El escenario político en Colombia atraviesa por un momento de alta tensión y reestructuración, especialmente en lo que concierne a la representación de las comunidades afrodescendientes en el Congreso de la República.

La figura de Miguel Polo Polo, actual representante por la circunscripción especial afro, se encuentra atravesando una de sus peores crisis políticas, legales y de legitimidad frente al electorado.
Recientemente, se ha dado a conocer el inicio de juicios en su contra ante la Corte Suprema de Justicia, enfrentando la posibilidad de una condena por delitos de gran gravedad como hostigamiento agravado e incitación a la violencia.
Estas acusaciones no surgen del vacío, sino de un historial de confrontaciones directas y discursos incendiarios dirigidos contra figuras del actual gobierno como el presidente Gustavo Petro, el exsenador Gustavo Bolívar y los exmilitantes del movimiento M-19.
A este complejo panorama judicial se suma un revés legal significativo: un juez de la República declaró un desacato en su contra debido a su rotunda negativa a emitir disculpas públicas a favor de las Madres de Soacha.
Este episodio en particular generó una profunda indignación nacional, ya que el congresista fue captado arrojando a la basura las botas que formaban parte de un acto de memoria simbólica por los falsos positivos, un gesto que revictimizó a mujeres que llevan más de quince años clamando justicia por la desaparición y asesinato de sus hijos a manos de agentes del Estado.
Por si fuera poco, pesan sobre él graves señalamientos de presunta corrupción, específicamente relacionados con el cobro irregular de porcentajes del salario a los miembros de su Unidad de Trabajo Legislativo para enriquecimiento personal, lo que ha agrietado aún más su imagen pública frente a un país que demanda transparencia en el poder legislativo.

Frente a este enorme vacío de representación legítima y el desgaste evidente de la actual curul, emerge con fuerza la candidatura de Óscar Benavides, un joven líder social, abogado y defensor de derechos humanos nacido en la zona rural de Tangarial carretera, en el municipio de Tumaco, departamento de Nariño.
Con apenas veintinueve años de edad, Benavides representa un contraste absoluto frente a la figura de Polo Polo.
Su vocación social se despertó a la temprana edad de ocho años, cuando al llegar del colegio notaba la profunda desigualdad educativa en su entorno más cercano.
Mientras sus maestras, mujeres de más de sesenta años, sabían leer y escribir, sus vecinas de la misma edad eran completamente analfabetas.
Esta realidad, impuesta por el abandono estatal en las periferias, lo motivó a tomar su cartilla escolar y enseñar a leer a las mujeres mayores de su comunidad de manera voluntaria.
Esa experiencia infantil fue el catalizador que le permitió comprender desde adentro que el racismo estructural y el diseño mismo del Estado colombiano han condenado a las regiones del Pacífico a una exclusión sistemática donde el simple derecho al aprendizaje es un privilegio inalcanzable.
Hoy en día, Benavides busca llegar a la Cámara de Representantes por el movimiento Libres, haciendo fórmula con Alejo Vergel, candidato al Senado por el Frente Amplio Unitario, con el objetivo claro de arrebatarle el espacio a quienes consideran que han secuestrado la voz del pueblo negro para ponerla al servicio de las oligarquías tradicionales y los poderes económicos de siempre.
La radiografía que presenta Benavides sobre la situación de las comunidades afrocolombianas es alarmante y está respaldada por cifras estadísticas contundentes que desnudan la negligencia gubernamental histórica.
Según sus datos demográficos, tan solo en el municipio de Tumaco habitan 257.
036 personas, de las cuales más de 90.
000 son jóvenes con edades comprendidas entre los dieciocho y veintiocho años.
De esta inmensa población juvenil territorial, un dramático treinta por ciento es analfabeta, una estadística que se replica a lo largo y ancho de municipios hermanos del litoral como Santa Bárbara de Iscuandé, Guapi, López de Micay, Olaya Herrera y Barbacoas.
El problema de la exclusión y la invisibilización comienza desde la misma forma en que el Estado contabiliza a estas poblaciones.
Benavides denuncia un verdadero genocidio estadístico perpetrado durante el gobierno del expresidente Iván Duque, donde el censo del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) arrojó que en Colombia existen apenas 4,6 millones de afrodescendientes.
Sin embargo, las organizaciones de base y los líderes del pueblo negro rechazan tajantemente esta cifra oficial, argumentando que en realidad son más de diez millones de afros en todo el territorio nacional, señalando el hecho de que tan solo en la ciudad de Bogotá reside más de un millón de personas de esta comunidad.
Las implicaciones de este gravísimo subregistro son devastadoras en términos de políticas públicas, ya que borrar estadísticamente a millones de personas significa que el Estado destina una cantidad infinitamente menor de recursos económicos para la inversión social, bloqueando el desarrollo de la salud, la educación y la infraestructura básica.

