Dolores del Río es una de las figuras más emblemáticas del cine mexicano y una pionera latina que conquistó Hollywood en la época dorada del cine.

Su vida, marcada por el lujo, la elegancia y un talento inigualable, es un reflejo de una estrella que supo brillar con luz propia en dos continentes y dejar un legado imborrable.
María de los Dolores Asúnsolo y López Negrete nació el 3 de agosto de 1904 en Victoria de Durango, México, en el seno de una familia aristocrática con fuertes lazos con la nobleza española y personajes históricos como Francisco I. Madero.
Su infancia transcurrió en la hacienda La Concepción, rodeada de un ejército de empleados y vastas tierras, disfrutando de privilegios solo accesibles a las familias más poderosas del Porfiriato.
Sin embargo, la Revolución Mexicana de 1910 cambió radicalmente su destino.
Su familia perdió sus propiedades y tuvo que huir para salvar la vida.
Dolores y su madre se refugiaron en la Ciudad de México, donde se mantuvieron gracias a sus contactos y al peso de su apellido.
Fue en esta etapa donde Dolores comenzó a desarrollar su belleza y talento, destacándose por su rostro simétrico, rasgos indígenas elegantes y una gracia natural que la convertirían en un mito.
A los 21 años, Dolores viajó a Hollywood con la recomendación del director Edwin K. Sheppard, quien la vio bailar en México y quedó fascinado.
A pesar de no hablar inglés ni tener experiencia actoral, su cara y presencia ante la cámara cautivaron a los estudios.
Su debut fue en la película *Johanna* (1925), y rápidamente su carrera despegó con éxitos como *What Price Glory* (1926).

Dolores se convirtió en la primera latina en triunfar en Hollywood durante una época de segregación racial.
Su talento y belleza la llevaron a protagonizar películas icónicas como *Ramona* y *Evangeline*, convirtiéndose en una de las actrices mejor pagadas de su tiempo, con ingresos que superaban ampliamente los salarios promedio de la época.
La vida de Dolores del Río estuvo marcada por un estilo de vida lujoso y refinado.
En Hollywood, residió en una casa en Santa Mónica, California, con arquitectura californiana y mediterránea, jardines frondosos y vistas al océano Pacífico.
Esta mansión fue testigo de su matrimonio con Cedric Gibbons, director artístico de MGM, y lugar de reuniones sociales con figuras legendarias como Greta Garbo y Marlene Dietrich.
En México, su residencia más emblemática fue “La Escondida”, un rancho colosal en Coyoacán, rodeado de muros altos y vegetación, que se convirtió en un epicentro cultural.
Allí recibía a artistas y escritores, y mantenía una colección de arte con obras de Diego Rivera, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo.
Dolores también poseía una flota selecta de coches de lujo, destacando un Packard descapotable de los años 30, símbolo de distinción y clase.
En eventos importantes, optaba por un Cadillac lujoso, con interiores de terciopelo y detalles que reflejaban su estatus.
Conocida por su impecable estilo, Dolores fue una de las mujeres mejor vestidas de Hollywood en los años 30.
Su guardarropa incluía piezas exclusivas de diseñadores europeos como Chanel y Dior, con un valor que hoy superaría los 800,000 dólares.
Su estilo combinaba la elegancia europea con el magnetismo latino, luciendo vestidos de satén, lentejuelas y cristales que deslumbraban en la alfombra roja.
Su colección de joyas era discreta pero de gran valor, con gargantillas de perlas naturales, pendientes de esmeraldas colombianas y brazaletes de jade precolombino.
Dolores encargaba piezas únicas a orfebres mexicanos que fusionaban maestría ancestral con estética Art Deco, reflejando su orgullo por sus raíces.
Más allá del lujo, Dolores del Río fue una mujer culta y generosa.
Su residencia en Coyoacán fue un centro de tertulias con figuras como Frida Kahlo, Diego Rivera y María Félix.
Apoyó a jóvenes talentos y financió orfanatos y guarderías para actores, mostrando un altruismo discreto y profundo.
Su carrera abarcó más de cinco décadas, con más de 50 películas en dos continentes y en dos idiomas.
Fue la primera actriz mexicana en ganar la Palma de Oro en Cannes por *María Candelaria* (1946), un hito que puso al cine mexicano en el mapa internacional.

Al morir en 1983, dejó un patrimonio millonario que incluía propiedades, arte, joyas y derechos cinematográficos.
En sus últimas voluntades, donó su colección de arte al Instituto Nacional de Bellas Artes de México, perpetuando su legado cultural.
La vida de Dolores del Río fue una mezcla perfecta de lujo, talento y dignidad.
Supo mantener su esencia y elegancia en un mundo cambiante, dejando una huella imborrable en la historia del cine y la cultura mexicana.
Su historia inspira a generaciones, recordándonos que el verdadero lujo reside en vivir con propósito, elegancia y generosidad.