ESPOSA LE QUITA LA VIDA A LA “AMANTE” DE SU MARIDO INFIEL EN IZTAPALAPA, CDMX — LA VERDAD: ERA SU…🥚

Una foto de familia aparentemente normal esconde un oscuro secreto que romperá vidas para siempre.

 

 

En el corazón de Iztapalapa, tres personas sonríen bajo el sol de la tarde, sin saber de la traición que acecha detrás de sus sonrisas.

Marisol, Edgar y Jimena, esposa, esposo y hermana, parecían vivir una vida típica.

Pero cuando la ambulancia llegó ese fatídico día, la mujer en la camilla no era una desconocida; era la hermana de Marisol.

Y la mujer esposada, con la cabeza baja, era quien había confiado en ella toda su vida.

Iztapalapa es un lugar donde los secretos son difíciles de mantener.

En un vecindario donde todos saben todo, los rumores corren más rápido que el viento.

Las calles son estrechas, las casas están pegadas, y si alguien grita, cinco vecinos ya están asomados.

En una de esas calles angostas, cerca del bullicioso mercado, vivían Marisol Bautista y Edgar Lira.

Eran una de esas parejas que se conocen desde jóvenes, soportando juntas las adversidades de la vida.

Cinco años de matrimonio, para ser exactos.

Cinco años de levantarse temprano, contar centavos, discutir sobre cuentas y prometerse que algún día todo mejoraría.

Marisol, de 33 años, trabajaba en un tianguis vendiendo ropa usada y artículos para el hogar.

Edgar pasaba sus días manejando para aplicaciones y haciendo cualquier trabajo que se le presentara.

No les sobraba nada, pero tampoco les faltaba lo esencial.

Vivían en una casa alquilada con dos cuartos, un baño compartido y un pequeño patio donde Marisol colgaba la ropa.

La rutina era dura, pero era su rutina.

Y en medio de esa vida estaba Jimena, la hermana menor de Marisol.

Con 29 años, Jimena tenía una sonrisa fácil y un pelo largo con mechas rubias que se hacía en una estética barata.

Siempre estaba cerca, apareciendo para los cumpleaños, quedándose a dormir cuando decía que tenía problemas con su compañera de cuarto, pidiendo prestado dinero que a veces devolvía y a veces no.

Marisol nunca le negaba nada; era su hermana, la más pequeña, la que había crecido con ella compartiendo cuarto y ropa.

Edgar también la trataba bien como cuñado, dándole aventones cuando coincidían y comprándole tacos si andaban por el tianguis.

En la foto que todos tenían guardada en el celular, los tres sonreían frente a una taquería del barrio.

Marisol con su camiseta azul marino y el pelo recogido, Edgar con su playera celeste y los brazos cruzados, y Jimena con su blusa beige y esas mechas que brillaban con el sol.

Parecían lo que eran: familia.

Pero las cosas comenzaron a cambiar a mediados de 2023.

Cambios pequeños, casi invisibles.

Edgar comenzó a dejar su celular boca abajo.

Cambiaba de pantalla rápidamente cuando Marisol se acercaba.

Decía que tenía que salir a hacer una corrida en horarios extraños, tipo 9 de la noche o incluso más tarde.

Al principio, Marisol no le dio importancia.

Pensó que era el estrés del trabajo, que andaba buscando más viajes para juntar dinero, pero después notó otras cosas.

Edgar cambiaba la contraseña de su teléfono con frecuencia, borraba notificaciones antes de que ella alcanzara a leer y empezó a llegar con olor a un perfume que no era el suyo.

Un olor dulce y femenino que se quedaba en su camiseta.

Cuando Marisol preguntaba, Edgar decía que había llevado clientas o que había parado en una tienda.

Siempre tenía respuesta para todo, y Marisol quería creerle.

Necesitaba creerle, porque aceptar la alternativa significaba romper todo lo que habían construido.

Lo que Marisol no sabía era que el olor no venía de ninguna clienta; venía de alguien mucho más cercano.

Alguien que conocía cada rincón de esa casa, que sabía dónde guardaban el dinero del mandado y cómo le gustaba a Edgar el café.

De alguien que aparecía justo cuando Edgar estaba en casa y desaparecía cuando Marisol llegaba.

Jimena, la hermana, la cuñada, la amiga, la que se suponía que iba a estar siempre de su lado.

Pero en Iztapalapa, como en cualquier lugar, la confianza a veces es lo primero que se rompe.

