HARFUCH INTERCEPTA AVIÓN PRIVADO de IVAN en RANCHO CLANDESTINO: DECOMISO HISTÓRICO 🥚

El Impactante Decomiso de Harfuch: El Fin del Imperio Aéreo de Iván Archivaldo

 

 

Tres helicópteros de lujo convertidos en chatarra humeante, una pista de aterrizaje fracturada con explosivos controlados, y el elipuerto privado más sofisticado del narcotráfico mexicano reducido a escombros.

Eso es lo que quedó del imperio aéreo de Iván Archivaldo Guzmán Salazar tras un operativo sin precedentes de las fuerzas federales.

Este no fue un golpe cualquiera, sino el final de la capacidad de escape y movilidad de los chapitos, ejecutado días después de la captura de Nemesio Ceguera Cervantes, conocido como el Mencho.

La madrugada del 20 de enero de 2026, los helicópteros Black Hawk aparecieron sobre un rancho en las afueras de Culiacán, Sinaloa.

La caída del Mencho había sacudido el tablero del crimen organizado mexicano, desatando un efecto dominó que afectaría a otras organizaciones criminales.

Los analistas de inteligencia federal habían estado monitoreando la infraestructura logística de los chapitos durante meses.

Entre todas sus propiedades, había un elipuerto privado que no aparecía en ningún registro oficial, pero que seguía operando.

Este no era un elipuerto improvisado; era una instalación sofisticada, con una pista de aterrizaje de concreto y hangares climatizados.

Había sido construido para garantizar que los líderes de la organización pudieran moverse rápidamente y evadir cercos militares.

Iván Archivaldo había invertido millones en esta infraestructura, sabiendo que en el narcotráfico, la movilidad es supervivencia.

Después de la captura del Mencho, los informes de inteligencia indicaban que el elipuerto seguía activo.

Los drones térmicos detectaban movimiento constante, helicópteros despegando y aterrizando con regularidad sospechosa.

Las escuchas telefónicas interceptadas mencionaban planes de contingencia y rutas de escape preparadas por si las autoridades decidían actuar.

La oportunidad que las autoridades estaban esperando llegó en un contexto de reorganización y caos.

No podían permitir que esa infraestructura siguiera funcionando.

El mensaje tenía que ser claro: se acabó la era de los elipuertos privados y la impunidad en el aire.

La decisión fue inmediata; el elipuerto tenía que desaparecer, no solo ser asegurado.

Tenía que ser destruido de tal manera que reconstruirlo fuera imposible.

El despliegue comenzó horas antes del amanecer.

400 elementos de distintas corporaciones federales se movilizaron desde bases militares y puntos de reunión estratégicos.

La Secretaría de Marina aportó equipos de élite entrenados para intervenciones de alto riesgo, mientras que la Guardia Nacional desplegó convoyes blindados.

La Secretaría de Defensa Nacional coordinó el apoyo aéreo con tres helicópteros Black Hawk equipados con artillería ligera.

Desde un centro de mando móvil, se coordinaba cada movimiento con precisión milimétrica.

A las 3:30 de la madrugada, la orden fue dada.

Los Black Hawk avanzaron a baja altura para evitar ser detectados, y los convoyes blindados aceleraron por caminos de terracería.

En cuestión de minutos, el rancho quedó completamente rodeado.

Si pensabas que destruir un elipuerto del narcotráfico es tan simple como llegar y prenderle fuego, te sorprenderá lo que realmente pasó esa madrugada.

Cuando las tropas finalmente entraron al complejo, lo que encontraron superó cualquier estimación previa.

El perímetro exterior fue roto con vehículos blindados que envestieron los muros de concreto reforzado.

El estruendo del impacto despertó a los guardias que dormían en una construcción auxiliar cerca de los hangares.

Varios salieron corriendo con armas largas, pero la superioridad numérica de las fuerzas federales hizo que la resistencia durara menos de lo que toma leer este párrafo.

Hubo un breve intercambio de disparos que iluminó la oscuridad con fogonazos intermitentes.

Los elementos respondieron con precisión quirúrgica, neutralizando las amenazas en menos de 5 minutos.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, lo que vieron confirmó la importancia de ese lugar para la organización.

La pista de aterrizaje era una obra de ingeniería criminal impresionante, con señalizaciones pintadas que imitaban las de aeropuertos comerciales.

Durante la temporada de lluvias, esa pista no se construyó en un fin de semana; representaba meses de trabajo y toneladas de cemento traído discretamente.

Todo para garantizar que los líderes pudieran operar sin depender de aeropuertos oficiales.

Los hangares eran estructuras metálicas de dos pisos con sistemas de climatización industrial.

Dentro del primero encontraron dos helicópteros de lujo, modificados con tecnología no estándar.

Tanques de combustible ampliados permitían vuelos de hasta 4 horas sin necesidad de reabastecerse.

El tercer helicóptero estaba en el segundo hangar, parcialmente desarmado, con herramientas especializadas dispersas sobre mesas de trabajo.

En la torre de control, los equipos de comunicación parecían sacados de una torre de control aeroportuaria real.

Los analistas comenzaron a recopilar información sobre las operaciones aéreas ilegales que habían estado ocurriendo.

La orden de destrucción fue ejecutada con una precisión que dejó claro que esto no era un acto de vandalismo, sino una operación militar calculada.

Cargas explosivas fueron colocadas en puntos estratégicos de la pista de concreto.

La primera explosión iluminó el cielo como un relámpago horizontal.

