LA TORTILLERA QUE HIZO JUSTICIA EN CHIMALHUACÁN: el día que 13 sicarios del CJNG comieron su última. 🥚

En la colonia El Barrio Alto de Chimalhuacán, Rosaura Méndez Galván nunca imaginó que su vida cambiaría de manera tan drástica.

 

 

Con manos callosas de hacer tortillas al comal y una mirada que reflejaba la lucha diaria, Rosaura parecía ser solo otra mujer más del barrio.

Sin embargo, había algo en su forma de observar a ciertos clientes que delataba una historia oculta.

El 14 de febrero de 2023, 13 hombres del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) entraron en su tortillería pidiendo órdenes para llevar, pero ninguno salió caminando.

Lo que sucedió esa tarde se convirtió en leyenda, un relato que los vecinos contarían en voz baja, conscientes de que la justicia puede llegar de formas inesperadas.

Si quieres saber cómo una mujer del barrio logró lo que ni la policía ni los grupos rivales pudieron hacer, sigue leyendo.

Chimalhuacán es un lugar donde las calles de tierra se entrelazan con avenidas asfaltadas, y donde el miedo se siente en el aire.

La tortillería de Rosaura estaba situada en una zona de frontera invisible, un negocio pequeño que heredó de su madre, doña Catalina, quien había fallecido dejando solo deudas.

Desde entonces, Rosaura se levantaba a las 4 de la mañana para preparar la masa y recibir a los primeros clientes.

Al principio, su negocio era honesto, pero la llegada del CJNG cambió todo.

En septiembre de 2021, Rosaura comenzó a notar cambios.

Camionetas polarizadas vigilaban su tortillería y hombres armados comenzaron a hacer preguntas.

El primer contacto llegó en octubre, cuando dos jóvenes del cártel entraron a su negocio a exigir un pago por “cobro de piso”.

Rosaura, con una mirada de determinación, se negó a ceder.

A pesar de las amenazas, ella mantuvo su postura firme.

Los siguientes meses fueron una negociación tensa, donde el CJNG aceptó un pago semanal, pero dejó claro que el precio aumentaría.

A finales de enero de 2023, la situación de su hijo Carlos Alberto se volvió crítica.

Después de negarse a colaborar con el cártel, Carlos fue golpeado y amenazado.

Rosaura, al escuchar su relato, supo que debía actuar.

Una decisión se gestaba en su interior.

Durante la primera semana de febrero, Rosaura comenzó a comprar veneno, raticida y cianuro, con la intención de hacer justicia por su hijo.

El 14 de febrero, cuando los sicarios regresaron a su tortillería, Rosaura preparó tortillas envenenadas.

Con cada masa que manipulaba, sabía que estaba cocinando la venganza.

Cuando los hombres del CJNG llegaron a recoger su pedido, Rosaura les entregó las tortillas con una sonrisa, sabiendo que era su última comida.

El resultado fue devastador: 13 hombres murieron envenenados, y la noticia corrió como pólvora por el barrio.

La fiscalía inició una investigación, pero no había pruebas que incriminaran a Rosaura.

Los cuerpos fueron analizados, pero no se encontró evidencia en su tortillería.

Rosaura había sido cuidadosa, y la policía no pudo sostener un caso en su contra.

La noticia de la masacre de los sicarios del CJNG la convirtió en una figura de respeto en el barrio.

Los vecinos, que antes vivían con miedo, ahora veían a Rosaura como una heroína.

A pesar de la tragedia, la tortillería de Rosaura prosperó.

Los clientes comenzaron a llegar con más frecuencia, y el ambiente en el barrio cambió.

Sin embargo, Rosaura sabía que la calma era frágil.

Dos meses después, la fiscalía cerró el caso por falta de pruebas concluyentes.

Rosaura regresó a su negocio, pero con un nuevo aire de respeto.

La vida continuó, pero el eco de lo que había hecho la perseguía.

Un día, una mujer llamada Verónica, novia de uno de los hombres muertos, llegó a la tortillería buscando respuestas.

Rosaura, con valentía, le explicó que ella solo vendía tortillas.

Verónica, sin embargo, no se rindió y comenzó a investigar por su cuenta.

El barrio se convirtió en un lugar donde la historia de Rosaura se contaba como una advertencia.

A pesar de todo, Rosaura se dio cuenta de que había cruzado una línea de no retorno.

La tortillería seguía siendo su refugio, pero ahora también era un símbolo de resistencia.

La vida en Chimalhuacán continuaba, pero las cicatrices de la violencia permanecían.

Rosaura entendió que, aunque la justicia a veces llega de formas inesperadas, el costo de esa justicia puede ser alto.

Hoy, su historia se cuenta en cada esquina del barrio, recordando a todos que, a veces, la venganza puede ser la única respuesta.

¿Tú qué harías en su lugar?

La historia de Rosaura nos enseña que la lucha por la supervivencia a menudo lleva a decisiones difíciles, y que la justicia puede encontrarse en los lugares más oscuros.

Así es la vida en Chimalhuacán, donde el temor y la valentía coexisten en un delicado equilibrio.

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