El 2 de marzo de 1947, en una humilde hacienda rodeada de cafetales en Ubá, un pueblo perdido en el interior de Brasil, nació un bebé que parecía completamente normal.

Pesó lo mismo que cualquier recién nacido, se movía igual, lloraba igual.
Nadie sospechó nada hasta que, a los seis meses, el pediatra, tras una revisión, le dio a su madre una noticia que le partió la vida en dos: su hijo no iba a crecer.
Padecía displasia espondiloepifisaria congénita, una condición que limitaría su estatura para siempre a un metro con un centímetro.
Frente a aquel diagnóstico devastador, su madre tomó una decisión que marcaría todo lo que vendría después: decidió que no crearía un mundo artificial para su hijo, que lo criaría para el mundo real, que, a pesar de todo, él sería un niño como cualquier otro.
Esa promesa, hecha con la mejor de las intenciones, se convertiría con los años en una profecía oscura y demoledora.
Nelson Ned, el “pequeño gigante de la canción”, como el mundo llegaría a conocerlo, viviría una vida de contrastes brutales.
Vendió más de 50 millones de discos, llenó tres veces el legendario Carnegie Hall de Nueva York, fue el primer artista latinoamericano en lograr un disco de oro en Estados Unidos y su voz, un barítono profundo y aterciopelado, hizo llorar a generaciones enteras con baladas románticas como “Todo pasará” o “Si las flores pudieran hablar”.
Sin embargo, detrás de esa voz que hablaba de amor y ternura, se escondía un hombre que usaba el amor como trampa, un depredador que, durante trece años, en la cúspide de su fama, se entregó a una vida de excesos, drogas y destrucción, confesando él mismo frente a las cámaras, años después, que era “un monstruo” que sometía a mujeres con cocaína en suites de hotel.
Esta es la historia completa del hombre más pequeño que pisó un escenario mundial y del monstruo más grande que se ocultaba detrás de esa voz, una historia de luces deslumbrantes y sombras profundas que culminó con un final solitario en un asilo de ancianos, un destino que parecía escrito desde aquel diagnóstico en la infancia.

Para entender al monstruo, primero hay que comprender al niño.
Nelson creció rodeado de sus seis hermanos, todos de estatura normal, en una casa donde era el único que no alcanzaba la mesa sin ayuda, donde los vecinos cuchicheaban a su paso y las niñas se reían sin disimulo.
Pero Nelson tenía algo que nadie podía quitarle: una voz descomunal que no cabía en su cuerpo.
A los cinco años, ya asombraba en la radio local.
A los diez, para ayudar a su familia en la pobreza, trabajaba en una fábrica de chocolates, empacando dulces con sus manos pequeñas.
Fue allí donde sufrió el primer rechazo que marcaría su alma: se enamoró de la hija del dueño, una chica de ojos claros a la que escribía poemas.
Ella lo rechazó sin miramientos, no por lo que él era, sino por cómo se veía.
Esa humillación, esa certeza de que su cuerpo era un obstáculo insalvable para el amor, germinó en silencio durante años, alimentando una herida que nunca sanaría.
A los 14 años debutó en televisión, a los 16 ya tenía su propio programa titulado, cruelmente, “El tamaño no importa”, y a los 17, su talento lo llevó a Sao Paulo, donde firmó un contrato discográfico.
Su carrera fue meteórica.
En 1968 ganó el Festival de la Canción de Buenos Aires, en 1970 se presentó en Nueva York, y en 1974 alcanzó la cima: vendió un millón de copias de “Happy Birthday My Darling” en Estados Unidos, convirtiéndose en el primer latinoamericano en lograrlo.
Esa gloria le abrió las puertas del Carnegie Hall, que llenó no una, sino tres veces.
En el escenario, su voz hacía olvidar su cuerpo; la gente lloraba, las mujeres suspiraban creyendo que aquella voz les hablaba directamente al corazón.
Pero fuera del escenario, cuando se apagaban las luces, Nelson se transformaba en otro hombre, un hombre que él mismo describió como incapaz de controlarse.

