Pablo Larios Iwasaki fue uno de los porteros más prometedores y talentosos del fútbol mexicano a finales de los años 80 y principios de los 90.
Campeón de la CONCACAF con la selección mexicana en 1991 e ídolo del club Chivas de Guadalajara, su vida estuvo marcada por un éxito deportivo temprano, pero también por una tragedia personal y una lucha devastadora contra la adicción que terminó destruyéndolo.
Nacido el 31 de julio de 1970 en Zacatepec, Morelos, Pablo Larios era hijo de un padre mexicano de Jalisco y una madre japonesa de segunda generación.
Crecer en una familia bicultural le dio una identidad única, donde la disciplina japonesa y la pasión mexicana se mezclaban.
Desde pequeño, Pablo fue un niño callado, serio y observador, diferente a los demás niños.
Mientras sus compañeros gritaban y jugaban, él ya estudiaba los ángulos y movimientos para ser portero, un puesto donde podía controlar lo que sucedía en su área, una necesidad que definiría su vida.
A los 14 años, entró a las fuerzas básicas de Chivas, el equipo más grande de Guadalajara.
Allí enfrentó burlas por su apariencia asiática, pero su disciplina y talento lo hicieron destacar.
Su obsesión por la perfección lo llevó a repetir ejercicios una y otra vez hasta dominarlos, y a los 18 años debutó en primera división.
Su debut fue memorable: aunque Chivas perdió contra América, Larios atajó 11 tiros, ganándose la atención de la prensa y los aficionados.
En los siguientes años se consolidó como titular y su carrera parecía prometedora.
En 1991, con apenas 21 años, fue campeón de la Copa Oro de CONCACAF con México, jugando un papel fundamental en la final contra Estados Unidos, atajando penales y salvando a su equipo en momentos decisivos.

Sin embargo, durante ese torneo ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre: Pablo probó la cocaína por primera vez.
Fue alguien del staff quien se la ofreció para calmar sus nervios y dormir mejor.
Pensó que podría controlarlo, pero no fue así.
De regreso en Chivas, la presión aumentó y con ella su consumo de drogas.
Pablo empezó a consumir para calmar la ansiedad antes de los partidos.
Nadie sospechaba nada porque seguía jugando bien, pero por dentro estaba perdiendo el control.
Su mejor temporada fue en 1992, pero ya vivía una doble vida: portero profesional y adicto.
En 1993, su rendimiento se volvió errático, alternando grandes atajadas con errores inexplicables.
La crítica y la presión aumentaron, y él consumía más para sobrellevarlo.
En 1994, Chivas lo dejó ir.
Tenía apenas 24 años y su carrera profesional se desmoronaba.

Pasó por varios equipos pequeños sin estabilidad, y su conducta empeoró: llegaba tarde, faltaba a entrenamientos y desaparecía.
En 1996, con 26 años, dejó el fútbol profesional sin despedida ni homenaje.
Después del fútbol, la vida de Pablo se volvió aún más difícil.
Vivía en Guadalajara sin dinero ni rumbo, atrapado en una adicción que crecía día a día.
Su familia intentó ayudarlo llevándolo a rehabilitación varias veces, pero recaía una y otra vez.
En 1998, comenzó a consumir crack, una droga aún más destructiva que deterioró su salud y desfiguró su rostro, destruyendo su tabique nasal y la piel alrededor.
Entre 1999 y 2000 desapareció casi por completo del ojo público.
Su rostro había cambiado tanto que podía caminar por la calle sin ser reconocido.
Su vida estaba en ruinas.
En 2001, recibió la noticia que lo despertó: tenía un hijo de dos años, enfermo de leucemia.
Por primera vez en años, algo más importante que la droga apareció en su vida.
Entró a rehabilitación y logró estar limpio seis meses, tiempo en el que conoció a su hijo, con quien compartió momentos felices.
Pero en 2003, la tragedia golpeó de nuevo: su hijo murió a los cuatro años.
Pablo estaba con él hasta el final, pero ese dolor fue demasiado.
Recurrió a las drogas esa misma noche y nunca volvió a recuperarse.
Los años siguientes fueron una espiral descendente.
Su madre murió en 2006, su padre en 2009, y Pablo se aisló cada vez más.
En 2016 intentó un giro inesperado: se postuló como regidor en Guadalajara con la idea de crear programas de prevención de adicciones para que otros niños no sufrieran como él.
Su campaña fue un fracaso, sin recursos ni apoyo, y perdió la elección.
La derrota política lo quebró aún más y volvió a las drogas con fuerza.
En sus últimos años, Pablo escribió una carta a su hijo muerto, llena de dolor y arrepentimiento, donde confesaba que no pudo cumplir su promesa de cambiar y que las drogas lo ayudaban a olvidar el sufrimiento, aunque solo por un rato.
Pablo Larios murió solo en su cuarto el 31 de enero de 2019, a los 48 años.
La causa oficial fue un infarto masivo, pero la verdadera causa fue una vida de adicción, dolor y soledad.
Su funeral fue pequeño, sin prensa ni homenajes, tal como él lo quiso.
Sin embargo, su historia ha servido para abrir un debate sobre la salud mental y las adicciones en el fútbol mexicano, un tema que sigue siendo tabú.

Un año después de su muerte, un periodista deportivo escribió un artículo viral que cambió la narrativa: Pablo no solo fue un portero destruido por las drogas, sino también un hombre que intentó salvar a otros contando su historia con sinceridad, mostrando su rostro desfigurado para advertir a los jóvenes.
La historia de Pablo Larios es una lección dolorosa sobre cómo el éxito deportivo no protege contra las adicciones ni los demonios personales.
Fue un hombre humano, con virtudes y defectos, que luchó contra sus problemas y no pudo ganar todas las batallas.
Su vida invita a la compasión y a la reflexión sobre cómo tratamos a quienes caen y cómo el sistema deportivo debería cuidar mejor a sus jugadores, no solo mientras brillan, sino también cuando sufren.
Pablo Larios fue campeón, ídolo, adicto, padre, hijo y sobre todo, un ser humano con una historia compleja que merece ser recordada en toda su dimensión.