Julio Iglesias, durante décadas sinónimo de romanticismo, éxito internacional y glamour, enfrenta hoy el capítulo más oscuro de su vida pública.
El artista español, venerado por millones y convertido en mito viviente de la música latina, se encuentra en el centro de un escándalo explosivo que amenaza con derrumbar definitivamente su imagen.

Dos exempleadas rompieron el silencio y relataron, con crudeza y detalles escalofriantes, un sistema de abusos sexuales, violencia psicológica, humillaciones y presunta trata de personas que habría ocurrido durante años en sus mansiones de República Dominicana y Bahamas.
Las denuncias, reveladas tras una extensa investigación periodística de casi tres años realizada por medios internacionales, describen un entramado de poder, miedo y sometimiento que se habría desarrollado puertas adentro de la residencia del cantante en Punta Cana, hoy conocida en redes y programas de espectáculos como “la mansión del terror”.
Según los testimonios, nada era casual: desde la selección de las empleadas hasta los controles médicos, todo formaría parte de un mecanismo diseñado para satisfacer los deseos del artista y garantizar el silencio absoluto.
Las mujeres denunciantes, cuyas identidades permanecen protegidas, aseguran que fueron reclutadas bajo la promesa de un trabajo digno como personal de servicio.
Para ingresar, debían cumplir requisitos físicos específicos: edad entre 25 y 35 años, buena apariencia, envío de fotografías y la obligación de no tener pareja.
Lo que parecía una oportunidad laboral se transformó, según relatan, en una pesadilla que les marcó la vida para siempre.
Una de ellas contó que Julio Iglesias la llamaba personalmente por teléfono con frases como: “¿Estás lista para que te cambie la vida?”.
Y efectivamente, la vida le cambió, pero no de la manera que imaginaba.
La mujer relató que, en una supuesta charla laboral, el cantante la manoseó violentamente, apretándole los pechos hasta causarle dolor.
“No es solo que te toque, es que te lastima”, declaró entre lágrimas.
Otras denunciantes describieron un comportamiento dual: un Julio Iglesias encantador, seductor y amable frente a terceros, y otro completamente distinto en la intimidad, autoritario, humillante y agresivo.

Los relatos incluyen episodios de abuso sexual explícito.
Según las mujeres, una vez terminado su horario laboral, eran obligadas a ingresar a la habitación del artista para mantener relaciones sexuales.
Algunas narraron situaciones en las que fueron forzadas a participar en tríos, bajo amenazas de despido, insultos constantes y manipulación psicológica.
“Te hace sentir pequeña, te convence de que tenés suerte de trabajar con él”, explicó una de las exempleadas, describiendo un patrón típico de violencia de género.
El miedo era la herramienta principal de control.
Las mujeres afirmaron que Julio Iglesias les controlaba la comida, les preguntaba sobre su menstruación, les prohibía tener novio y les restringía la circulación dentro de la mansión.
Mientras los empleados varones podían moverse libremente, ellas debían permanecer en zonas cerradas, vigiladas y bajo órdenes estrictas.
Varias compararon su situación con una forma moderna de esclavitud.
Uno de los aspectos más perturbadores de la investigación es la existencia de exámenes médicos obligatorios.
Las denunciantes aseguran que eran sometidas regularmente a análisis de enfermedades de transmisión sexual, pruebas de VIH, ecografías ginecológicas y test de embarazo, incluso durante el tiempo que trabajaban allí.
Los resultados, según los testimonios, eran enviados a un grupo de WhatsApp administrado por las encargadas de la mansión, quienes actuaban como intermediarias y presuntas cómplices del sistema.
Todo indica que el objetivo no era cuidar la salud de las empleadas, sino garantizar que estuvieran “aptas” para los encuentros sexuales.
Documentos médicos del año 2021, a los que tuvieron acceso los periodistas, confirmarían la realización de estos estudios en centros privados cercanos a la mansión.
Cinco mujeres ya aportaron pruebas y testimonios coincidentes, y se espera que más víctimas se animen a hablar.
“Todas las mujeres que entraron a trabajar en la casa de Julio Iglesias son víctimas”, afirmó una de las denunciantes, quien explicó que su objetivo no es el dinero, sino la justicia y la reparación simbólica.
El rol de las gobernantas de la mansión también está bajo la lupa.
Según las denuncias, eran ellas quienes organizaban los encuentros, daban órdenes directas a las empleadas y las enviaban a “acompañar” al cantante.
Las mujeres las describen como figuras clave, comparándolas con madamas que sabían perfectamente lo que ocurría y lo facilitaban activamente.
El escándalo no solo sacude a Julio Iglesias, sino también a su entorno familiar.
Miranda Rijnsburger, su esposa y madre de cinco de sus hijos, habría pasado la mayor parte del tiempo en Miami.
Según los testimonios, cuando ella estaba presente en la mansión, los abusos se detenían y la vida parecía normal.
Pero cuando se iba, comenzaba lo que las denunciantes describen como una rutina de terror.
Hasta el momento, Miranda no ha hecho declaraciones públicas.

El silencio del propio Julio Iglesias y de sus abogados resulta ensordecedor.
A pesar de que los medios intentaron contactarlo durante años en el marco de la investigación, nunca respondió.
Analistas consideran que esta estrategia podría deberse a la magnitud de las acusaciones y a la posibilidad de que surjan nuevas denuncias.
Los cargos que podría enfrentar son gravísimos: trata de seres humanos, agresión sexual, acoso, lesiones y delitos contra los derechos de los trabajadores.
En República Dominicana, la violación puede castigarse con penas de entre 10 y 15 años de prisión.
En España, donde se presentó la denuncia, las autoridades evalúan si tienen competencia para investigar los hechos debido a la nacionalidad del artista.
La abogada de las denunciantes sostiene que la legislación española permite juzgar delitos cometidos en el extranjero cuando existen vínculos claros con el acusado y cuando los hechos no han sido perseguidos en el país donde ocurrieron.
Además, España cuenta con leyes especialmente duras en materia de trata y violencia de género.
El impacto social ya es irreversible.
El gobierno español estudia retirar a Julio Iglesias la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, otorgada en 2010.
La vicepresidenta Yolanda Díaz aseguró que esta medida no vulneraría la presunción de inocencia, sino que responde a un posicionamiento ético frente a denuncias de extrema gravedad.

Viejas imágenes del cantante besando a conductoras y actrices durante entrevistas resurgen hoy bajo una mirada completamente distinta.
Lo que antes se celebraba como “galantería” ahora se analiza como una conducta invasiva amparada por el poder y la impunidad.
Incluso exparejas del artista, como una modelo que escribió memorias en 2010, ya habían hablado de tríos forzados, consumo de drogas y humillaciones, aunque en su momento sus palabras no tuvieron la repercusión actual.
Más allá de lo que determine la justicia, la condena social parece inevitable.
El mito del seductor eterno se resquebraja frente a relatos que muestran un costado oscuro, cruel y abusivo.
Para muchas de las mujeres, hablar fue un acto de valentía extrema.
“Lo hago por mí, pero también por todas las que no pudieron hablar”, dijo una de ellas.
Su esperanza es que este escándalo no quede en el olvido y que, por primera vez, el poder no sea suficiente para silenciar el horror.