Y cuando se rompe entre hermanas, el ruido es ensordecedor.

Para finales de 2023, Marisol ya no dormía bien.

Se quedaba despierta oyendo el celular de Edgar vibrar en la madrugada.

Veía cómo él se levantaba al baño con el teléfono en la mano.

Notaba que su esposo ya no la tocaba como antes, que inventaba excusas para llegar tarde, que parecía estar en otro lado, aunque estuviera sentado a su lado.

Y lo peor de todo, Marisol empezaba a sentir que se estaba volviendo loca.

Porque cuando preguntaba, Edgar le decía que todo estaba en su cabeza, que era celosa, que estaba exagerando, que siempre andaba buscando problemas donde no los había.

Marisol comenzó a dudar de sí misma hasta que una noche, revisando el celular de Edgar mientras él se bañaba, encontró un contacto archivado, solo una letra: X, y adentro mensajes que no dejaban lugar a dudas.

Los mensajes eran claros, demasiado claros.

“Ya llegué. ¿A qué hora sales? Me haces falta. Nos vemos en lo de siempre.”

Marisol leyó todo con las manos temblando, sentada en la orilla de la cama, mientras el agua de la regadera seguía corriendo.

No había fotos, no había audios, solo texto, pero el tono era inconfundible.

Edgar le estaba escribiendo a alguien con una cercanía que ya no tenía con ella.

Marisol cerró el chat y dejó el teléfono donde estaba.

No dijo nada esa noche.

Se quedó callada con el estómago revuelto y la cabeza llena de preguntas.

¿Quién era X? ¿Desde cuándo? ¿Dónde se veían? ¿Era alguien del barrio? ¿Alguien del trabajo?

Durante días, Marisol intentó descifrar quién podía ser esa persona.

Pensó en las clientas de Edgar, en las mujeres del tianguis, en alguna vecina, pero no tenía cara, no tenía nombre, solo tenía una letra.

Lo que Marisol no relacionó fue que algo estaba pasando justo enfrente de ella.

Jimena había empezado a aparecer más seguido.

Llegaba con cualquier pretexto, que necesitaba un cargador, que venía a dejar un Tupperware, que pasaba por ahí y quería saludar.

Siempre casual, siempre sonriente y siempre cuando Edgar estaba en casa.

Marisol no le dio importancia al principio, era su hermana.

¿Qué había de raro en que pasara a visitarlos?

Pero después empezó a notar detalles.

Jimena respondía cosas antes que Edgar.

Si Marisol preguntaba, “¿A qué hora llegas?” Jimena decía, “Dijo que como a las 6,” antes de que Edgar abriera la boca.

Si Marisol comentaba que faltaba algo en la casa, Jimena decía, “Yo le dije que comprara.”

Como si hubiera estado en la conversación, pequeñas cosas, cosas que podían ser coincidencias, o no.

Un día, Marisol le pidió a una amiga del tianguis que revisara el perfil de Edgar en redes sociales, no porque desconfiara de que tuviera algo público, sino para ver quién le daba like, quién comentaba, quién estaba ahí.

Lo que encontró la dejó helada.

Jimena, en casi todas las publicaciones de Edgar, corazones, caritas, comentarios como “te ves bien” o “échale ganas,” nada fuera de lo normal entre cuñados.

Técnicamente, pero el patrón estaba ahí.

Marisol comenzó a conectar puntos: las visitas, los horarios, las respuestas automáticas y una horrible sospecha comenzó a formarse en su mente.

Una sospecha que no quería aceptar porque era demasiado, porque si era cierto, entonces todo lo que conocía se iba a caer.

Revisó los chats de Edgar otra vez buscando algo más y encontró fotos viejas en la galería.

Fotos que no recordaba haber visto.

Edgar y Jimena en un OXXO. Edgar y Jimena cerca de una gasolinera.

Nada comprometedor, pero sí extraño.

¿Por qué su esposo tenía fotos con su hermana que ella no conocía?

Marisol no dijo nada todavía.

Siguió la rutina.

Siguió levantándose temprano, yendo al tianguis, haciendo de comer, pero por dentro estaba destruida.

Cada vez que veía a Edgar, pensaba en Jimena.

Cada vez que Jimena mandaba un mensaje al grupo familiar, Marisol sentía náuseas.

Y lo peor era que nadie notaba nada.

Edgar seguía con su rutina.

Jimena seguía apareciendo como si nada, y Marisol seguía fingiendo que todo estaba bien, pero no estaba bien.

