Con más de ochenta años de vida y seis décadas de una trayectoria que ha atravesado fronteras, regímenes políticos y generaciones, la figura de Piero De Benedictis se alza no solo como la de un cantante icónico, sino como la de un sobreviviente que ha sabido transformar el dolor y el desarraigo en arte.
Su historia, a menudo simplificada bajo el éxito monumental de “Mi viejo”, es en realidad un tapiz complejo tejido con los hilos del exilio, la resistencia y una búsqueda incesante de justicia y ternura en un mundo que a menudo carece de ambas.
Nacido en Italia como Piero Antonio Franco De Benedictis, su vida comenzó marcada por la pérdida y la migración forzada cuando su familia, estafada y arruinada en su tierra natal, tuvo que cruzar el Atlántico hacia Argentina en busca de un nuevo comienzo.
Este primer desarraigo sembró en él una semilla de resiliencia que florecería años más tarde, cuando la música dejó de ser un pasatiempo infantil para convertirse en su voz y su refugio.

Sus primeros pasos en la música estuvieron ligados a la iglesia y al seminario, donde su talento natural para la guitarra lo distinguió rápidamente, pero fue su encuentro con José Tcherkaski lo que definiría su carrera.
Juntos formaron una dupla creativa que, aunque marcada por personalidades opuestas —Piero inclinado hacia la paz y José hacia la confrontación política—, logró capturar el espíritu de una época.
“Mi viejo”, lanzada en 1969, no solo se convirtió en un himno transgeneracional, sino que también cimentó su fama internacional, aunque paradójicamente, su padre, Don Lino, bromeó al escucharla por primera vez diciendo que lo trataba como a un anciano cuando aún era joven.
Sin embargo, el éxito trajo consigo peligros inesperados.
En la Argentina convulsa de los años 70, canciones como “Para el pueblo lo que es del pueblo” y “Que se vayan ellos” fueron adoptadas como banderas de resistencia contra la dictadura militar, convirtiendo a Piero en un objetivo.
La censura, la quema pública de sus discos y las amenazas directas culminaron en un intento de secuestro en 1976, del cual escapó milagrosamente gracias a una advertencia de último minuto, forzándolo a un exilio doloroso en España e Italia, donde tuvo que reinventarse como agricultor para sobrevivir lejos de los escenarios.
El regreso a la democracia le permitió volver a Argentina, pero el panorama artístico había cambiado y la reinserción fue ardua.
Su espíritu inquieto lo llevó entonces a Colombia, donde su participación activa en las labores de rescate tras la tragedia de Armero le valió la ciudadanía colombiana, sumando una tercera nacionalidad a su identidad de ciudadano del mundo.
A lo largo de los años, Piero no se limitó a la música; incursionó en el cine, intentó una carrera política en Italia para representar a la comunidad latina y se mantuvo firme en su activismo social, apoyando causas como la lucha contra el hambre y la trata de personas.
A pesar de los problemas de salud que comenzaron a afectarlo en su vejez, incluyendo crisis de hipertensión y una neumonía bilateral que lo llevó a terapia intensiva en 2023, su pasión por el escenario permaneció intacta.
Su reciente gira por Perú y otros países de Sudamérica no es solo una celebración de su carrera, sino una afirmación de vida, un testimonio de que su voz, aunque envejecida, sigue cargada de la misma urgencia y honestidad que lo convirtieron en un referente de la canción protesta y la balada social.
Hoy, Piero enfrenta el último tramo de su vida con la serenidad de quien ha vivido múltiples existencias en una sola.
Su legado va más allá de las regalías o los premios; reside en la memoria colectiva de un continente que ha llorado, reído y resistido con sus canciones.
La “tristeza” que algunos podrían percibir en su vejez no es derrota, sino la melancolía lúcida de quien ha visto mucho y ha perdido tanto, pero que elige seguir cantando porque entiende que la música es, en última instancia, una forma de mantener viva la esperanza y la memoria de los pueblos.
Su historia nos recuerda que detrás del ídolo hay un hombre que, como su canción más famosa, camina lento pero con la dignidad intacta, llevando consigo las cicatrices de un siglo turbulento y la certeza de que, mientras haya alguien dispuesto a escuchar, su mensaje de paz y solidaridad seguirá resonando.