HUGO SÁNCHEZ : CONFESÓ El Oscuro SECRETO De Su HIJO Que GUARDÓ 10 AÑOS

El sábado 8 de noviembre de 2014, a las cinco de la madrugada, las calles de Polanco, una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México, estaban sumidas en un silencio que solo rompía el eco de unos pasos apresurados.

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Un hombre de 56 años caminaba por el pasillo del séptimo piso de un edificio en la calle Homero.

Llevaba en la mano las llaves del departamento de su hijo, mientras su corazón latía con una fuerza incontrolable.

Minutos antes, Emma, su exesposa, lo había llamado angustiada: “Hugo Junior no contesta.

Estoy preocupada.

Ve tú, por favor”.

Ese hombre era Hugo Sánchez Márquez, el pentapichichi, el máximo goleador mexicano de la historia, el ídolo que había hecho llorar de alegría al Santiago Bernabéu con sus chilenas imposibles, la leyenda viva del fútbol mexicano.

Pero en ese instante, Hugo Sánchez no era una leyenda, era solo un padre, un padre a punto de enfrentarse a la peor pesadilla de su vida.

Tocó la puerta.

Silencio.

Volvió a tocar.

Nada.

Introdujo la llave en la cerradura, la giró y la puerta se abrió.

Lo que Hugo vio en ese momento no solo cambiaría su vida para siempre, sino que reescribiría todo su pasado, todo lo que creía saber sobre su hijo, y lo sumiría en un dolor del que jamás lograría recuperarse del todo.

La historia de Hugo Sánchez es, sin duda, la historia del futbolista mexicano más grande de todos los tiempos, pero también es una historia de paradojas brutales, de luces y sombras, de conquistas y pérdidas irreparables.

Es la historia de un hombre que lo tuvo todo y, en el camino, perdió lo más importante.

 

Extremo Deportivo

Para entender al hombre, hay que entender al niño que forjó su carácter.

Hugo nació el 11 de julio de 1958 en la Ciudad de México, hijo de Héctor Sánchez, un futbolista profesional que jugó en el Atlante en los años 40.

Héctor no fue una estrella, pero conoció los vestidores, la presión y, sobre todo, la frustración de no haber llegado tan lejos como soñaba.

Esa frustración la volcó en su hijo.

Desde los tres años, Héctor le puso un balón a los pies de Hugo y le inculcó una obsesión enfermiza por ser el mejor, por no conformarse nunca, por ver el fútbol no como un juego, sino como una guerra.

Hugo creció con esa presión, con un padre que nunca le decía “bien hecho”, sino siempre “puedes hacerlo mejor”.

Eso lo convirtió en un perfeccionista implacable en la cancha, pero también en una persona imposible fuera de ella.

Debutó con Pumas en 1976 y pronto se convirtió en una figura.

Ganó su primer campeonato en 1977 y otro en 1981, año en que partió rumbo al Atlético de Madrid, dando el salto a Europa.

En España, el camino no fue fácil.

Sufrió el racismo y las burlas de los ochenta, pero se impuso a base de goles, ganando un Pichichi y una Copa del Rey con el Atlético.

Su gran salto, sin embargo, fue al Real Madrid en 1985, en un fichaje polémico que suscitó la ira de la afición colchonera.

En el Madrid, Hugo se convirtió en una leyenda.

Formó parte de la Quinta del Buitre y, temporada tras temporada, fue un vendaval goleador.

Ganó cuatro Pichichis de forma consecutiva, una Bota de Oro europea en 1990 con 38 goles, todos ellos de un toque, y llevó al Real Madrid a ganar cinco ligas y una Copa de la UEFA.

Su gol más recordado, la chilena contra el Logroñés en 1988, sigue siendo una de las obras de arte más bellas en la historia del fútbol.

Una ovación de cinco minutos en el Bernabéu, con 90,000 personas de pie, llorando y agitando pañuelos blancos, fue el reconocimiento a un mexicano que había conquistado el corazón del fútbol mundial.

Sin embargo, ese mismo carácter perfeccionista y obsesivo que lo llevó a la cima también lo aisló.

Se peleó con compañeros en el vestuario del Madrid por no pasarle el balón, protagonizó enfrentamientos que casi terminan a golpes y su relación con el técnico Leo Beenhakker fue tan tensa que, tras hablar mal de él en la prensa en 1992, fue marginado y finalmente tuvo que dejar el club por la puerta de atrás, sin el homenaje que merecía.

 

Hugo Sánchez revela polémica en el Mundial de 1994: 'No quise hacer el ridiculo' | RÉCORD.

 

Esta personalidad conflictiva también marcó su paso por la selección mexicana, especialmente en el Mundial de Estados Unidos 1994, donde ocurrió uno de los episodios más controvertidos de su carrera y que constituye la primera gran revelación de su historia.

México enfrentaba a Bulgaria en octavos de final.

El partido estaba empatado y el país entero pedía a gritos la entrada de Hugo.

Miguel Mejía Barón, el técnico, lo llamó para que entrara, pero las cámaras captaron una discusión entre ambos.