Nada estaba bien.

Marisol empezó a observar todo con otros ojos.

Los horarios de Edgar, las excusas de Jimena, las coincidencias que antes parecían inocentes y ahora eran obvias.

Como esa vez que Edgar dijo que iba a cargar gasolina y Jimena publicó una historia en Instagram desde una gasolinera al mismo tiempo, o cuando Edgar dijo que tenía que ir al centro y Jimena apareció con una bolsa de una tienda del centro esa misma tarde.

Marisol no confrontó a ninguno de los dos todavía.

Sabía que si lo hacía sin pruebas contundentes, Edgar iba a voltear todo.

Iba a decir que estaba loca, que estaba celosa, que estaba inventando cosas.

Y Jimena iba a llorar y a decir que Marisol la estaba acusando injustamente.

Así que Marisol esperó y observó y juntó evidencia.

Revisó los recibos que Edgar dejaba tirados.

Chequeó las ubicaciones compartidas cuando él las activaba por error.

Anotó horarios, fechas, patrones y todo apuntaba a lo mismo: Edgar y Jimena se estaban viendo a escondidas y lo llevaban haciendo meses.

Quizá desde principios de 2023, quizá desde antes.

Un día, Marisol le pidió a una prima que vivía cerca del trabajo de Edgar que pasara por ahí a cierta hora.

La prima aceptó sin hacer preguntas y esa tarde, como a las 6, le mandó una foto a Marisol.

En la imagen se veía el coche de Edgar estacionado afuera de una fonda y adentro del coche, en el asiento del copiloto, estaba Jimena.

Marisol sintió que le faltaba el aire.

No era solo paranoia, no era imaginación, era real.

Su esposo y su hermana juntos a escondidas.

Marisol siguió el coche a pie lo más que pudo.

Los vio doblar hacia una zona más tranquila del barrio.

Después los perdió de vista, pero no importaba; ya sabía lo suficiente.

Regresó a la casa, se sentó en la sala y esperó.

Dos horas después, Edgar llegó.

Olía a perfume.

Traía una sonrisa relajada.

Marisol le preguntó cómo le había ido.

Edgar dijo que bien, que había hecho varias corridas.

Marisol asintió, no dijo nada, pero en su mente ya estaba tomando decisiones.

Decisiones que no tenían vuelta atrás porque una cosa era sospechar, otra cosa era saber.

Y Marisol ya sabía.

Al día siguiente, Jimena mandó mensaje al grupo familiar.

“Hola, familia. ¿Cómo amanecieron?” con un emoji de corazón.

Marisol leyó el mensaje y no contestó de inmediato.

Se quedó viendo la pantalla pensando.

Jimena insistió.

“¿Estás ahí?”

Marisol contestó. “Sí, estoy.”

Jimena puso un corazón. “Ahorita llego.”

Marisol dejó el celular, se paró y caminó por la casa.

Sentía una presión en el pecho, una mezcla de rabia y tristeza que no sabía cómo controlar.

Jimena iba a venir, iba a entrar a la casa, iba a sonreír, iba a fingir que todo estaba bien como siempre.

Y Marisol no sabía si iba a poder seguir callada, no sabía si iba a poder aguantar ver esa cara y no decir nada.

A las 4, Jimena llegó, tocó la puerta, y Marisol abrió.

Jimena entró con una sonrisa, cargando una pequeña bolsa.

“Aquí está el Tupper. Gracias por prestármelo.”

Marisol asintió.

“De nada.”

Jimena se sentó en el sillón como si fuera su casa.

Empezó a hablar de cualquier cosa, de una oferta que vio en una tienda, de un video que le dio risa, de lo cansada que estaba.

Marisol la escuchaba sin realmente oír.

Solo veía esos gestos, esa facilidad para mentir, esa cara de inocencia que ya no le creía.

Y entonces Jimena preguntó, “¿Y Edgar?”

Marisol sintió que algo se le rompía.

“Trabajando,” dijo.

Jimena asintió.

“Oh, qué bien. Pobre, siempre anda corriendo de un lado a otro.”

Marisol no dijo nada, solo la miró.

Y en ese momento, Jimena debió haber sentido algo, porque su sonrisa se congeló un segundo.

“¿Estás bien, Mari?”

Marisol sonrió.

Una sonrisa fría.

“Sí. ¿Por qué?”

Jimena se fue poco después.

Dijo que tenía cosas que hacer.

