La orden llegó un martes por la tarde, en el momento en que la Ciudad de México empezaba a vaciarse hacia los restaurantes de comida corrida y las oficinas gubernamentales entraban en ese letargo burocrático que precede al cierre de labores.
Omar García Harfuch recibió la llamada en su línea privada, esa línea roja que solo poseen unas pocas personas en el aparato de gobierno federal y que rara vez suena sin un motivo de máxima sensibilidad.
La voz al otro lado era tranquila, firme, con ese tono que usan quienes están acostumbrados a que sus palabras se conviertan inmediatamente en acciones.
No hubo explicaciones extensas ni justificaciones legales elaboradas.
Solo una instrucción precisa e imposible de malinterpretar: revisar discretamente la propiedad de Polanco que perteneció a María Félix, con extremo cuidado, sin prensa bajo ninguna circunstancia y con absoluta reserva sobre lo que se encontrara, sin importar de qué se tratara.

Harfuch no hizo preguntas innecesarias.
Había aprendido, tras años de navegar las aguas turbias del poder mexicano, que ciertas órdenes vienen acompañadas de contextos que es mejor no conocer hasta que sea estrictamente necesario.
Sin embargo, mientras colgaba el teléfono, sintió algo poco habitual en su trabajo: curiosidad genuina mezclada con una ligera aprensión que no podía explicar racionalmente.
María Félix había muerto en 2002, más de dos décadas atrás, y su legado se había convertido en algo mítico, intocable.
No era solo una actriz del cine de oro mexicano; era un símbolo nacional de belleza indomable, poder femenino sin disculpas y control absoluto sobre su propia imagen.
¿Qué podía ocultarse en la mansión de alguien que había convertido su vida entera en una obra de teatro perfectamente dirigida, donde ella era protagonista, directora y única crítica autorizada?
La operación se planeó durante tres días con una meticulosidad reservada normalmente para intervenciones de seguridad nacional.
Harfuch seleccionó a seis elementos de absoluta confianza, personas que entendían que la discreción no era una recomendación, sino una obligación sagrada.
No habría convoyes ruidosos ni agentes armados rompiendo puertas.
Serían dos vehículos civiles sin logos, sin blindaje visible, entrando como funcionarios de nivel medio realizando una revisión administrativa rutinaria por asuntos testamentarios no resueltos.
Una mentira burocrática tan gris que nadie haría preguntas incómodas.
La mansión estaba en una de esas calles arboladas de Polanco donde el dinero viejo de México mantiene sus fortalezas silenciosas detrás de muros altos y portones de hierro forjado.
Casas que desde fuera parecen discretas, casi modestas, pero que por dentro son palacios con jardines interiores, obras de arte que valen millones y habitaciones del tamaño de departamentos completos.
La propiedad de María había permanecido cerrada desde su muerte, habitada solo por el cuidador Contreras, un hombre de casi 80 años que acudía tres veces por semana para evitar que el polvo se acumulara, que las tuberías reventaran o que los árboles del jardín se secaran.
Cuando Harfuch le mostró la orden judicial —redactada con una vaguedad deliberada que la hacía prácticamente inapelable—, Contreras asintió con una tristeza resignada, como si siempre hubiera sabido que este día llegaría.
“Ella lo sabía”, murmuró mientras abría el portón oxidado.
“Siempre supo que alguien vendría a buscar respuestas que no quería dar en vida”.
Entrar en la mansión fue como cruzar una frontera temporal.
Fuera estaba el Polanco contemporáneo, con sus cafés hipster y boutiques de lujo.
Dentro, el México de los años 70 y 80 permanecía congelado: pisos de mármol de Carrara, candiles de cristal austríaco, paredes cubiertas de arte que harían palidecer a cualquier museo —un Remedios Varo legítimo, un Diego Rivera de su periodo más cotizado, una Leonora Carrington surrealista—.
Fotografías enmarcadas en plata labrada mostraban a María en cada etapa de su vida, siempre impecable, siempre controlando cómo la cámara la capturaba, siempre desafiando al lente con esos ojos verdes legendarios.
Harfuch caminó lentamente por la sala principal mientras su equipo documentaba cada rincón antes de tocar nada.
Había algo perturbador en estar en ese espacio tan privado, tan celosamente guardado.
Cada objeto estaba exactamente donde María lo había querido: cojines hundidos en el sofá de terciopelo verde oscuro —el color de sus ojos—, ceniceros con colillas de Gitanes franceses sin filtro, libreros con primeras ediciones firmadas por Paz, Fuentes, Rulfo y García Márquez.
Pero también había espacios vacíos: contornos claros en las paredes donde cuadros habían sido removidos, estantes con huecos precisos entre libros, mesas con marcas circulares donde jarrones o esculturas habían desaparecido.
Alguien —quizá María en sus últimos meses, quizá alguien después de su muerte— había retirado selectivamente objetos y documentos.
Fue en el tercer piso, en lo que parecía un estudio privado, donde encontraron los primeros indicios reales.
Archivos meticulosamente organizados en cajas etiquetadas con la letra inclinada y elegante de María: correspondencia con banqueros suizos, contratos de propiedades en México, Francia y Suiza, documentos de inversión en arte con fotografías y certificados de autenticidad.

