María Félix, conocida como “La Doña”, fue una de las figuras más emblemáticas y poderosas de la época de oro del cine mexicano.

Su vida estuvo marcada por el lujo, el poder y una personalidad indómita que la convirtió en un ícono mundial.
Desde sus imponentes residencias en México y París hasta su impresionante colección de joyas y autos de lujo, María Félix vivió rodeada de opulencia y exclusividad, dejando un legado inigualable en la historia del cine y la cultura latinoamericana.
Nacida el 8 de abril de 1914 en Álamos, Sonora, María de los Ángeles Félix Guereña jamás imaginó que llegaría a ser una de las mujeres más admiradas y cotizadas del mundo.
Su carrera cinematográfica la llevó a ser la actriz mejor pagada de México en la década de los 40, superando a grandes leyendas como Cantinflas y Pedro Armendáriz.
En su primera película, *El Peñón de las Ánimas*, María exigió un pago que para la época era considerado una fortuna, demostrando desde el inicio su carácter fuerte y decidido.
Su fama cruzó fronteras y conquistó Europa, donde sus honorarios se multiplicaron.
En Francia, llegó a cobrar hasta 30,000 francos por película, y en España, su presencia garantizaba el éxito comercial de cualquier producción.
Además, grandes marcas peleaban por tenerla como imagen, pagando cifras millonarias por campañas publicitarias protagonizadas por ella.

María Félix no solo acumuló fama y dinero, sino también propiedades que reflejaban su estatus y buen gusto.
En Ciudad de México, su primera casa en Polanco fue solo el inicio.
Más tarde, su palacete en la calle Hegel número 610 se convirtió en su residencia principal, un verdadero palacio diseñado por el arquitecto Mario Pani.
Esta mansión afrancesada contaba con suelos de mármol europeo, lámparas de araña de porcelana, tapices coloridos y obras de arte de valor incalculable.
Entre sus piezas más impresionantes destacaba una cama de plata cincelada por Diego Rivera y mobiliario francés Luis XV.
Sin embargo, su santuario personal fue su finca en Tlalpan, bautizada como “Catipoato” (casa de la felicidad en lengua purépecha).
Esta propiedad colonial contaba con 2,000 metros cuadrados de jardines, salón de baile, biblioteca, varios dormitorios en suite, chimenea y una terraza con vistas panorámicas.
Fue escenario de su boda con Jorge Negrete, un evento histórico con invitados ilustres como Frida Kahlo y Diego Rivera.
En París, María también disfrutó de un lujoso piso con vistas al río Sena y al Arco del Triunfo, decorado bajo su supervisión con un estilo clásico y sofisticado que mezclaba elementos de Napoleón y Enrique VIII.

María Félix fue una amante apasionada de la alta joyería, especialmente de las piezas diseñadas por la casa Cartier.
Su relación con Cartier comenzó en los años 60 y se tradujo en una colección única y sin parangón.
Entre sus joyas más icónicas destacan una gargantilla con forma de serpiente, elaborada durante dos años con más de 2,400 diamantes y esmeraldas que simulaban los ojos del reptil.
Esta pieza podía usarse como collar o brazalete, y María la consideraba una de sus favoritas.
Otra joya legendaria fue el collar de cocodrilos, elaborado en platino, oro blanco y amarillo, con miles de diamantes y esmeraldas, capaz de usarse como gargantilla o broches separados.
La anécdota cuenta que María llegó a la boutique con dos crías de cocodrilo vivas para pedir una réplica exacta en joyería, demostrando su carácter único y exigente.
Además, su colección incluía perlas naturales, diamantes Ashoka de 41 quilates, rubíes birmanos y un collar de esmeraldas regalado por Jorge Negrete, que fue objeto de un litigio tras la muerte del cantante.
María Félix también destacó por su gusto por los automóviles exclusivos.
Su primer coche fue un Jaguar Mark 4 de los años 40, símbolo de elegancia y potencia.
Más adelante, su vehículo emblemático fue un Mercedes-Benz 300 Adenauer, conocido como el coche oficial de jefes de estado y realeza europea.
Este sedán alemán era un símbolo de poder y sofisticación, con un motor potente y tecnología avanzada para la época.

Además, poseía un Cadillac descapotable blanco, un icono del lujo estadounidense de los años 50, que usaba para causar impacto en estrenos y eventos sociales.
Entre Francia y México, María mantuvo una cuadra con 87 caballos pura sangre, con los que ganó fama y fortuna en hipódromos internacionales.
Esta pasión por la equitación la llevó a codearse con la aristocracia europea y a consolidar su imagen de mujer poderosa y sofisticada.
María Félix no solo vestía ropa, sino que creaba una obra de arte con cada aparición pública.
Su guardarropa incluía más de 800 piezas de vestuario de cine y 600 prendas personales, muchas confeccionadas por diseñadores legendarios como Christian Dior, Cristóbal Balenciaga, Coco Chanel, Givenchy, Valentino y Hermès.
Entre sus prendas más famosas destaca una capa de plumas de pavo real diseñada por Dior, así como un vestido vanguardista de Balenciaga que modificó a su antojo, demostrando su carácter indomable.
Su estilo fue reconocido internacionalmente, recibiendo premios por ser una de las mujeres mejor vestidas del mundo.
Su imagen oscilaba entre la tradición mexicana y la alta costura parisina, siempre manteniendo su identidad y fuerza.

María Félix falleció en 2002, dejando un legado imborrable.
Su archivo de moda fue dispersado en subastas, pero la Fundación María Félix ha trabajado para recuperar y preservar su patrimonio.
Su vida fue un manifiesto visual de poder, elegancia y libertad.
Más allá de las joyas, mansiones y autos, María fue una mujer que supo usar su imagen como herramienta de poder y expresión.
Su figura sigue siendo un símbolo de la época dorada del cine mexicano y un referente de la mujer latina fuerte, elegante y dueña de su destino.