Columba Domínguez, una de las figuras más emblemáticas de la Época de Oro del cine mexicano, no solo destacó por su belleza cautivadora y talento actoral, sino también por una vida marcada por el lujo, la fama y una historia personal llena de amor, tragedia y legado cultural.

Esta es la historia de cómo vivió realmente la musa del director Emilio “El Indio” Fernández, una mujer cuyo rostro definió la belleza mexicana y que dejó una huella imborrable en el cine nacional.
Nacida el 4 de marzo de 1929 en Guaimas, Sonora, Columba creció en una familia de clase media que le inculcó disciplina y valores sólidos.
Su traslado a la Ciudad de México durante su niñez coincidió con el auge del cine mexicano, que comenzaba a florecer como un renacimiento cultural.
Con rasgos que combinaban una mezcla perfecta de herencia indígena y delicadeza europea, Columba capturó la atención de Emilio Fernández cuando apenas tenía 14 años, quien predijo que sería su esposa y estrella del cine.
A pesar de la gran diferencia de edad con Emilio Fernández, él se convirtió en su mentor y la impulsó en la industria cinematográfica.
Columba empezó con pequeños papeles en películas como *México No hay dos* y *Pepita Jiménez*, pero fue con *Maclovia* (1948) y especialmente *Pueblerina* (1949) que su carrera despegó.
Por *Maclovia* ganó el premio Ariel a la mejor coactuación femenina, y *Pueblerina* la catapultó a la fama internacional, consolidándola como la musa del cine mexicano.
Gracias a su éxito, Columba acumuló una fortuna considerable para su época.
En los años 40 y 50, sus ingresos por película variaban entre 20,000 y 45,000 pesos, lo que equivaldría hoy a entre 300,000 y 700,000 pesos por filme.
Con hasta cinco películas al año, sumado a contratos internacionales en Italia, Yugoslavia y España, además de campañas publicitarias como la del jabón Colgate, su patrimonio anual podía superar los 3 millones de pesos actuales.
En total, durante su carrera, acumuló un patrimonio estimado en 50 millones de pesos actuales.

Columba vivió en varias residencias que reflejaban su estatus y evolución personal.
Durante su relación con Emilio Fernández habitó la famosa casona de Coyoacán, una imponente construcción colonial con jardines, artesanías mexicanas y espacios amplios para recibir a las grandes figuras del cine.
Sin embargo, tras separarse de Emilio, compró un departamento en la colonia Condesa, un refugio más sobrio y moderno donde crió a su hija Jacaranda.
En 1957 adquirió una casa en San Ángel, que representaba su independencia económica y emocional.
Esta propiedad, con amplios jardines y espacios para sus actividades artísticas, fue su santuario durante años.
No obstante, problemas financieros en los años 80 la obligaron a vender esta casa para cubrir deudas.
Como estrella de primera línea, Columba tuvo acceso a vehículos de lujo.
Emilio le regaló un Cadillac azul claro de 1950, símbolo de su amor y también de su dependencia emocional.
Tras la separación, ella compró un Buick Super negro con su propio dinero, una declaración de independencia.
En los años 60 adquirió un Ford Fairlane blanco con techo negro, que usó durante la década.
Aunque no fue una coleccionista de autos, estos vehículos reflejaron su estatus y estilo de vida elegante pero discreto.

Columba Domínguez era conocida por su elegancia natural, sin ostentaciones exageradas.
Para sus películas usaba trajes regionales auténticos que mostraban la riqueza textil mexicana, mientras que para eventos sociales contaba con un diseñador personal que confeccionaba vestidos de alta costura.
Su guardarropa incluía más de 30 vestidos de gala y una colección de joyas finas con piezas de oro, plata y jade, algunas de las cuales eran regalos de Emilio y otras adquiridas en sus viajes.
Uno de sus mayores honores fue ser retratada por pintores mexicanos de renombre como Diego Rivera, Jesús Guerrero Galván y Miguel Cobarrubias.
Estos retratos no solo eran un tributo artístico, sino también una inversión que aumentó su valor con el tiempo.
La relación entre Columba Domínguez y Emilio Fernández fue intensa y tormentosa.
Aunque se casaron en secreto, vivieron juntos durante varios años en la casona de Coyoacán.
Emilio era un hombre temperamental y mujeriego, lo que causó mucho sufrimiento a Columba.
A pesar de las separaciones y reconciliaciones, su vínculo fue profundo y duradero.
La tragedia más grande de su vida fue la muerte de su hija Jacaranda en 1978, quien cayó del tercer piso de su departamento en circunstancias confusas.
Columba nunca aceptó la versión oficial de suicidio y gastó grandes sumas en investigaciones privadas para demostrar que fue un asesinato, aunque nunca encontró pruebas concluyentes.
Columba Domínguez dejó un legado invaluable en el cine mexicano.
Protagonizó películas clásicas como *Pueblerina*, *La Malquerida* y *Un Día de Vida*, y trabajó con directores de la talla de Luis Buñuel y Fernando Méndez.
Fue nominada y ganó premios Ariel, y en 2013 recibió el Ariel de Oro por su trayectoria.
Además de actuar, exploró su creatividad detrás de cámaras dirigiendo cortometrajes en los años 70 y grabó un disco en 1961, mostrando su versatilidad artística.
Tras su retiro en 1987, Columba se dedicó a la pintura, el piano y actividades culturales.
Participó en algunos cortometrajes y recibió reconocimientos tardíos pero merecidos.
Falleció el 13 de agosto de 2014 a los 85 años, dejando un legado imborrable en la cultura mexicana.
Su vida fue una mezcla de belleza, talento, amor apasionado y tragedia profunda.
Columba Domínguez demostró que se podía ser musa y artista completa, símbolo de la mexicanidad y ejemplo de dignidad e independencia.