En febrero de 2009, el secuestro de Carolina y Cyntia Zuluaga en Cali, Colombia, capturó la atención de los medios y del público.
Semanas después, la liberación de Cyntia, ciudadana colombo-estadounidense, y posteriormente de Carolina, se convirtió en un acontecimiento noticioso de gran relevancia.
Hoy, en la cárcel de Hamundí, a aproximadamente una hora de Cali, nos encontramos con Óscar Albeiro Bados Peñaranda, condenado por el secuestro de estas dos jóvenes.
Óscar, gracias por estar con nosotros.
Gracias a ti, R, por la invitación.
¿Qué tiempo llevas ya en prisión?
Estoy a punto de cumplir 17 años privado de libertad.
Estás condenado a casi 49 años.
¿Cómo comenzó todo esto? Desde mi juventud, a los 15 o 16 años, empecé a relacionarme con personas influyentes en mi pueblo, en el norte del Valle.
Me involucré con gente poderosa, hasta que empecé a formar parte de su círculo.
Cuando dices “cosas”, ¿a qué te refieres? Comenzaba haciendo mandados, lavando carros, cuidando caballos, y así fui ganando confianza.
Con el tiempo, me acerqué a quienes eran los más poderosos.

La mayoría de ellos eran figuras temidas en el norte del Valle.
Como muchos colombianos saben, esta región fue famosa por sus conflictos.
Y así, comenzaste a hacer cosas más serias, ¿cierto?
Sí, empecé a cobrar deudas.
¿Cómo funcionaba eso? Primero llegaba con buenas palabras.
“Señor, usted debe dinero, necesitamos que lo pague”, decía.
Si no pagaban, informaba a mis superiores.
Entonces, otros se encargaban de cobrar de una manera más directa.
¿Y así fue como creciste en este mundo?
Así fue, hasta que me mudé a Bogotá con un hombre influyente.
Comencé como su escolta, ganando su confianza debido a mi familia conocida.
En 2007, me enviaron a Cali para investigar a una mujer llamada Pilar, esposa de un hombre fallecido que debía una gran suma de dinero.
¿Cuánto debía? Entre 2,500 y 3,000 millones de pesos.
Entonces, decidimos contactar a Pilar para que firmara los traspasos de propiedades.
¿Y qué propiedades eran? Dos locales, un apartamento y una discoteca.
Pilar aceptó reunirse en una notaría, pero al llegar, se mostró nerviosa y comenzó a llorar.
Eso fue el inicio de un plan que se tornó oscuro.
La llevé con nosotros, y, aunque inicialmente todo parecía controlado, las cosas se complicaron.
A finales de 2008, recibí la orden de cobrar la deuda.
Bajé a Cali y me reuní con un hombre que estaba encargado de la operación.
Desafortunadamente, ese hombre fue asesinado.
Fue entonces cuando decidimos secuestrar a las hijas de Pilar, Cyntia y Carolina.
La excusa era la venta de la discoteca.
El día de la reunión, las recogieron en un taxi y las llevaron a un barrio de Cali.
Yo no estuve presente en el momento del secuestro, pero cuando me informaron que estaban en nuestro poder, sentí una mezcla de adrenalina y miedo.
Las mantuvimos en un lugar preparado, y al principio, lloraban mucho.
Para mantenerlas tranquilas, les dábamos un sedante mezclado con su comida.
Con el tiempo, comencé a sentir un profundo sentimiento de culpa.
Decidí liberar a Carolina, pero Cyntia se mostraba agresiva.
Una mañana, mientras preparaba café, escuché un alboroto.
Cyntia intentó escapar y tuve que controlarla.
Era una situación tensa y peligrosa.
A pesar de todo, desarrollé un extraño vínculo con Carolina.
Ella me pedía cosas, y yo le traía lo que necesitaba.
¿Te enamoraste de ella?
No diría enamoramiento, pero sí había un sentimiento.
Con el tiempo, la situación se volvió insostenible.
Un día decidí que tenía que liberar a Carolina.
Sin embargo, cuando intenté hacerlo, ella se negó a salir sin su hermana.
Fue un momento decisivo.
Finalmente, decidí entregarme a la justicia.
El día de mi entrega, me sentí aliviado.
Ahora, después de 17 años en prisión, reflexiono sobre mis acciones.
He aprendido que el daño que causé es irreparable.
Perdí a mi madre y no pude estar con ella en sus últimos días.
Mis experiencias en prisión me han enseñado a ser una mejor persona.
Quiero pedir perdón a las familias de Cyntia y Carolina.
Entiendo que el camino hacia la redención es largo, pero estoy decidido a cambiar.
Cuando salga de aquí, seré una persona renovada.
Mi hija ya tiene 18 años y espero poder verla pronto.
Gracias por compartir tu historia, Óscar.
A través de relatos como el tuyo, otros pueden aprender y reflexionar sobre las decisiones que toman en la vida.
Nada de esto vale la pena, porque al final, lo que realmente perdemos es invaluable.
La cárcel es un lugar de aprendizaje, y estoy aquí para aprovechar esta segunda oportunidad.