Medellín no olvida el fatídico 2 de julio de 1994, un día que marcó un antes y un después en la historia del fútbol colombiano.
El trágico asesinato de Andrés Escobar comenzó con un disparo a la portería equivocada.
Ese error futbolístico le costó la vida, recibiendo seis balazos a la salida de un bar, donde fue ejecutado por sicarios narcos.
Hoy exploramos la vida de Escobar y otras leyendas del deporte que cruzaron caminos con el crimen organizado.
Un autogol, una llamada amenazante, un arresto inesperado.
Detrás de la caída de estos ídolos hay balas, cárteles y millones de dólares perdidos.
Esta es la historia de cómo la gloria deportiva se transformó en pesadilla,
y de cómo, en manos del narcotráfico, el deporte siempre termina en sangre.
Andrés Escobar fue uno de los defensores más talentosos de su época.
A principios de los años 90, la selección colombiana contaba con un plantel poderoso,
posicionándose como uno de los equipos más competitivos del continente.
Entre sus filas había ídolos como el Pibe Valderrama y Faustino Aspirilla,
pero Escobar se destacaba por su juego limpio y su carácter.
El Mundial de 1994 era una oportunidad dorada para que Colombia demostrara su calidad.
La selección llegaba respaldada por una histórica victoria 5-0 sobre Argentina,
y con la confianza de contar con el apoyo de leyendas del fútbol.

Sin embargo, la experiencia del equipo fue desilusionante.
Perdieron ante Rumania y Estados Unidos, dejando a los aficionados devastados.
Fue en ese segundo partido donde un error de Escobar terminó sellando su destino.
En el minuto 34, en una confusa jugada, el laureado defensor metió un gol en propia portería,
condenando a su selección a un resultado negativo.
Colombia quedó fuera del mundial, pero esa no era la principal preocupación de Escobar.
El dolor y la vergüenza lo acompañaron tras el autogol,
y las advertencias del técnico Francisco Maturana de mantener un bajo perfil fueron ignoradas.
A pesar de las advertencias, Andrés decidió regresar a Medellín,
quería dar la cara y explicar lo sucedido a su gente.
Después de una serie de entrevistas con periódicos,
salió a comer con amigos, tratando de sobrellevar la situación.
La noche del 2 de julio de 1994, acudió al restaurante El Indio para cenar.
Lo que no sabía es que sería abordado por los hermanos Pedro David y Juan Santiago Gallón,
narcotraficantes conocidos en la región.
Los delincuentes increparon a Escobar, cuestionando su participación en la Copa Mundial.
La discusión se tornó acalorada, y el escolta de los narcotraficantes sacó su arma,
disparando seis veces al futbolista.
Fue un ataque brutal y cobarde, que dejó a Colombia en shock.
La muerte de Andrés Escobar se convirtió en un símbolo de lo peor del país,
un recordatorio de la violencia que azotaba a la nación en ese momento.
Más de 120,000 personas asistieron a su sepelio, llorando su muerte con un dolor inmenso.
Las autoridades pronto revelaron los lazos de los hermanos Gallón con el crimen organizado,
un negocio que dominaba la justicia y la política en Colombia.
Había información de sus vínculos con grupos armados de la región,
especialmente del suroeste antioqueño.
Eran socios de Pablo Escobar y del cartel de Cali,
manejan negocios oscuros que generaban millones de dólares.
El crimen de Escobar no solo expuso la violencia del narcotráfico,
sino también la fragilidad de la vida de aquellos que se atreven a enfrentarlo.
Por otro lado, otro futbolista que se vio envuelto en la violencia fue Albeiro “el Palomo” Usuriaga.
Colombia ha sido cuna de grandes delanteros, pero pocos como Usuriaga,
quien destacó en equipos como Atlético Nacional e Independiente de Avellaneda.
Su carrera estaba llena de éxitos, pero su vida personal se tornó oscura.
Albeiro regresó a Cali tras su retiro, donde su popularidad lo mantenía en las primeras planas.
Sin embargo, su alegría lo llevó a ser asesinado en su propia ciudad.
El 11 de febrero de 2004, un sicario le disparó a quemarropa frente a su hermana.
La ejecución fue rápida y brutal, dejando a su familia y amigos en estado de shock.
Sobre este crimen se crearon varias hipótesis,
una de ellas señalaba que Usuriaga había sido testigo de un asesinato.
La familia del futbolista postuló que su muerte se debió a su negativa a permitir el ingreso de narcotraficantes en su barrio.
Las autoridades concluyeron que su asesinato fue ordenado por Jefferson Valdés Marín,
jefe de una banda ilegal llamada Molina, debido a que Albeiro había salido con la novia del criminal.
El crimen de Usuriaga se convirtió en un símbolo de la violencia que azotaba a la sociedad colombiana.
Los fanáticos aún lloran la pérdida de su ídolo,
mientras que el clima de violencia que causó su muerte sigue presente.
Otro caso impactante fue el del portero Omar “el Gato” Ortiz.
El 7 de enero de 2012, Ortiz fue detenido por ser parte de una banda de secuestradores.
Su rostro no era el de un deportista de élite; se veía desmejorado y agotado.
La Procuraduría de Nuevo León reunió pruebas que lo acreditaron como miembro de una banda delictiva relacionada con el cártel del Golfo.
El Gato fue señalado por la Agencia Estatal de Investigaciones como el encargado de proporcionar información sobre las víctimas.
Su historia es una prueba de que los personajes oscuros que se conocen en las noches de exceso pueden llevar a un mundo peligroso.
Finalmente, Julio César Chávez Jr. ha sido otro ejemplo de la conexión entre el deporte y el crimen organizado.
El boxeo ha estado históricamente ligado a este mundo,
y Chávez Jr. no fue la excepción.
Su historia combina gloria con humillación,
y es una prueba de que nada positivo puede salir de relacionarse con las familias más peligrosas de México.
El 7 de enero de 2025, Chávez fue detenido en Estados Unidos por ser parte de una banda delictiva.
Su relación con el clan Guzmán,
hija del fallecido Edgar Guzmán López, lo llevó a un mundo de excesos y poder.
Chávez se convirtió en un engranaje del cártel de Sinaloa,
utilizando su talento para el boxeo de forma creativa.
La historia de estos futbolistas es un recordatorio de que la gloria en el deporte puede tener un costo mortal.
El narcotráfico ha dejado huellas imborrables en la vida de estos ídolos,
transformando su legado en una mezcla de éxito y tragedia.
Las vidas de Andrés Escobar, Albeiro Usuriaga, Omar Ortiz y Julio César Chávez Jr.
son solo ejemplos de cómo el crimen organizado ha afectado al deporte en Colombia y México.
Mientras sus historias continúan resonando,
la pregunta persiste: ¿cuánto más debe sufrir el deporte antes de liberarse de estas sombras?