La Biblia etíope es uno de los tesoros sagrados más enigmáticos y menos comprendidos del mundo.

Es un compendio de escrituras que data de tiempos antiguos, escrito en Ges, una lengua semítica que precede al latín y al griego.
Este conjunto de textos no solo es notable por su antigüedad y tamaño, sino por lo que revela acerca de Jesucristo.
Con más de 80 libros, muchos de los cuales fueron descartados o ignorados por el canon occidental, la Biblia etíope guarda descripciones y visiones que desafían las concepciones tradicionales de Jesús.
Mientras que las traducciones occidentales lo presentan como una figura serena y misericordiosa, las escrituras etíopes ofrecen un retrato mucho más poderoso y divino.
En sus páginas, encontramos a un Jesús revestido de luz, con ojos que arden como llamas y una voz que hace temblar la tierra.
Esta representación no solo es majestuosa, sino que revela detalles profundamente humanos que permiten contemplar a Jesús como una realidad viva y cercana.
La Biblia etíope es, literalmente, la versión que el mundo ha pasado por alto.
Para entender la profundidad de estas descripciones, es necesario adentrarse en la historia de Etiopía.
La Iglesia ortodoxa etíope Teuajedo es una de las comunidades cristianas más antiguas del planeta, con raíces que se remontan a la reina de Saba.
Según la tradición, su linaje llevó consigo el Arca del Pacto, la presencia divina de Dios, desde Jerusalén hasta Axum, donde se cree que permanece hasta hoy.
Cuando el cristianismo comenzó a expandirse, Etiopía no lo adoptó como algo ajeno; ya tenían lo sagrado impregnado en su identidad.
En el siglo IV, cuando el emperador Esana declaró el cristianismo como religión oficial, la Iglesia etíope ya poseía sus propios manuscritos y su propia comprensión de lo divino.

Por esta razón, la Biblia etíope no es simplemente otra versión, sino un testimonio independiente de la fe antigua.
Conserva libros que los concilios occidentales eliminaron, como Enoc y la Ascensión de Isaías, que narran la misión cósmica de Cristo de maneras olvidadas por el cristianismo moderno.
En el libro de Enoc, Jesús no es mencionado por su nombre, sino por sus títulos: el Hijo del Hombre, el Elegido, el Juez Justo.
Cuando Enoc es transportado al cielo, relata haber visto a un ser cuya apariencia humana rebosaba gracia, pero con un resplandor tan intenso que resultaba casi imposible sostener la mirada.
Enoc contempla al Hijo del Hombre sentado sobre un trono de gloria, rodeado de ríos de fuego, mientras los libros del juicio son abiertos delante de él.
Esta revelación, escrita hace milenios, coincide casi palabra por palabra con el Apocalipsis, mucho antes de que Juan escribiera su visión en Patmos.
Por eso, muchos sabios etíopes creen que Enoc no solo ofrece una profecía, sino una predicción auténtica de la llegada de Jesús y su verdadera naturaleza.
No solo un carpintero en senderos polvorientos, sino un ser eterno, la luz mediante la cual todo fue hecho.
El libro etíope de la Alianza, un antiguo texto que aún forma parte de las lecturas de los sacerdotes, contiene palabras atribuidas a Jesús que no figuran en ninguna versión occidental.
Él declara a sus discípulos: “No sois hijos del polvo, sino hijos de la luz. La chispa que encendió las estrellas está en vosotros”.
Esta frase encierra una verdad revolucionaria, presentando la salvación no como un cumplimiento rígido de normas, sino como el despertar de la conciencia divina latente en cada ser humano.
Estos escritos ven a Jesús no solo como el redentor de la humanidad, sino como el revelador de nuestra verdadera esencia espiritual.
En el mismo manuscrito, Jesús advierte: “Harán una imagen de mí y la adorarán, pero no reconocerán mi verdadero rostro, porque mi rostro es luz y la luz es amor”.