La confesión más escalofriante llegó años después, ya convertido al cristianismo, en una entrevista para un especial religioso.
Nelson Ned, frente a cámara, explicó con una sinceridad que desarma por qué usaba cocaína.
Dijo que aprendió en Estados Unidos que la moneda para conquistar a una mujer no era el dinero, sino la cocaína.
Confesó que el escenario era sagrado para él, un altar donde jamás se tocaban las drogas, pero que al bajar de él, se encerraba en suites de hotel con dos o tres mujeres y les ponía cocaína sobre la mesa.
Luego soltó la pregunta que lo explica todo: “¿Cuál mujer se iba a acostar conmigo si no era por dinero o, peor aún, a cambio de cocaína?”.
En otra entrevista con Atala Sarmiento, fue aún más lejos: admitió que era “un enfermo en el terreno íntimo”, que su filosofía era que la mejor mujer siempre era la siguiente, que las trataba como objetos, que las desmoralizaba y que lo que les hacía era “peor que golpearlas”.
Trece años duró esa etapa, a la que él mismo llamó “la balada de la muerte”.
Trece años de una doble vida donde los aplausos por la noche tapaban los gritos que nadie escuchaba en las habitaciones de hotel, mientras la industria musical miraba hacia otro lado, cómplice silenciosa de un monstruo que vendía millones.
Mientras tanto, en casa, su esposa Marley, con quien se había casado a los 24 años, criaba sola a sus tres hijos: Nelson Junior, Mona Lisa y Ana Verónica.
Los tres habían heredado la misma displasia de su padre.
Sabiendo el calvario que les esperaba, Nelson se hizo una vasectomía para no traer más hijos al mundo, pero no estuvo presente para criar a los que ya existían.
Mientras Marley les secaba las lágrimas por las burlas, Nelson estaba encerrado en una suite en otra ciudad, con cocaína y mujeres.
El matrimonio se rompió en 1977 por sus infidelidades y adicciones.
Se casó de nuevo con María Aparecida, “Cidinha”, quien también sufrió su violencia.
Una noche de 1980, Nelson llegó borracho a casa; al día siguiente, Cidinha, al recoger su ropa, dejó caer un revólver que él llevaba en el bolsillo.
El arma se disparó contra el suelo y la bala le destrozó la clavícula.
La prensa habló de un intento de asesinato, pero ella lo desmintió desde el hospital.
Nadie preguntó qué hacía Nelson con un arma cargada en el bolsillo.
Tocó fondo, lloró y pidió misericordia, pero no cambió.
Continuó con las drogas, el alcohol y las mujeres hasta que, según él, en 1993, se convirtió al cristianismo evangélico, una transformación que pareció genuina y que lo llevó a grabar música religiosa y a dar testimonios de redención por toda América Latina.
Sin embargo, la conversión no deshizo el daño causado.
Sus hijos crecieron sin él, las mujeres a las que sometió nunca recibieron una disculpa, y la misericordia que él buscó fue siempre para sí mismo.

Tras la conversión, su carrera secular se apagó lentamente.
Los escenarios se volvieron más pequeños, de estadios pasó a iglesias y salones parroquiales.
En 2003, un derrame cerebral lo postró en una cama durante siete meses, le robó la visión de un ojo, lo dejó en silla de ruedas y dañó para siempre esa voz prodigiosa.
Sobre su cuerpo, ya castigado por la displasia, se acumularon la diabetes, la hipertensión y, lo más devastador, el Alzheimer.
La enfermedad comenzó a borrar su memoria lenta e implacablemente, desdibujando primero los rostros y luego las canciones, los conciertos, los millones de discos, las mujeres cuyo nombre nunca recordó y hasta su propio nombre.
Era una justicia poética y espantosa: el hombre que usó y olvidó a tantos, terminó olvidado por su propia mente.
Su hermana Neuma, no su esposa ni sus hijos, fue quien se hizo cargo de él en sus últimos años, bañándolo, alimentándolo y acompañándolo con una lealtad silenciosa que contrastaba con la vida de excesos que él había llevado.
El final llegó en la Nochebuena de 2013, cuando Nelson Ned, con Alzheimer avanzado, casi ciego y en silla de ruedas, fue ingresado en la residencia de ancianos San Camilo, en la periferia de Sao Paulo.
Doce días después, el 5 de enero de 2014, una neumonía acabó con su vida.
Murió pobre, olvidado y solo, en un hospital público.
Su funeral fue una ceremonia íntima en una pequeña capilla de un cementerio periférico, a la que asistieron apenas un puñado de familiares y amigos.
Allí, en ese momento de dolorosa despedida, su hermana Neuma comenzó a cantar “Todo pasará”, y uno a uno, los presentes se sumaron, dedicándole la canción que él hizo famosa en un escenario vacío, sin micrófono, sin aplausos.
La profecía de su madre, aquella promesa de criarlo para el mundo real, se había cumplido de la manera más cruel.
El mundo real le dio una voz inmensa, una fama descomunal y la capacidad de destruir, pero al final, cuando ya no le quedaba nada, el mundo real le devolvió la soledad más absoluta que había intentado evadir todo su vida.
Sus hijos, cada uno a su manera, encontraron la paz que él nunca tuvo: Junior se convirtió en un respetado baterista de jazz, Mona Lisa en fonoaudióloga, y Ana Verónica, la más pequeña, de solo 90 centímetros, encontró la felicidad haciendo reír como payasa de circo.
Ellos, los tres herederos de su condición, pero no de su oscuridad, se convirtieron en el verdadero legado de un hombre que, en el fondo, solo quería ser amado por lo que era, pero nunca supo cómo amar sin destruir.