Durante décadas, Lupita D’Alessio fue conocida como una de las voces más poderosas de México.

En el escenario, llenaba auditorios y estadios con interpretaciones desgarradoras que parecían hablarle directamente al corazón de millones de mujeres.
Sin embargo, detrás del brillo, los aplausos y los discos de oro, se escondía una historia marcada por la violencia, el abuso, la pérdida y una larga lucha contra la adicción que casi le cuesta la vida.
La historia de Lupita no comienza con la fama, sino con una infancia rota.
Nacida el 9 de enero de 1954 en Tijuana, Baja California, Guadalupe Contreras Rivas creció bajo la sombra de un padre que vio en su voz una oportunidad económica.
Alfonso “Poncho” D’Alessio, músico de profesión, no la crió como hija, sino que la formó como producto.
Desde los cinco años, Lupita fue obligada a cantar en bares y eventos nocturnos, expuesta al humo, al alcohol y a la mirada de adultos, mientras otros niños jugaban.
Ensayos interminables, gritos, golpes y una exigencia constante marcaron su niñez.
Décadas después, ella misma lo resumiría con una frase contundente: “Me sentí usada por mi propio padre”.
El hogar tampoco era un lugar seguro.
Lupita fue testigo de la violencia que su padre ejercía contra su madre, escenas que se grabaron profundamente en su memoria.

Aquella normalización del maltrato sembró un patrón que se repetiría dolorosamente en su vida adulta.
A los 17 años, buscando escapar de ese entorno, se casó en secreto con Jorge Vargas, un músico trece años mayor que ella.
Lo que parecía una salida se convirtió en otra prisión.
Durante siete años, Lupita vivió un matrimonio marcado por los celos, el control y las agresiones físicas, mientras continuaba cantando y sosteniendo económicamente a la familia.
El dolor se agravó con la muerte de su primer hijo, quien falleció con apenas 28 días de nacido.
Ese golpe emocional marcó un antes y un después.
Aunque tuvo dos hijos más, Jorge y Ernesto, la violencia no cesó.
En los años setenta, cuando hablar de maltrato era prácticamente un tabú, Lupita soportó en silencio, maquillando los moretones y sonriendo frente al público.
La sociedad no preguntaba y el sistema no protegía.
En 1978, tras ganar el Festival OTI y alcanzar un reconocimiento internacional, Lupita tomó una de las decisiones más importantes de su vida: elegir su carrera y salir de ese matrimonio.
Sin embargo, el precio fue devastador.
En medio de un proceso legal influido por prejuicios, un juez le quitó la custodia de sus hijos, argumentando que una mujer que dejaba a su esposo y rehacía su vida sentimental no era digna de ser madre.
Durante diez años, Lupita vivió separada de ellos, cargando con la etiqueta de “mala madre” impuesta por la prensa y la opinión pública.

En su búsqueda de amor y estabilidad, Lupita entró en relaciones que repitieron el mismo patrón de daño.
Una de las más determinantes fue con el productor argentino Sabú.
Él impulsó su carrera artística a nuevas alturas, pero también la introdujo a la cocaína la noche de su boda.
A partir de ese momento, comenzó una adicción que duraría 23 años.
La contradicción era brutal: el hombre que la hacía brillar profesionalmente era el mismo que alimentaba su destrucción personal.
La adicción avanzó silenciosamente mientras Lupita seguía trabajando.
Su salud se deterioró, su peso cayó drásticamente y su vida se volvió cada vez más caótica.
En 1993, fue detenida por cargos de evasión fiscal y enviada al reclusorio femenil.
Aquella experiencia la confrontó con su propia fragilidad, pero también con el impacto de su música.
Otras reclusas cantaban sus canciones, encontrando en ellas un reflejo de sus propias historias.
Tras recuperar a sus hijos, ya adolescentes, la tragedia alcanzó un punto aún más doloroso.
Lupita confesó públicamente que, durante su peor etapa, llegó a consumir drogas junto a ellos.
Una noche, su hijo Jorge sufrió una convulsión por sobredosis frente a sus ojos.
Aquella escena la persiguió durante años, pero incluso ese horror no fue suficiente para detener la adicción de inmediato.
El momento decisivo llegó cuando, completamente sola y devastada, estuvo a punto de inyectarse heroína para terminar con su vida.
En un gesto casi automático, encendió el televisor y vio a su hijo Ernesto cantando.
Esa imagen la detuvo.
Pensó en sus hijos, en los nietos que aún no conocía y decidió no morir ese día.
En 2007, Lupita ingresó a un centro de rehabilitación en Guatemala.
Fueron 45 días de abstinencia, terapia y confrontación con su pasado.
Allí encontró algo que no había tenido nunca: paz.
Desde entonces, se ha mantenido sobria, reconstruyó su relación con sus hijos y aprendió a vivir sin el peso constante de la culpa.
Hoy, Lupita D’Alessio vive alejada del ruido, reconciliada con su historia y consciente de que sobrevivió a todo lo que intentó destruirla.
Su vida no tuvo justicia judicial ni castigos ejemplares para quienes la dañaron, pero sí tuvo algo más poderoso: la decisión de dejar de pagar con su dolor.
La voz que cantó al desamor, a la traición y al sufrimiento no estaba actuando.
Lupita D’Alessio cantó su propia vida.
Y al final, eligió algo que durante décadas le fue negado: vivir en sus propios términos.