El estruendo sacudió el aire con tanta fuerza que se sintió a kilómetros de distancia.

Pedazos de concreto salieron volando en todas direcciones mientras la pista se partía en secciones irregulares.

En cuestión de segundos, lo que había sido una superficie perfectamente lisa quedó convertida en un campo de escombros.

Los hangares fueron el siguiente objetivo; rociaron combustibles sobre las estructuras metálicas y las prendieron fuego de manera controlada.

Las llamas se elevaron rápidamente, alimentadas por el aire seco y los materiales inflamables.

Los helicópteros ardieron con un sonido hipnótico, el metal crujiendo mientras se derretía.

En menos de una hora, esas aeronaves quedaron reducidas a chatarra inservible.

La torre de control fue demolida con explosivos colocados en su base.

La explosión fue casi artística en su precisión.

Cuando el sol comenzó a asomarse, el elipuerto había dejado de existir.

Lo que quedaba era un campo de ruinas humeantes que parecía sacado de una zona de guerra.

Las imágenes del operativo comenzaron a circular horas después.

Tomas aéreas mostraban la magnitud de la destrucción desde ángulos que dejaban claro que esto no fue un simple aseguramiento.

Fue un mensaje.

El elipuerto de Iván Archivaldo Guzmán Salazar ha sido completamente destruido.

Esta infraestructura representaba la capacidad de movilidad aérea de los chapitos, permitiéndoles evadir cercos de seguridad.

A partir de hoy, esa capacidad dejó de existir.

Los tres helicópteros asegurados fueron destruidos después de documentar sus modificaciones ilegales.

La pista de aterrizaje fue fracturada con explosivos controlados para asegurar que no pueda ser reparada.

Las preguntas de los periodistas llegaron rápido.

¿Cuántas personas fueron detenidas?

¿Hubo bajas del lado de las fuerzas federales?

Las respuestas fueron medidas, pero contundentes.

Siete personas fueron detenidas en el lugar, incluyendo guardias armados.

No hubo bajas del lado de las fuerzas federales gracias a la precisión del operativo.

La destrucción de este elipuerto elimina una ventaja estratégica que los chapitos habían mantenido durante años.

Sin esta infraestructura, su capacidad de respuesta rápida queda severamente limitada.

Y sí, este operativo está directamente relacionado con la captura reciente de Nemesio.

Tras su caída, detectamos un aumento en la actividad de infraestructuras logísticas de otras organizaciones criminales.

El elipuerto de Iván era una de esas infraestructuras prioritarias.

No podíamos permitir que los chapitos consolidaran ventajas estratégicas mientras el CJNG se reorganizaba.

El mensaje es claro: no importa qué organización seas, si operas fuera de la ley, eventualmente esa infraestructura será destruida.

La honestidad de esas declaraciones contrastaba con el triunfalismo vacío que a veces caracteriza los anuncios gubernamentales.

No se prometió que los chapitos habían sido derrotados para siempre.

Se presentaron hechos.

Se destruyó un elipuerto, se eliminó una capacidad logística y se envió un mensaje.

Los días siguientes trajeron reacciones que confirmaban la magnitud del golpe.

En Culiacán, informantes reportaron reuniones de emergencia entre líderes de los chapitos.

Conversaciones interceptadas mostraban confusión y frustración.

Algunos operadores preguntaban cómo iban a moverse ahora sin el elipuerto.

Otros discutían si valía la pena intentar reconstruirlo o si era mejor aceptar que esa era de movilidad aérea había terminado.

El impacto psicológico era tan importante como el operativo en sí.

Durante años, los líderes del narcotráfico habían operado con la certeza de que si las cosas se ponían difíciles, siempre podían subirse a un helicóptero y desaparecer.

Esa certeza había sido destrozada junto con la pista de concreto.

Ahora, cada movimiento tendría que ser más calculado y más vulnerable a intercepciones.

Y eso se traduciría en errores, en capturas, en desarticulaciones que no habrían sido posibles si el elipuerto siguiera operando.

Los comerciantes y ciudadanos de las zonas afectadas observaban con esperanza y escepticismo.

Algunos pensaban que quizás la pérdida de esa infraestructura debilitaría a la organización.

Otros sabían que los vacíos de poder siempre se llenan.

Pero lo que nadie podía negar era que algo había cambiado.

El elipuerto no era solo concreto y metal, era un símbolo del poder que el narcotráfico había acumulado.

Ahora ese símbolo estaba destruido.

Las imágenes de las llamas consumiendo los helicópteros circulaban como recordatorio de que la impunidad no es permanente.

El legado de Iván Archivaldo Guzmán Salazar, construido con sangre y violencia, podía ser destruido en una sola madrugada.

Eso es lo que un operativo bien coordinado puede lograr.

No la victoria final en la guerra contra el crimen organizado, porque esa guerra no tiene finales definitivos.

Pero sí un golpe significativo que debilita, que desmoraliza y que recuerda a todos los involucrados que el Estado tiene recursos y determinación que ninguna organización criminal puede igualar.

Y eso es exactamente lo que se necesita para seguir avanzando, operativo tras operativo, golpe tras golpe.

Nos vemos en el próximo operativo, en la próxima captura, en el próximo golpe al crimen organizado que cambiará el tablero otra vez.

Porque esto no para, no puede parar.

Mientras haya quienes construyan imperios en las sombras, habrá operativos que los derriben una madrugada cuando menos lo esperan.

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