Hugo negó con la cabeza y regresó a la banca.

México perdió en penales y la prensa lo crucificó: “traidor”, “soberbio”, “le falló a México”.

Lo que nunca se supo entonces, y que Hugo reveló años después, es que antes del Mundial, una reunión secreta había sellado su destino.

Emilio Azcárraga Milmo, el dueño de Televisa y hombre más poderoso de México en ese entonces, había dado una orden clara a la Federación: “Si tienen que cortarle la cabeza a Hugo Sánchez, córtenla, yo los apoyo”.

El motivo era que Hugo estaba liderando una asociación de futbolistas que peleaba contra el draft y los derechos de los jugadores, algo que amenazaba los intereses del sistema y del propio dueño del América.

Mejía Barón, siguiendo las instrucciones, llevó a Hugo al Mundial pero lo usó lo mínimo indispensable.

En el partido contra Bulgaria, lo llamó para que entrara a jugar en el medio campo, una posición que no era la suya, una humillación orquestada para que el país lo viera como un jugador acabado.

Hugo se negó a entrar en esas condiciones, cayendo en la trampa y dándoles la razón a sus enemigos.

Esa fue la verdadera conspiración que destruyó su carrera internacional.

Pero mientras Hugo peleaba estas batallas en las canchas y los despachos, su vida personal se desmoronaba.

Se había casado con Emma Portugal a principios de los 80, y ella lo había seguido a España, dejando atrás su país y su familia.

Emma crió sola a sus dos hijos, Hugo Junior y su hermana, en un país extraño, mientras Hugo se entregaba por completo al fútbol y a la fama.

Pronto empezaron los rumores de infidelidades, que Hugo siempre negaba.

La más sonada fue con la modelo española Isabel Martín, a quien conoció mintiendo sobre su identidad.

Cuando Emma lo confrontó, Hugo admitió que ya no la amaba y que quería estar con Isabel.

La abandonó, a ella y a sus hijos, en España.

Emma regresó a México con los niños, con Hugo Junior de apenas cinco años, quien creció viendo a su padre como un ausente, un hombre que había elegido el fútbol y a otra mujer sobre su familia.

Hugo Junior guardó ese resentimiento durante años.

 

Entrevista con Hugo Sánchez: “Me hubiese encantado ganar un Mundial y que mi hijo estuviese”

El hijo creció, intentó seguir los pasos de su padre como futbolista, pero no tuvo su talento y se retiró joven.

Se volcó a la comunicación y a la política, pero la relación con su padre era distante y fría.

En una entrevista, Hugo Junior lo acusó públicamente de haberlos abandonado, de haber sido un padre ausente.

Discutieron y dejaron de hablarse.

Detrás de ese distanciamiento, había un secreto que Hugo Junior guardaba celosamente: su homosexualidad.

Vivía con el miedo de que su padre, el “macho” mexicano, el ídolo, no lo aceptara.

Ese miedo lo obligó a una doble vida.

La madrugada del 8 de noviembre de 2014, Hugo Junior no estaba solo en su departamento de Polanco.

Lo acompañaba otro hombre joven, su pareja, según los rumores que luego surgieron.

Un calentador de agua defectuoso y una mala ventilación provocaron una fuga de monóxido de carbono.

El gas, inodoro e invisible, los envenenó mientras dormían.

Cuando Hugo, alertado por Emma, entró al departamento, se encontró con la escena más devastadora que un padre pueda imaginar: su hijo y otro hombre yacían sin vida.

En ese momento, Hugo lo entendió todo: el secreto que su hijo había guardado, el miedo que lo había acompañado, la razón de su distancia.

Lo descubrió de la peor manera posible, cuando ya era demasiado tarde para decirle que lo aceptaba, que lo amaba, que le pedía perdón.

La versión oficial fue muerte accidental, intoxicación por monóxido de carbono.

Emma, años después, insinuaría que había cosas que “no cuadraban”, como un golpe en la cabeza de su hijo.

Pero las autoridades cerraron el caso.

Lo que quedó fue un padre roto.

Después de esa tragedia, la carrera de Hugo como entrenador, que ya había sido un fracaso con la selección mexicana (a la que dirigió entre 2006 y 2008 con resultados discretos y una dolorosa eliminación en la Copa Oro contra Estados Unidos), pasó a un segundo plano.

La depresión lo golpeó con fuerza.

Hugo, el hombre que lo había conquistado todo en el fútbol, el que había hecho llorar a 90,000 personas con un gol, había perdido a su hijo sin haber podido reconciliarse con él.

La historia de Hugo Sánchez es la parábola de un hombre que lo tuvo todo y, en su obsesión por el éxito, descuidó lo único que realmente importa.

Sus títulos y sus goles quedaron para siempre empañados por el dolor de una familia destruida y un hijo que murió llevándose un secreto y un profundo resentimiento.

El pentapichichi conquistó Europa, pero perdió a su hijo.

Y esa es, quizás, la derrota más dura que jamás haya enfrentado.

 

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