La Triste Historia de Jairo Varela | Pelea Por La Herencia | Rivalidades | Cárcel Traiciones

Jairo Varela Martínez, nacido el 6 de diciembre de 1954 en Quibdó, Chocó, es uno de esos nombres que en Cali no se pronuncia: se canta.

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Compositor, arreglista, director y fundador del Grupo Niche, Varela no solo creó un sonido propio que fusionó el Pacífico colombiano con la salsa urbana; escribió himnos que han servido para enamorarse, despecharse, vacilar en la sala y llorar con dignidad.

Canciones como “Cali Pachanguero”, “Una aventura”, “Gotas de lluvia”, “Imposible amor” o “Busca por dentro” forman parte del ADN salsero de Colombia y Latinoamérica.

Sin embargo, detrás de esa pluma prodigiosa y esa disciplina casi obsesiva hubo una vida marcada por éxitos monumentales, rivalidades intensas, tensiones familiares, un paso por la cárcel y, al final, una herencia que se convirtió en disputa pública.

 

Todo comenzó en el Chocó, en una familia humilde donde la música no era lujo, sino necesidad emocional.

Desde niño Jairo mostró talento innato.

A los nueve años ya había formado su primer conjunto, La Timba, tocando dulzaina, bongó, maracas y güiro.

Su madre, Teresa Martínez de Varela —escritora y líder comunitaria—, fue quien vio ese don temprano y, con mucho esfuerzo económico, le regaló su primera guitarra.

Su abuelo Eladio Martínez también influyó: no solo le enseñó oficios manuales, sino que le transmitió nociones básicas de guitarra y una fe profunda que acompañaría a Jairo toda la vida.

Él mismo decía que sentía a su abuelo cerca en hoteles y escenarios, como si lo guiara desde el más allá.

 

La familia se trasladó a Bogotá buscando mejores oportunidades.

Allí Jairo siguió componiendo.

Temas tempranos como “Difícil” y “Atrato viajero” ya mostraban su conexión con el río Atrato y su tierra natal.

Pero Bogotá no era el epicentro salsero; Cali lo era.

En la capital del Valle del Cauca encontró el ambiente perfecto para soñar en grande.

Quería formar una orquesta propia, no ser solo compositor suelto.

Así, junto a Alexis Lozano, fundó el Grupo Niche en Bogotá a finales de los años 70.

El nombre “Niche” no era casual: en el argot caleño significa “el que tiene estilo”, “el que sabe”.

Y ellos querían demostrarlo.

 

El primer disco llegó con temas como “Buenaventura y Caney”, un homenaje a la costa pacífica que abrió puertas.

Pero la verdadera explosión ocurrió cuando se mudaron a Cali y lanzaron “Cali Pachanguero”.

Esa canción no fue solo un éxito: se convirtió en himno oficial de la Feria de Cali, en bandera de identidad y en sonido que aún hoy hace que el cuerpo se mueva sin pedir permiso.

El crecimiento fue vertiginoso.

Llegaron giras internacionales, colonias de colombianos en el exterior, reconocimiento en plazas donde tradicionalmente mandaban Puerto Rico y Nueva York.

Niche se metió en mercados difíciles y los conquistó con arreglos que mezclaban sabor pacífico con estructura salsera sólida.

 

TBT Maestro Jairo Varela en su estado natural: creando música en los años 90 en Niche Estudios de la ciudad de Cali

Sin embargo, el éxito trajo sombras.

En 1983 Alexis Lozano dejó Niche para fundar Guayacán Orquesta.

Esa separación no fue pacífica.

Se convirtió en una de las rivalidades más comentadas de la salsa caleña.

Los “nichezistas” con camisetas rojas y los “guayacaneros” con verdes dividieron al público.

Hubo acusaciones mutuas: Jairo habría intentado bloquear contrataciones de Guayacán en eventos donde tocaba Niche, amenazando con cancelar su propia presentación.

Alexis, por su parte, dejó claro que él había aportado mucho al sonido original y que la separación fue por diferencias creativas y de visión empresarial.

 

La guerra fría duró años.

Se lanzaron indirectas en entrevistas, se cuestionaron méritos.

Pero también hubo momentos de respeto tácito.

Ambos cerraron filas cuando sentían que orquestas extranjeras recibían trato preferencial en Colombia o cuando aparecían grupos piratas que usaban nombres y repertorios ajenos.

