La música ranchera mexicana está llena de voces inolvidables que han marcado generaciones.

Entre ellas, destacan dos duetos formados por hermanas que conquistaron México y más allá con sus voces únicas y su pasión por el género: Las Gilguerillas y Las Hermanitas Huerta.
Sin embargo, detrás del brillo y la fama, sus vidas estuvieron marcadas por momentos difíciles que conmueven el alma.
Esta es la historia de dos duplas inseparables, de trabajo duro, éxito, amor fraternal y también de pérdidas que dejaron un vacío imposible de llenar.
Todo comenzó en un pequeño rincón de Michoacán, México, donde Amparo e Imelda Higuera Juárez crecieron trabajando la tierra junto a su padre Felipe.
Jamás pisaron una escuela, pero la música fue su verdadera educación.
Cantaban mientras sembraban, puliendo sin saberlo esas voces que más tarde conquistarían a todo un país.
Una noche, en una fiesta del pueblo, su talento fue descubierto por el dueto América, quienes las animaron a cantar profesionalmente y les brindaron clases para perfeccionar su arte.
Su mamá les puso el nombre de Las Gilguerillas, inspirado en el dulce canto del jilguero, y así comenzó una carrera que duraría más de seis décadas.
En 1955 lanzaron su primer álbum y rápidamente sus canciones como “Chaparrita consentida” y “El Toro Relajo” se convirtieron en himnos que llegaban al corazón de millones.
Su música cruzó fronteras, llenando escenarios en Estados Unidos y Centroamérica, y colaboraron con grandes figuras como Juan Gabriel y Antonio Aguilar.
Pero el éxito no borró sus raíces campesinas ni sus valores sencillos.
A pesar de los premios y reconocimientos, su historia tuvo un giro doloroso cuando en 2004 Imelda falleció por complicaciones respiratorias.
Amparo, su voz y compañera inseparable, se retiró casi tres años, sumida en el dolor.
Gracias a la perseverancia y al apoyo de Mercedes Castro, Amparo regresó a los escenarios, extendiendo el legado de Las Gilguerillas por otros diez años más.
Su música sigue viva, un testimonio del poder del amor fraternal y la pasión por la música ranchera.
Luz y Aurora Huerta nacieron en Tampico, Tamaulipas, en un hogar marcado por la pérdida temprana de su madre.
Ese vacío las unió aún más, encontrando en el canto un refugio y un camino para expresar sus emociones.
Desde niñas, su sincronía vocal sorprendía, y tras ganar un concurso local, iniciaron su carrera profesional.
Para evitar confusiones con otro dúo, adoptaron los nombres artísticos Luz y Lucero, y se establecieron en la Ciudad de México, donde su presencia cautivó a públicos y críticos.
Con canciones escritas por compositores como Felipe Valdés Leal, sus interpretaciones se convirtieron en himnos de dolor, resistencia y vida cotidiana.
Su éxito las llevó a giras agotadoras por Estados Unidos, donde llenaron auditorios y conquistaron a las comunidades mexicanas.
Sin embargo, la vida en carretera cobró factura: nunca se casaron ni tuvieron hijos, y la soledad fue un precio alto que pagaron por su arte.

Con el paso del tiempo, la fama decayó y ambas terminaron sus días en la Casa del Actor, un refugio para artistas retirados.
La muerte de Aurora en 2019 quebró el espíritu de Luz, quien falleció apenas 14 meses después, demostrando que su vínculo era indestructible incluso ante la muerte.
Las historias de Las Gilguerillas y Las Hermanitas Huerta son un reflejo del alma mexicana: trabajo duro, amor incondicional, éxito y tragedia.
Dos duetos de hermanas que compartieron no solo el escenario, sino una vida entera de alegrías y dolores.
Aunque ya no están físicamente, sus voces siguen resonando en cada fiesta, en cada mariachi, en cada corazón que ama la música ranchera.
Nos enseñan que el verdadero éxito no está solo en la fama o el dinero, sino en la fuerza del amor fraternal y la pasión por lo que se hace.
Recordarlas es honrar la música mexicana y las historias humanas que la hacen eterna.