque la verdad era más cruel: fue un error mecánico estúpido.

Los cables del timón se instalaron al revés durante una reparación.

Onassis había insistido en seguir usando ese avión viejo y barato para la familia mientras sus pasajeros de Olympic Airways viajaban en los más modernos.

Ahorró dinero y perdió a su hijo.

 

Su cuerpo comenzó a fallar.

Le diagnosticaron miastenia gravis.

Los músculos se debilitaban, los párpados caían, apenas podía tragar.

En sus últimas apariciones públicas llevaba cinta adhesiva en los ojos para mantenerlos abiertos.

El hombre que intimidaba a presidentes ya no podía controlar su propio rostro.

El 15 de marzo de 1975 murió en el Hospital Americano de París.

Jackie estaba en Nueva York.

María Callas vivía a pocas calles, pero no fue a verlo —o no la dejaron entrar—.

Cuando exhaló su último aliento, apretaba contra su pecho la manta roja de cachemira que María le había regalado años antes.

El hombre que lo tuvo todo murió aferrado al recuerdo de la mujer que más había destruido, buscando a la única persona que realmente había amado, aunque nunca supo cómo.

 

Fue enterrado en Skorpios junto a Alexander.

Christina heredó el imperio y murió trece años después, sola en Buenos Aires, a los treinta y siete años, por una sobredosis.

María Callas falleció dos años después de Onassis, sola en su apartamento parisino, a los cincuenta y tres años.

Oficialmente fue un ataque al corazón, pero quienes la conocieron sabían que su corazón se había roto mucho antes, el día que eligió a Onassis por encima de sí misma.

Aristóteles Onassis pasó su vida huyendo del fuego de Esmirna, construyendo murallas de dinero para no volver a ser vulnerable.

Al final descubrió la verdad más dolorosa: las murallas que levantamos para protegernos también nos encarcelan.

Murió rodeado de posesiones, pero completamente solo, demostrando que todo lo que cuenta no es el dinero, sino lo que hacemos con él y, sobre todo, con las personas que decimos amar.

Su imperio se desmoronó, sus mujeres se quebraron, su hijo se fue para siempre y su nombre quedó como sinónimo de una verdad terrible: se puede tener el mundo entero en las manos y aun así morir sin haber tenido nunca un hogar.

 

 

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