En Salamanca, Guanajuato, un ataque brutal ha dejado 11 personas muertas y 12 heridas, sacudiendo a todo México.
Las autoridades confirman que este no fue un ataque al azar, sino un mensaje claro entre dos de los cárteles más poderosos del país.
Lo que ocurrió en esa cancha de fútbol un domingo por la tarde no comenzó ese día; su origen se remonta a hace cinco años, cuando dos organizaciones criminales decidieron que Guanajuato valía cualquier precio, cualquier cantidad de sangre.
Era una tarde tranquila, con familias reunidas para un torneo local.
Nadie imaginaba que en minutos, ese lugar se convertiría en el escenario de una guerra que ha cobrado miles de vidas.
Cinco de las víctimas no eran aficionados comunes; eran operadores vinculados a una infiltración que costaba 150 millones de pesos mensuales.
Alguien decidió que ese domingo era el momento de enviar un mensaje que resonara en todo Guanajuato.
La verdadera pregunta es: ¿cómo llegamos a este punto que convirtió a Salamanca en un campo de batalla?
Guanajuato no es un estado cualquiera; es la arteria principal del crimen organizado en México.
Aquí te presentamos tres razones que cambiarán tu perspectiva sobre este conflicto.
Primero, la refinería de Salamanca, la sexta más grande de Latinoamérica, procesa miles de barriles diarios.
El robo de combustible genera 3,000 millones de pesos anuales, un dinero que fluye directo a las arcas criminales.
Quien controla Salamanca controla el huachicol de medio país.
Segundo, el corredor industrial.
Guanajuato conecta Guadalajara con Ciudad de México, Querétaro y San Luis Potosí, convirtiéndose en la ruta perfecta para mover drogas, armas y precursores químicos.
Cada semana, toneladas de metanfetaminas y fentanilo cruzan estas carreteras rumbo a Estados Unidos.
Tercero, los laboratorios clandestinos.
Guanajuato cuenta con bodegas industriales abandonadas, acceso legal a químicos y una distancia estratégica de los puertos de Manzanillo y Lázaro Cárdenas.
Es el lugar ideal para cocinar drogas sintéticas sin levantar sospechas.
Ahora queda claro: quien domina Guanajuato domina el narcotráfico del centro de México.
Dos organizaciones criminales decidieron que ese control valdría cualquier cantidad de vidas.
En una esquina, el cártel Santa Rosa de Lima, fundado por José Antonio Yepez Ortiz, alias “El Marro”.
El Marro no empezó traficando drogas; comenzó robando gasolina, perforando los ductos de Pemex como si fueran venas de oro negro.
Para 2017, controlaba el 80% del robo de combustible en Guanajuato, operando con cierta tolerancia.
Pero cometió un error fatal: creyó que Guanajuato le pertenecería para siempre.
En la otra esquina, el cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fundado por Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
El CJNG no es un cártel tradicional; es una corporación criminal multinacional con un modelo de expansión brutal y efectivo.
Identifican territorios estratégicos, infiltran células mediante empresas fantasma y atacan con violencia desproporcionada.
Para 2018, el CJNG controlaba 23 de los 32 estados de México, produciendo metanfetaminas y fentanilo a escala industrial.
Pero les faltaba la pieza clave del rompecabezas: Guanajuato, el corredor perfecto para conectar Jalisco con el Golfo de México.
El Marro estaba en el camino, y la colisión era inevitable.
En 2018, el CJNG llegó a Guanajuato sin pedir permiso, con ejecuciones y advertencias claras.
Guanajuato ahora es del CJNG.
La respuesta del Marro fue inmediata: ejecutó a 15 operadores del CJNG en Celaya, dejando un mensaje claro.
Así comenzó la guerra más sangrienta que México ha visto en la última década.
Los números son devastadores: 2018, 1,890 homicidios en Guanajuato; 2019, 4,000; 2020, 5,500; 2021, 5,400; 2022, 5,600; 2023, 5,800.
Más de 26,000 personas asesinadas en seis años, familias destruidas y comunidades aterrorizadas.
Guanajuato pasó de ser uno de los estados más seguros de México a liderar las estadísticas de violencia nacional, y nadie hizo nada para detenerlo.
La infiltración del CJNG en Guanajuato no fue un ataque aleatorio; fue una estrategia meticulosamente planeada.
Crearon empresas de seguridad privada con nombres legales y contrataron a exmilitares y expolicías con salarios triplicados.
Colocaron a esos guardias en puntos estratégicos, custodiando bodegas de químicos y monitoreando cada movimiento del CSRL.
Los cinco guardias ejecutados en la cancha de Salamanca no eran simples guardias de seguridad; eran los coordinadores logísticos de toda la operación.
El CSRL identificó sus identidades y tomó una decisión brutal: atacar en público para que todo Guanajuato viera el mensaje.
La masacre de Salamanca no fue solo violencia indiscriminada; fue comunicación criminal.
El CJNG envió un mensaje claro: “Nadie ataca al CJNG sin consecuencias devastadoras”.
Guanajuato ya no tiene lugares seguros; solo existen lugares donde la violencia aún no ha llegado.
La historia de Salamanca es un recordatorio escalofriante de lo que sucede cuando el crimen organizado toma el control.
Las familias se hacen una pregunta cada noche: “¿Cuándo le tocará a mi colonia?”.
La guerra en Guanajuato es una realidad que todos deben enfrentar, y la indiferencia solo beneficia a los criminales.
Este es el momento de actuar, de comentar y de compartir.
¿Conocías la verdadera razón detrás de la guerra en Guanajuato?
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La lucha por la verdad continúa, y cada voz cuenta en esta batalla contra la impunidad.