Todo perfectamente archivado, con anotaciones marginales en tinta azul.
Pero había carpetas vacías correspondientes a periodos específicos —1965-1970, 1978-1982—, como si María hubiera eliminado deliberadamente evidencia de ciertos años.
El contador forense Ruiz, tras revisar estados de cuenta amarillentos, llamó a Harfuch con voz contenida.
“Secretario, mire estos movimientos”.
Cada 15 de cada tercer mes, durante casi 30 años —desde 1975 hasta 2001—, María retiraba cantidades significativas en efectivo físico: 50.
000, 75.
000, a veces más de 100.
000 dólares.
No transferencias electrónicas, no cheques: efectivo en billetes que ella o alguien de absoluta confianza recogía personalmente.
El total acumulado superaba los tres millones de dólares.
No aparecía en cuentas bancarias conocidas ni en su testamento declarado.
¿Dónde estaba ese dinero?
Contreras, el cuidador, rompió el silencio con una frase casual que cambió todo: “¿Ya revisaron su habitación real?”.
Explicó que María tenía un espacio secreto en el tercer piso, detrás de un panel camuflado que parecía pared normal.
Nadie entraba jamás, ni siquiera él, salvo en emergencia.
Subieron por una escalera estrecha hasta una habitación pequeña y austera: cama individual, mesita de noche, sillón frente a una ventana modesta.
No había espejos ni fotografías de ella misma.
Era el único lugar donde María no interpretaba a la Doña.
Detrás de un cuadro de Remedios Varo había una caja fuerte alemana de los años 80, con cerradura triple.
Un especialista tardó cuatro horas en abrirla.
Dentro: fajos perfectos de dólares, francos suizos y marcos alemanes, preservados en plástico transparente.
Casi tres millones de dólares en efectivo físico.
Debajo, una caja de cuero burdeos contenía fotografías privadas: María niña en Álamos con sonrisa genuina, con su hijo Enrique bebé mirándola con ternura maternal, con Jorge Negrete riendo sin poses, anciana sentada en esa misma habitación con expresión de cansancio existencial.
Y en el fondo, un sobre con caligrafía masculina.
Una carta en francés de Antoan Tapov, fechada tres días después de la muerte de María: “Hice exactamente lo que pediste.
Destruí los documentos que mencionaste.
Cerré las cuentas sin dejar rastro.
Transferí lo indicado a tu hijo Enrique.
El resto quedó como estaba.
Tu secreto más importante está seguro.
Fuiste la mujer más extraordinaria que conocí.
Descansa en paz.
A.
T.
”.
La carta revelaba que María, sabiendo que su fin era inminente, había orquestado una última operación: eliminar evidencia selectiva, cerrar cuentas, transferir fondos y dejar el efectivo como declaración final.
No por crimen, sino por control absoluto.
Había vivido lo suficiente para ver crisis económicas, devaluaciones, nacionalizaciones bancarias.
Había aprendido que confiar en sistemas o en hombres era peligroso.
El efectivo era su libertad tangible, su garantía de que nunca dependería de nadie.

Harfuch ordenó documentar todo con rigor forense.
El dinero fue contado, fotografiado y transferido a autoridades fiscales tras auditorías exhaustivas.
Las fotografías privadas volvieron a Enrique Félix.
La carta de Tapov quedó archivada.
La mansión fue vendida años después; la habitación secreta desapareció en una remodelación moderna.
Pero el descubrimiento dejó preguntas eternas: ¿qué contenían los documentos destruidos? ¿Cuánto más ocultó María en otras propiedades? ¿Por qué prefirió llevarse secretos a la tumba?
María Félix no escondió dinero por vergüenza o culpa.
Lo guardó por poder puro, por la certeza de que controlaría su destino hasta después de muerta.
Construyó un imperio de independencia absoluta en un México patriarcal donde las mujeres dependían de hombres para todo.
Su arrogancia pública no era narcisismo: era armadura.
Su legado no está solo en películas, sino en la lección de que una mujer puede ser poderosa sin pedir permiso, sin bajar la mirada, sin aceptar que su valor dependa de nadie más.
Incluso dos décadas después de su muerte, María seguía controlando la narrativa.
Dejó suficiente misterio para fascinar, pero nunca suficiente para resolverlo completamente.
Su última caja fuerte no contenía solo dinero: contenía su declaración final de libertad absoluta.
Y eso, más que millones de dólares, es lo que la convirtió en leyenda permanente.