La guerra en prisión: “El Marro” y el cerco militar que lo acecha

La mañana del lunes 29 de enero de 2026, un operativo sin precedentes tuvo lugar en el Centro de Readaptación Social de Máxima Seguridad de Guanajuato.

 

 

80 soldados de élite, armados y preparados para cualquier eventualidad, se movilizaron en respuesta a un ataque que casi le costó la vida al secretario de seguridad, Omar García Harfuch.

Lo que ocurrió no fue una simple requisa; fue un mensaje contundente del gobierno federal al crimen organizado.

Nadie, absolutamente nadie, puede dirigir una guerra desde una celda y esperar salir ileso.

José Antonio Yepez Ortiz, conocido como “El Marro”, había despertado ese lunes creyendo que su red de comunicación seguía intacta.

Estaba convencido de que sus órdenes para emboscar a Harfuch estaban en marcha y que su dinero lo mantenía intocable en su fortaleza de concreto.

Sin embargo, lo que no sabía es que 80 sombras vestidas de negro estaban ya en el estacionamiento del penal, listas para actuar.

Con fusiles FX0 y granadas aturdidoras, los soldados tenían una misión clara: neutralizar y aislar a “El Marro” sin piedad.

Mientras millones de mexicanos se preparaban para comenzar una nueva semana, el destino de uno de los capos más temidos del país estaba a punto de cambiar drásticamente.

La madrugada del ataque, un convoy federal que transportaba a Harfuch fue interceptado por más de 40 sicarios armados hasta los dientes.

El ataque fue brutal y coordinado, diseñado para no dejar sobrevivientes.

Los sicarios eligieron un punto estratégico en la carretera, donde sabían que las patrullas locales no podían llegar a tiempo.

Con vehículos bloqueando el camino, el ataque se llevó a cabo con una ferocidad que sorprendió a los federales.

A pesar de la emboscada, el convoy repelió la agresión, gracias a la preparación de los escoltas federales.

El intercambio de disparos duró casi 20 minutos, resultando en 14 sicarios abatidos y varios detenidos.

Mientras tanto, los equipos de inteligencia comenzaron a rastrear el origen de la orden del ataque, que los llevó a una celda de 2 por 3 metros en el penal.

El Marro había ordenado el ataque desde prisión, desafiando todas las expectativas sobre la seguridad penitenciaria.

Desde su celda, había construido una red de comunicación clandestina que le permitía seguir operando como si estuviera en la calle.

Con guardias sobornados y tecnología contrabandeada, “El Marro” había convertido su celda en un centro de comando.

Cuando Harfuch se recuperó de su emboscada, decidió que era hora de enviar un mensaje claro al crimen organizado.

Convocó una reunión de emergencia con altos mandos de seguridad y, en menos de 40 minutos, se preparó un operativo de neutralización.

A las 7:30 am, los soldados de las fuerzas especiales del Ejército Mexicano se dirigieron al penal con un objetivo claro: capturar a “El Marro”.

El operativo, llamado Protocolo Silencio, se ejecutó con una precisión impresionante.

Sin disparos ni negociaciones, los soldados ingresaron al penal y comenzaron a asegurar el área.

Los guardias, muchos de ellos en la nómina de “El Marro”, se dieron cuenta de que algo había cambiado.

Los soldados, vestidos de negro y con la mirada decidida, avanzaron hacia el módulo de máxima seguridad.

El director del penal, despertado de urgencia, no hizo preguntas y permitió el ingreso de los soldados.

Desde ese momento, el penal se convirtió en una isla electromagnética, donde ninguna comunicación podía entrar o salir.

Los bloqueadores de señal cellular impidieron que “El Marro” se comunicara con el exterior.

Mientras tanto, en la celda 47, “El Marro” escuchó los pasos acercándose y corrió hacia un escondite detrás del sanitario.

Intentó encender un teléfono satelital, pero no pudo.

Lo que siguió fue un operativo relámpago que desmanteló su red criminal en menos de cinco minutos.

Los soldados entraron en su celda, y en cuestión de segundos, “El Marro” fue sometido, esposado y trasladado a una unidad de máxima contención.

Este operativo dejó atónitos a los analistas de seguridad, no solo por su rapidez, sino por la efectividad con la que se ejecutó.

Pero el verdadero impacto del operativo fue lo que se descubrió después.

En la celda de “El Marro”, los forenses encontraron radios de onda corta, teléfonos desechables y una libreta con instrucciones detalladas para emboscar a Harfuch.

La evidencia apuntaba a que “El Marro” había estado operando desde prisión, desafiando las leyes y la seguridad del sistema penitenciario.

La captura de “El Marro” no solo significó el fin de un reinado criminal, sino también un mensaje claro al resto del crimen organizado.

Las reacciones no se hicieron esperar, y el operativo se volvió viral en redes sociales.

Mientras algunos aplaudían la mano dura del gobierno, otros cuestionaban la legalidad del uso de fuerzas militares en un penal civil.

Sin embargo, el impacto del operativo fue tal que en las siguientes 48 horas se registró un aumento en la destrucción de teléfonos celulares ilegales en las cárceles.

El mensaje de Harfuch llegó más claro que cualquier reforma penitenciaria.

La guerra contra el crimen organizado en México no ha terminado, pero este operativo marcó un hito en la lucha por recuperar el control.

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