El Sacerdote que visitó por última vez a Carlo Acutis… Revela lo que vivió y es imposible de creer 🥚

El 1 de diciembre de 1993, Pablo Escobar miraba su reloj con una inquietante calma.

 

 

Eran las 6:15 de la mañana y, mientras Medellín despertaba a su rutina diaria, él sabía que su tiempo se estaba agotando.

Sentado en su casa del barrio Los Olivos, el hombre más poderoso de Colombia esperaba su destino, sin saber que solo le quedaban 24 horas de vida.

Su guardaespaldas, conocido como “Limón”, lo escuchó decir algo que jamás olvidaría: “Creo que solo me quedan 24 horas, tal vez menos”.

En ese momento, Limón pensó que su jefe estaba bromeando, pero al mirar a sus ojos, se dio cuenta de que Escobar hablaba en serio.

La tensión en el aire era palpable, y lo que siguió en las horas posteriores fue un torbellino de violencia y desesperación.

Para entender cómo llegaron a ese punto, debemos retroceder 18 meses, a julio de 1992, cuando Limón, un joven sicario de 27 años, fue llamado a una reunión con el hombre más buscado del mundo.

En aquella reunión, Escobar le ofreció un trabajo que cambiaría su vida: ser su guardaespaldas a cambio de una suma de dinero que jamás podría imaginar.

“Te voy a pagar 100,000 pesos al mes mientras trabajas para mí, y cuando todo esto termine, te daré 5 millones de dólares”, le prometió Escobar.

Limón no podía creer lo que escuchaba.

Era más dinero del que vería en toda su vida.

Sin embargo, había condiciones: debía proteger a Escobar con su vida y mantener absoluta lealtad.

Así comenzó su relación, marcada por la violencia y la lealtad, mientras Escobar continuaba manejando su imperio desde la clandestinidad.

Los primeros meses fueron extraños, pero Limón se convirtió en un pilar de protección para el narcotraficante.

Sin embargo, la situación se tornó crítica en octubre de 1992, cuando los enemigos de Escobar comenzaron a acecharlo con más fuerza que nunca.

La tensión aumentó, y el 1 de diciembre de 1993, Escobar sabía que su tiempo se había agotado.

A medida que pasaban las horas, la paranoia se apoderó de él.

Mientras Limón intentaba mantener la calma, Escobar se sumía en la desesperación.

La mañana del 1 de diciembre, después de un desayuno inusualmente tranquilo, Pablo se preparaba para lo inevitable.

La vida normal de Medellín continuaba afuera, ajena al caos que se avecinaba.

A las 7:30 de la mañana, Pablo dejó de mirar su reloj y se dirigió al baño, donde se duchó como si fuera un día cualquiera.

Pero Limón sabía que no era así.

La atmósfera se volvió densa cuando escucharon un helicóptero volando bajo.

Era el bloque de búsqueda del gobierno, que finalmente había dado con su ubicación.

“Patrón, tenemos que irnos”, advirtió Limón, pero Escobar, confiado, insistió en que se quedarían.

La tensión aumentó cuando los hombres armados comenzaron a rodear la casa.

Limón y Pablo subieron al techo, donde se prepararon para lo peor.

En un instante, la situación se tornó caótica.

El primer disparo resonó en el aire, y el infierno se desató.

Limón se lanzó para proteger a Escobar, pero la balas comenzaron a caer como granizo.

La lucha fue feroz, con Pablo disparando y Limón cubriéndolo, pero la situación se volvía cada vez más desesperada.

Mientras las balas volaban, Pablo se dio cuenta de que su tiempo se estaba acabando.

“Hoy es el día”, gritó, aceptando su destino.

A medida que los policías avanzaban, Pablo fue alcanzado por un disparo.

Limón, herido pero decidido, hizo lo imposible por salvarlo, pero el daño ya estaba hecho.

Pablo Escobar, el hombre que había desafiado al mundo, estaba herido y rodeado.

En sus últimos momentos, Escobar miró a Limón y le agradeció por su lealtad, pero el final era inminente.

Con un último esfuerzo, Pablo disparó hacia sus atacantes antes de caer, dejando a Limón solo, herido y con el peso de la traición y la lealtad.

El legado de Pablo Escobar terminó en ese tejado, pero la historia de Limón apenas comenzaba.

Años después, Limón se encontró enfrentando las consecuencias de su elección, viviendo en una prisión emocional y física.

Mientras el mundo celebraba la caída de Escobar, él se convertía en una nota al pie en la historia.

La vida de Limón cambió para siempre, y aunque había sobrevivido, el costo fue alto.

Hoy, 31 años después, recuerda aquel día fatídico, la lealtad que lo llevó a la cima y la caída que lo dejó en el olvido.

La historia de Pablo Escobar y su guardaespaldas es un recordatorio de que la lealtad puede ser tanto una bendición como una maldición.

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