Dámaso Pérez Prado, conocido mundialmente como el Rey del Mambo, fue una figura emblemática de la música latina, especialmente durante la época dorada del cine mexicano en los años 50.
Su música revolucionó los ritmos caribeños y llevó el mambo a escenarios internacionales, pero detrás de su éxito se escondió una vida llena de desafíos, controversias y una amarga expulsión de México, país que lo acogió y catapultó a la fama.
Nacido en Matanzas, Cuba, el 11 de diciembre de 1916, José Dámaso Pérez Prado mostró desde joven una inclinación profunda por la música, a pesar de que su familia esperaba que estudiara medicina.
Abandonó la carrera médica para dedicarse por completo a su pasión musical.
En la Habana, durante la década de 1940, comenzó a tocar en cabarets y orquestas, desarrollando un estilo único que fusionaba ritmos tradicionales cubanos con influencias del jazz estadounidense.
En 1947, lanzó su éxito “Qué rico el mambo”, que lo llevó a giras por Argentina y Venezuela.
Sin embargo, en Cuba enfrentó censura debido a la influencia del jazz en sus arreglos, y con la inminente revolución cubana, sus oportunidades se cerraron, lo que motivó su traslado a México en 1948.
En México, Pérez Prado encontró un ambiente propicio para su música.
Apoyado por figuras como Ninón Sevilla, formó su propia orquesta y creó un sonido que definiría el mambo: una orquesta donde el ritmo y la percusión afrocubana brillaban junto a la instrumentación de las grandes bandas de jazz.
Su llegada coincidió con un periodo de prosperidad y efervescencia cultural en México, donde el mambo se convirtió en el ritmo ideal para las fiestas y el desparpajo social.
Su orquesta se presentó en los mejores teatros y cabarets, y su música se integró en numerosas películas de la época dorada del cine mexicano.
Su éxito fue tan grande que desató la llamada “Mambo Manía”, con discos como “Qué rico el mambo” y “Mambo número C” que se convirtieron en himnos de la música latina.

A pesar de su éxito, Pérez Prado enfrentó la oposición de sectores conservadores y algunos músicos que criticaban el mambo por considerarlo música “del demonio” o de baja calidad artística.
Las rumberas del cine mexicano, con sus bailes sensuales, fueron vistas con recelo por obispos y clérigos, lo que generó una polémica que acompañó al ritmo durante años.
Además, Pérez Prado era conocido por su vanidad y celos hacia sus mujeres, y por su temperamento difícil.
Se le atribuyen anécdotas que reflejan su carácter complicado, como su supuesta falta de solidaridad tras un accidente en una gira.
En 1953, Pérez Prado fue expulsado abruptamente de México, un suceso que marcó un antes y un después en su vida.
Existen varias versiones sobre la causa de su expulsión: desde un conflicto con el gobierno mexicano por interpretar el himno nacional a ritmo de mambo, hasta rivalidades con otros músicos y problemas contractuales.
La versión más documentada señala que fue debido a un escándalo relacionado con un romance con una vedette brasileña vinculada al expresidente Miguel Alemán, lo que provocó que influyentes figuras políticas ordenaran su deportación.
Esta expulsión lo obligó a trasladarse a Estados Unidos, donde continuó su carrera con éxito, pero la herida de ser rechazado por el país que lo había acogido quedó marcada en su historia.

Después de casi 11 años de ausencia, regresó a México en 1964, retomando su popularidad y recibiendo numerosos contratos y reconocimientos.
En 1980, obtuvo la nacionalidad mexicana, consolidando su vínculo con el país que tanto amó.
Sus últimos años estuvieron marcados por problemas de salud, incluyendo paros cardíacos y la amputación de una pierna.
Falleció el 14 de septiembre de 1989 en la Ciudad de México, dejando un legado imborrable en la música latina y el cine.
Pérez Prado no solo fue un músico y compositor prolífico, con más de 28 producciones discográficas, sino también una figura que dejó una huella profunda en la cultura popular.
Su estilo orquestal y su grito característico al dirigir su banda se convirtieron en símbolos del mambo.
Su música trascendió fronteras, llegando a Europa, Japón y África, y su influencia se siente en la música latina hasta hoy.
Canciones como “Patricia” y “Mambo del taconazo” siguen siendo celebradas, y su nombre es sinónimo del mambo.

La vida de Dámaso Pérez Prado es un ejemplo de talento, perseverancia y también de las dificultades que enfrentan los artistas.
Su historia nos recuerda que el éxito puede ir acompañado de conflictos personales y políticos, y que incluso los grandes íconos pueden sufrir caídas inesperadas.
El Rey del Mambo dejó un legado musical que sigue vivo, pero también una historia humana de lucha, rechazo y redención que merece ser recordada con todas sus luces y sombras.