La competencia, aunque intensa, elevó el nivel de la salsa colombiana.

Como dijo Alexis tras la muerte de Jairo: ya no tenía con quién pelear, se acabó el antagonismo, aunque se incomodaban, se querían.

Esa rivalidad, al final, fue combustible para que ambas agrupaciones se volvieran legendarias.

 

Otro episodio duro llegó con Alberto Barros.

En una entrevista radial Jairo lo acusó sin anestesia de grabar canciones suyas completas sin permiso, de explotar su obra sin pagar regalías a N Business (su empresa).

Lo llamó mercenario, impostor, copión y anunció acciones legales en México y Estados Unidos.

Barros respondió negando todo: dijo que siempre dio créditos, que las regalías se pagaban por canales correspondientes y que el enojo podía deberse a celos por el éxito de sus producciones.

La discusión escaló a amenazas legales y acusaciones de piratería.

Fue una guerra abierta por derechos, prestigio y territorio en la salsa.

 

Pero el capítulo más oscuro llegó en los años 90.

Regresando de una gira, Jairo fue detenido en el aeropuerto de Cali acusado de enriquecimiento ilícito.

El caso generó un huracán mediático: rumores de nexos con figuras del narcotráfico caleño, de dinero “raro”, de que su prosperidad no podía explicarse solo por la música.

En Colombia, cuando un artista afro prospera en medio del caos, muchos no lo celebran: lo sospechan.

Jairo insistió en su inocencia, habló de persecución, de recelo, de racismo y de que cierta élite no toleraba ver a un hombre negro ganando dinero legítimo con arte.

 

La cárcel le cayó como una piedra.

Lo peor, decía, no era el encierro, sino la separación de sus hijos, la distancia con la familia y el silencio extraño de amigos que desaparecen en la tormenta.

Sin embargo, no se apagó: escribió decenas de canciones en prisión.

De ahí salieron temas como “La cárcel” —con jerga y crudeza real del penal— y “Solo tú sabes”, dedicada a Gloria Bonilla, su pareja de entonces.

Salió con la frente en alto, reivindicado más por su obra que por el proceso.

Nunca hubo condena firme que lo vinculara directamente al crimen organizado, aunque la sospecha quedó flotando en el imaginario popular.

 

Hoy se cumplen once años sin Jairo Varela, fundador del Grupo Niche, conozca la programación especial en honor al maestro - El País

En lo personal tuvo cinco hijos: Yanila (la mayor, gerente en Miami), Juan Miguel (manager y mano derecha), Cristina (hija de Gloria Bonilla, muy cercana a él), María Alexandra y María Camila.

Cada uno con su historia dentro del legado.

Su última relación fue con Damaris de Diego, exreina de belleza (Miss Chocó), con quien convivió muchos años.

Según algunos relatos, en los últimos meses había tensiones fuertes y dormían en cuartos separados.

Cuando Jairo falleció el 7 de agosto de 2012 a los 62 años por un infarto agudo de miocardio, algunos señalaron el estrés matrimonial, aunque eso nunca se comprobó.

Lo cierto es que su muerte dejó heridas abiertas.

 

La herencia se convirtió en novela.

Damaris tenía participación en empresas de Varela, lo que la hacía socia y heredera parcial.

Surgieron tensiones con los hijos por el manejo del legado, los derechos de autor, las regalías y el control de la marca Niche.

Algunos acusaron a los hijos de desplazarla; otros dijeron que ella pretendía más control del que le correspondía.

Damaris mantuvo perfil bajo, mientras el legado de Jairo se institucionalizó: museo en Cali, plazoleta con su nombre, monumentos y trompetas doradas que gritan su historia.

 

Museo de Jairo Varela - Opiniones sobre Plazoleta Jairo Varela, Cali, Colombia - Comentarios - Tripadvisor

Jairo Varela no solo dejó canciones; dejó una forma de entender la música como empresa, como identidad y como resistencia.

Desde Quibdó hasta los escenarios internacionales, desde la Timba hasta Cielo de tambores, demostró que el talento, la disciplina y la visión pueden transformar un sueño en legado eterno.

Su vida tuvo luces deslumbrantes y sombras profundas, pero su música sigue viva, haciendo que el cuerpo entienda el idioma del Pacífico sin pedir permiso.

Cali Pachanguero no es solo una canción: es una declaración de que, a pesar de todo, la fiesta continúa.

 

 

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