El 22 de octubre de 1992, tras un concierto agotador en el Teatro Metropolitan de la Ciudad de México, Juan Gabriel vivió uno de los momentos más conmovedores de su vida artística.

Mientras firmaba autógrafos para cientos de fans, una niña de aproximadamente ocho años, llamada Sofía Ramírez, se acercó guiada por su madre y le hizo una pregunta que dejó sin palabras al icónico cantante: “Señor Juan Gabriel, yo no puedo ver su cara, pero escucho su voz todos los días en mi casa.
¿Me puede decir de qué color es su voz?”
Sofía nació ciega debido a una condición congénita llamada anoftalmia bilateral, lo que significa que nunca desarrolló completamente sus ojos.
Su mundo está formado por sonidos, texturas, olores y las descripciones que otros le dan de las cosas que ella solo puede imaginar.
Desde que su madre le puso por primera vez un cassette de Juan Gabriel, Sofía quedó fascinada por la voz del cantante, que para ella tenía un color especial, aunque no pudiera verlo.
La familia de Sofía hizo un gran esfuerzo para llevarla a escuchar a Juan Gabriel en vivo.
La madre, María Elena, ahorró durante seis meses para comprar boletos para las tres noches consecutivas que el artista ofreció en el Teatro Metropolitan, un recinto elegante con capacidad para 3,000 personas y una acústica excepcional.
Después de un concierto emotivo de casi tres horas, Sofía insistió en quedarse para la sesión de autógrafos, segura de que tenía una pregunta importante que solo Juan Gabriel podría responder.
Cuando llegó su turno, el cantante notó inmediatamente el bastón blanco y los lentes oscuros de la niña, y se acercó con ternura para escucharla.
La pregunta de Sofía fue profunda y hermosa: quería saber de qué color era la voz de Juan Gabriel, ya que su madre le describía los colores del mundo, pero ella nunca los había visto.
El silencio que siguió fue absoluto; todos los presentes en el vestíbulo del teatro, desde los fans hasta el personal, esperaban la respuesta del cantante.

Juan Gabriel se tomó un momento para reflexionar y luego respondió con honestidad y sensibilidad.
Explicó que su voz no tiene un solo color, sino muchos, que cambian según lo que siente y canta.
Por ejemplo, cuando interpreta “Amor Eterno”, su voz tiene el color del atardecer, cálido y profundo.
Cuando canta “Querida”, su voz es del color del oro, brillante y valiosa.
Además, comparó su voz con el color del cielo después de la lluvia, un azul especial que representa esperanza y renovación.
Pero lo más importante, dijo, es que el verdadero color de su voz no está en su garganta, sino en el corazón de quien la escucha, y ese color es diferente para cada persona.
Sofía cerró los ojos y describió la voz de Juan Gabriel como el color de su mamá, el color más hermoso que existe porque es amor, seguridad y hogar.
Este momento conmovió profundamente a todos, incluyendo a Juan Gabriel, quien rompió en lágrimas y abrazó a la niña.

Después de ese encuentro, Juan Gabriel mantuvo contacto con Sofía, enviándole discos y apoyando con donaciones a la Escuela Nacional para Ciegos de México, creando un fondo en honor a la niña.
Sofía creció inspirada por la música y se convirtió en musicoterapeuta, ayudando a otros niños con discapacidad visual.
Cuando Juan Gabriel falleció en 2016, Sofía escribió una carta abierta recordando esa noche mágica y cómo el cantante le enseñó que los colores no solo se ven con los ojos, sino que se sienten con el corazón, y que la música puede pintar colores en la oscuridad.
Esta historia es un testimonio del poder transformador de la música y la conexión humana.
La pregunta de una niña ciega y la respuesta de un artista legendario trascendieron la música para tocar lo más profundo del alma, recordándonos que la verdadera belleza y el verdadero color están en los sentimientos que compartimos.