Marisol cerró la puerta detrás de ella y se quedó ahí parada, respirando, tratando de calmarse.

Pero no podía.

Ya no podía.

A las 6:30 de la tarde, Edgar mandó mensaje.

“Voy a hacer una corrida rápida. Llego en un rato.”

Marisol leyó el mensaje y entonces vio otro en el grupo.

“Jimena, voy a pasar al OXXO. ¿Alguien necesita algo?”

Marisol cerró los ojos.

Ya sabía lo que iba a pasar.

Se iban a ver otra vez como siempre y esperaban que ella no se diera cuenta, que se quedara en casa como tonta esperando.

Pero esta vez no.

Esta vez Marisol iba a salir, iba a buscarlos, iba a verlos con sus propios ojos y después, después ya se vería.

Se puso una chamarra, agarró el celular y salió.

Eran las 7:10 de la tarde.

Las calles estaban llenas de gente regresando del trabajo, de niños jugando, de vecinos platicando en las puertas.

Marisol caminó rápido.

Sabía que Edgar solía estacionarse en las calles cercanas al tianguis cuando quería descansar entre viajes y tenía razón.

A dos cuadras de la casa, vio el coche estacionado en una esquina.

Con las luces apagadas, Marisol se acercó despacio y entonces vio a Jimena caminando hacia el coche.

Jimena, tranquila, con su blusa beige, con su pelo suelto, con esa sonrisa que Marisol conocía tan bien.

Jimena abrió la puerta del copiloto y se subió.

Edgar arrancó y Marisol lo siguió.

No sabía qué iba a hacer.

No tenía plan, solo sabía que ya no podía seguir fingiendo, que ya no podía quedarse callada, que algo tenía que explotar.

Y esa noche, algo explotó.

Marisol lo siguió a pie, manteniéndose a distancia, pero sin perderlos de vista.

Edgar manejó despacio por las calles del barrio.

Dobló en una calle lateral, después en otra.

Marisol aceleró el paso.

Sentía el corazón latiéndole en los oídos.

Cuando llegó a la esquina, vio que el coche estaba estacionado frente a una casa abandonada.

Las luces adentro estaban apagadas, pero Marisol podía ver las siluetas.

Edgar y Jimena hablando cerca, demasiado cerca.

Marisol sintió algo subir por dentro.

No era sospecha, no era imaginación; era real.

Su esposo y su hermana juntos, haciendo lo que fuera que hacían cuando creían que nadie los veía.

Marisol caminó directo hacia el coche.

No pensó, solo actuó.

Golpeó la ventana del copiloto con el puño.

Jimena gritó.

Edgar se volteó con los ojos abiertos.

Marisol abrió la puerta de un jalón.

“Bájate,” le dijo a Jimena.

Su voz sonaba extraña, plana, fría.

Jimena tartamudeó.

“Mari, yo, nosotros…”

“¡Bájate!” repitió Marisol.

Jimena salió del coche.

Edgar también.

“Marisol, espera, déjame explicarte,” dijo Edgar.

Pero Marisol ya no estaba escuchando; solo veía a Jimena, su hermana, la que había comido en su mesa, la que había dormido en su sillón, la que le había dicho, “Cuídate y te quiero.”

Mientras por detrás se metía con su esposo.

“¿Desde cuándo?” preguntó Marisol.

Jimena no contestó.

Edgar intentó hablar.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

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Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena se quebró.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

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“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

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“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

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“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Marisol lo empujó.

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Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

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Marisol lo empujó.

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Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Jimena se quebró.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

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Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

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Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

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Marisol lo empujó.

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Jimena sollozó.

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“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

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“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

“No me toques.”

Edgar retrocedió.

Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Edgar retrocedió.

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Jimena sollozó.

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Jimena se quebró.

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Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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Marisol se giró hacia Jimena.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

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“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

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Marisol se giró hacia Jimena.

“Eres mi hermana.”

Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol alzó la voz.

Jimena se quebró.

“Desde hace meses.”

“Perdón, fue un error. No queríamos lastimarte.”

Marisol sintió que la cabeza le daba vueltas.

Meses, no semanas, meses, mientras ella trabajaba, mientras confiaba, mientras defendía a los dos cuando alguien hacía un comentario.

Edgar intentó acercarse.

“Marisol, por favor, vamos a la casa y hablamos tranquilos.”

Marisol lo empujó.

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Jimena sollozó.

“Lo sé, lo sé. Perdón, Mari.”

“¿Desde cuándo?” Marisol

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