Las consecuencias directas de esta falta de inversión estructural se reflejan en indicadores de salud pública y desarrollo social que parecen sacados de otra época histórica.
El Instituto Departamental de Salud de Nariño ha revelado en sus informes anuales que el agua que consumen diariamente los habitantes de Tumaco contiene peligrosos residuos de heces fecales.
Esta falta de saneamiento básico ha disparado las tasas de mortalidad por enfermedades y complicaciones gastrointestinales, afectando mortalmente a niños, jóvenes y ancianos de la región, obligándolos a convivir con un recurso hídrico que provoca severas enfermedades en la piel.
Mientras tanto, las oportunidades de educación superior y desarrollo profesional son prácticamente un espejismo en la región; de los 1.
417 jóvenes que logran graduarse como bachilleres anualmente en ese municipio, apenas 217 consiguen acceder a algún tipo de educación universitaria.
A nivel nacional, la brecha de oportunidades es igualmente trágica: las cifras indican que, de la población afrodescendiente reconocida, apenas un ínfimo 1,7 por ciento logra alcanzar un título profesional, y de ese minúsculo grupo, solamente el 1,6 por ciento llega a culminar estudios de especialización o maestría.
A este panorama académico y de salubridad se suma una crisis social que trunca el futuro de miles de mujeres jóvenes: en la región del Pacífico, dos de cada diez embarazos ocurren en niñas menores de catorce años, evidenciando la ausencia total de políticas públicas de prevención, educación sexual integral y acceso a métodos de planificación familiar en los territorios marginados.
Ante esta abrumadora avalancha de problemáticas urgentes, la crítica de Óscar Benavides hacia el actual ocupante de la curul afrodescendiente es completamente implacable.
Señala a Miguel Polo Polo de padecer de un pensamiento colonizado, sufriendo de lo que él denomina un afán por ser aceptado en un grupo de poder que históricamente ha perpetuado la exclusión, el racismo y la violencia contra su propio pueblo.
Lo acusa de convertir el sagrado recinto del Congreso de la República en un circo mediático, dedicando su tiempo y sus fueros a fomentar el odio, proponer el retorno de los bombardeos militares indiscriminados y aliarse con figuras polémicas como el general Eduardo Zapateiro, salpicado por operaciones militares cuestionables en Putumayo, o con personajes que promueven la violencia física contra quienes piensan diferente.
Para Benavides y sus seguidores, resulta una profunda ofensa histórica que la representación lograda tras incontables décadas de luchas sociales y materializada en la Ley 70 de 1993, impulsada por figuras y líderes comunitarios del Pacífico, esté siendo instrumentalizada para agendas de la ultraderecha.
El legado de próceres libertarios afrodescendientes como Benkos Biohó, el fundador del primer pueblo libre de América Latina en San Basilio de Palenque; de heroínas independentistas como María Antonia Ruiz o Ailda Cundumí; e incluso el recuerdo del olvidado presidente Juan José Nieto, primer y único mandatario negro en la historia del país, se ve empañado por un liderazgo legislativo que ignora de manera deliberada las necesidades de vida o muerte de su electorado natural.

Como contraposición a este modelo político, la propuesta de Benavides se alinea estratégicamente con los esfuerzos de transformación social que ha venido impulsando el actual gobierno progresista del presidente Gustavo Petro, el cual contó con el apoyo masivo de más del noventa por ciento de los votantes en la franja del Pacífico.
El candidato destaca que, gracias a este cambio de visión estatal y por primera vez en casi cuatrocientos años de historia, se está materializando por fin la construcción del acueducto de Tumaco, una obra vital que pondrá fin a siglos de consumo de agua no apta para humanos.
Asimismo, resalta que bajo esta administración se han iniciado los proyectos reales para establecer una sede de la Universidad Nacional en la región, una institución que abrirá sus puertas a más de cinco mil jóvenes del piedemonte costero, el Triángulo del Telemí y diversos municipios, ofreciéndoles verdaderas alternativas de vida más allá de las armas o el desempleo.
Para lograr consolidar estos avances, hacer un control político riguroso y recuperar la dignidad de la curul, el candidato hace un llamado urgente a nivel nacional para ejercer lo que denomina el “voto de la empatía”.
Explica pedagógicamente que la circunscripción especial de comunidades negras es de carácter nacional, lo que significa que cualquier ciudadano colombiano, sin importar su lugar de residencia en el país o en el exterior, ni su origen étnico, puede solicitar este tarjetón específico el día de las elecciones legislativas.
La estrategia para expulsar democráticamente a Polo Polo consiste en pedir a los jurados la tarjeta electoral de la Cámara de Representantes por Comunidades Negras, renunciando a votar por la cámara de su respectivo departamento, y marcar con una X la casilla de la organización “Libres”.
La campaña preelectoral ha tomado, inevitablemente, un tono de confrontación directa y pública de ideas y modelos de país.
En repetidas ocasiones y a través de diversos medios y entrevistas, Óscar Benavides ha lanzado un reto público e ineludible a Miguel Polo Polo para enfrentarse en un debate abierto, transparente y de cara al pueblo colombiano, donde se discutan con estadísticas y argumentos sólidos las verdaderas necesidades de las regiones apartadas y se expongan los resultados legislativos obtenidos.
Hasta el momento, el actual congresista ha evadido sistemáticamente la invitación, un silencio que sus críticos y opositores interpretan como una muestra de cobardía política y una profunda falta de preparación sobre los temas estructurales que desangran al país.
Esta contienda por la curul afro no es simplemente una disputa electoral más en el calendario democrático de Colombia; representa una batalla simbólica, cultural y material entre dos visiones diametralmente opuestas.
Por un lado, la continuidad de un modelo basado en la política espectáculo, la confrontación vacía, la negación de la memoria de las víctimas y la alianza con los poderes hegemónicos tradicionales; y por el otro, la promesa de una representación genuina, arraigada profundamente en el territorio, fundamentada en el conocimiento doloroso de las cifras del abandono estatal y comprometida de manera inquebrantable con el cierre definitivo de las brechas de desigualdad y racismo que han marcado la historia de las comunidades afrocolombianas desde la época de la colonia.