Liliana Abud fue una de las figuras más emblemáticas de la época dorada de las telenovelas mexicanas.

Conocida por su talento actoral y su pluma magistral, Abud dejó una huella imborrable tanto frente a las cámaras como detrás de ellas.
Sin embargo, en un momento en que muchos artistas luchan por mantenerse en la cima, ella decidió dar un paso al costado, alejándose de la fama y los reflectores.
Esta es la historia de una mujer que prefirió la profundidad del guion a la superficialidad del estrellato.
Entre 1978 y 1992, Liliana Abud fue un rostro omnipresente en las telenovelas de Televisa.
Interpretó personajes inolvidables que cautivaron a millones de televidentes en toda América Latina.
Su papel como Camila Lombardo en *Tú o nadie* fue uno de los más emblemáticos: una mujer elegante, calculadora y capaz de todo para controlar la fortuna familiar.
Su voz suave y su presencia imponente dejaron una marca indeleble en la audiencia.
En *Colorina*, encarnó a Alba de Almazán, una esposa moribunda y desencantada, cuya actuación delicada y conmovedora fue un espejo del duelo contenido en medio de un melodrama intenso.
En *Rosa Salvaje*, interpretó a Dulcina Linares, la hermana bondadosa y ancla moral en medio del caos, un personaje universalmente querido en una telenovela llena de villanos exagerados.
Además de sus papeles dramáticos, Liliana participó en adaptaciones fílmicas infantiles, prestando su voz en historias clásicas como *Rapunzel*, *Hansel y Gretel* y *El gato con botas*.
Su versatilidad y rango la convirtieron en una de las actrices más respetadas de su generación.
A pesar del éxito frente a las cámaras, Liliana Abud siempre tuvo claro que su verdadera pasión no era la fama, sino contar historias.
Graduada en psicología por la Universidad Veracruzana y criada bajo la influencia literaria de su tío Rafael Solana, su interés se centraba en el carácter, la emoción y la motivación humana.
En 1992, protagonizó *Destinos*, una serie educativa filmada en varios países de América Latina, que se convirtió en un pilar en las aulas de Estados Unidos y la región.
Este fue su último gran papel como actriz, pues poco después decidió alejarse de la actuación para dedicarse a la escritura.
Desde 1986, Liliana comenzó a coescribir telenovelas y se convirtió en una de las guionistas más prolíficas y respetadas de Televisa.
Su trabajo se caracterizaba por una compleja arquitectura emocional y un realismo psicológico poco común en el género.
Adaptó obras literarias como *La mentira cristal* y *La mujer de Judas*, y escribió éxitos originales como *Amarte es mi pecado*, *Mundo de fieras*, *La esposa virgen* y *Barrera de amor*.
Su capacidad para construir personajes profundos y tramas envolventes la hizo indispensable para productores como Ernesto Alonso, Carla Estrada y Salvador Mejía.
Incluso se decía que Ernesto Alonso la llamaba su “arma secreta”, la persona a quien recurría para rescatar guiones en crisis.
Sin embargo, en 2014, tras casi tres décadas escribiendo historias de amor, traición y redención, Liliana desapareció del ojo público.
Surgieron rumores sobre problemas de salud y agotamiento emocional, incluso se habló de roces con productores y de su sustitución en proyectos importantes.

Durante casi cinco años, Liliana se retiró completamente: sin prensa, sin guiones, sin alfombras rojas.
Su hija, la también guionista y productora Paula Rendón, reveló que su madre estaba cansada de ser parte de una máquina que había dejado de valorar su trabajo.
Fue un acto de supervivencia y autopreservación.
En 2020, Liliana sacudió la industria con una polémica declaración en vivo, acusando a la actriz Laura Zapata y a otros de “cuchiplancheo” —un eufemismo para referirse a relaciones sexuales para ganar favores— dentro de Televisa.
La controversia dividió al público y abrió una herida que muchos preferían mantener oculta.
En 2019, Liliana regresó a la pantalla con un papel inesperado en la comedia *Julia versus Julia*.
Interpretó a Carmen Montemayor, una madre excéntrica y narcisista, en una serie que satirizaba la fama y el envejecimiento en la industria del entretenimiento.
Esta actuación fue un bálsamo para ella, una forma de reírse de sí misma y cerrar un ciclo.
El reencuentro con su hija Paula en el set fue también un momento de sanación y renovación.
Juntas trabajaron en un proyecto muy personal: la adaptación mexicana de *El último encuentro*, una historia íntima sobre la relación compleja entre una trabajadora doméstica y su empleadora, cargada de tensión social y emocional.
Aunque la pandemia retrasó la producción, el proyecto sigue en marcha, con negociaciones avanzadas para comenzar el rodaje.
Mientras tanto, Liliana vive discretamente en Ciudad de México, rodeada de libros, guiones y la compañía de su nieta.

Más allá de su carrera, Liliana Abud ha vivido una vida marcada por la devoción y el duelo.
Estuvo casada con Alfonso Rendón, una figura intelectual y reservada, con quien tuvo dos hijos.
La familia siempre fue su refugio y prioridad, incluso cuando trabajaba en múltiples proyectos simultáneamente.
La muerte de Alfonso en 2020 la afectó profundamente y coincidió con su retiro temporal.
Amigos cercanos hablan de su silencio prolongado y de una posible depresión, pero también de su fortaleza para continuar creando a su propio ritmo.
Hoy, Liliana Abud sigue escribiendo, aunque a un ritmo más pausado y sin buscar la fama.
Su legado en la televisión mexicana es inmenso: personajes inolvidables, guiones que marcaron época y una forma única de contar historias que exploran la complejidad humana.
Para muchos, su papel más grande no fue ni actriz ni escritora, sino mujer que supo elegir su camino con valentía, que se retiró en silencio para preservar su esencia y que continúa creando desde la honestidad y la pasión.