Este anuncio suena profético, ya que siglos más tarde, su figura fue transformada en arte que moldeó la imagen que el mundo tendría de Dios.
La versión etíope insinúa que la humanidad olvidaría cómo era realmente, al perder el significado auténtico de la luz divina.
Otro texto preservado en la Biblia etíope es la Ascensión de Isaías, un relato impresionante donde el profeta es llevado a través de los siete cielos y contempla el misterio de la encarnación del Hijo.
Isaías observa al amado rodeado de ángeles, cuya gloria ilumina todos los reinos celestiales.
Luego contempla cómo ese ser eterno desciende, desprendiéndose de su esplendor, hasta adoptar la forma de un hombre.
Quizás esta sea la descripción más profunda de la entrada de Jesús al mundo jamás escrita.
El texto afirma que se transformó hasta ser como uno de ellos, aunque la luz permanecía en él.
Nadie sabía quién era, excepto el Padre y el Espíritu.
Es una forma poética de explicar cómo Dios pudo hacerse humano sin renunciar a su naturaleza divina.
Este documento es anterior al Concilio de Nicea, lo que significa que la Iglesia etíope adoptó la doctrina de la divinidad de Jesús desde los primeros siglos del cristianismo.
Cuando Isaías pregunta por qué un ser tan glorioso descendería para sufrir entre los hombres, el ángel responde: “Para romper las cadenas de los que están presos en la carne, para despertar a los que duermen en la oscuridad”.
Es el mismo mensaje que Jesús proclamaría siglos después en el Evangelio de Lucas: “El reino de Dios está dentro de vosotros”.
Pero aquí aparece expresado mucho antes, ofreciendo una explicación cósmica del propósito de su misión.
¿Por qué estos textos quedaron fuera de la Biblia occidental?
La respuesta es incómoda.
Cuando el Concilio de Nicea y los concilios posteriores decidieron qué libros integrar al canon, buscaban una doctrina que unificara y respaldara la autoridad de la Iglesia.
Escritos como Enoc y la Ascensión de Isaías mostraban una relación directa con Dios, sin intermediarios ni instituciones religiosas.
Enseñaban que la chispa divina habitaba en cada persona y que Dios podía hablar directamente al corazón humano.
Para el sistema eclesiástico, eso resultaba peligroso.
Por ello, fueron etiquetados como apócrifos y excluidos.
Pero en las montañas remotas de Etiopía, lejos de la influencia romana, los monjes conservaron estos textos, copiando cada palabra a mano durante generaciones.
La Biblia etíope funciona hoy como una cápsula del tiempo, un testimonio intacto de lo que los primeros cristianos creían realmente.
Un museo viviente de conocimiento sagrado, preservado sin siglos de ediciones políticas.
La imagen etíope de Jesús es poder y ternura.
Si ingresas a una iglesia en Axum, encontrarás murales donde Jesús no aparece pálido ni distante.
Está representado con color, vida y calidez.
Sus ojos son grandes y compasivos, y sus túnicas resplandecen en tonos rojos y dorados.
Los artistas no estaban inventando una figura imaginaria; estaban pintando lo que leían en sus manuscritos.
La figura de Jesús en la Biblia etíope es la luz que toma forma, la verdad que se vuelve aliento.
Y en esa visión aparece la revelación más profunda de todas.
Conocerlo no es pertenecer a una religión, es recordar quién eres realmente.
La chispa que formó las estrellas está dentro de ti.
El mensaje de Jesús nunca buscó que escapáramos del mundo, sino que lo ilumináramos.
La Biblia etíope presenta un Jesús inmensamente más vasto de lo que nos enseñaron por siglos.
No un cordero débil, sino una corriente viva de poder divino que fluye a través de toda la creación.
Es un ser de luz, sabiduría y energía que no vino a fundar una institución, sino a restaurar una verdad primordial que la humanidad había dejado dormida.
La historia de la Biblia etíope es un recordatorio de que la divinidad no está lejos, sino dentro de cada uno de nosotros, esperando ser recordada.