SICARIOS de IVAN se PLANTAN en la MANSIÓN de HARFUCH tras la MUERTE de IVAN 🥚

La madrugada del 17 de enero de 2026, un evento sin precedentes sacudió las calles de la Ciudad de México.

 

 

Un convoy de 40 camionetas blindadas y 60 sicarios armados hasta los dientes se dirigió a la mansión de Omar García Harfuch.

Lo que ocurrió esa noche cambió las reglas del juego en el crimen organizado en México.

Los chapitos, liderados por los hermanos de Iván Archivaldo Guzmán, cruzaron una línea que nunca antes había sido cruzada.

Este ataque se llevó a cabo frente a las cámaras de seguridad en una de las zonas más vigiladas del país.

Te contaré cada detalle de esa noche, desde el primer disparo al aire hasta el último sicario huyendo entre las sombras.

Todo comenzó 48 horas antes, cuando la noticia de la muerte de Iván, el principal líder de los chapitos, se propagó como pólvora.

El operativo federal que lo neutralizó fue ejecutado con precisión quirúrgica por Harfuch, quien había prometido no dar tregua a los criminales.

La noticia fue recibida con furia en los círculos del narcotráfico.

En menos de 24 horas, un convoy se formó en las afueras de Culiacán, compuesto por pickups modificadas y camionetas suburbanas.

Cada vehículo estaba cargado de hombres armados con rifles AR15, AK47 y armas de alto calibre, listos para enviar un mensaje al gobierno.

El destino era claro: la mansión de Harfuch en Lomas de Chapultepec.

A medida que el convoy avanzaba, la tensión aumentaba.

Eran las 3:47 de la mañana cuando el primer vehículo apareció en la calle principal,

y los sensores de seguridad de la mansión lo detectaron de inmediato.

En cuestión de minutos, la calle estaba bloqueada por un muro de metal y vidrios polarizados.

Los escoltas de Harfuch activaron el protocolo de emergencia,

y las luces rojas comenzaron a parpadear en el interior de la mansión.

Los sicarios, armados y decididos, comenzaron a gritar amenazas,

exigiendo que Harfuch saliera.

Los vecinos, aterrorizados por el ruido, no se atrevieron a asomarse.

Algunos llamaron al 911, pero las líneas estaban saturadas.

La policía local recibió órdenes de no intervenir hasta que llegaran refuerzos federales.

Los sicarios comenzaron a desplegar su arsenal, usando sus vehículos como escudos.

Los drones de vigilancia despegaron, buscando puntos ciegos en la seguridad de la mansión.

En ese momento, el caos se transformó en un espectáculo de fuerza diseñado para aterrorizar.

Los disparos rasgaron el silencio de la noche, pero no estaban dirigidos a las ventanas.

Eran disparos al aire, una intimidación pura.

El olor a pólvora llenó el aire, y el eco de las balas resonaba en el vecindario.

Mientras tanto, dentro de la mansión, Harfuch se encontraba en su cuarto de seguridad,

ya preparado para coordinar la respuesta.

Sus escoltas, muchos de ellos provenientes de fuerzas especiales, tomaron posiciones defensivas rápidamente.

La primera llamada fue a la Guardia Nacional, la segunda a la Marina, y la tercera al secretario de defensa nacional.

El mensaje era claro: amenaza confirmada, se requiere respuesta inmediata.

Los helicópteros comenzaron a despegar, y las fuerzas de seguridad se movilizaron.

A las 4:12 de la mañana, el primer helicóptero apareció, iluminando la escena con sus reflectores.

La voz metálica del piloto advirtió a los sicarios que estaban rodeados.

Sin embargo, la respuesta fue una ráfaga de disparos hacia el cielo.

Los sicarios, que antes parecían confiados, comenzaron a intercambiar miradas nerviosas.

El helicóptero significaba que ya no estaban solos; las fuerzas federales habían llegado.

A las 4:52 de la madrugada, los sicarios tomaron la decisión de retirarse.

No fue una retirada ordenada, sino un desbande controlado.

Algunos vehículos lograron perderse en el laberinto de calles de Polanco,

mientras que otros fueron detenidos en retenes improvisados.

El saldo preliminar fue contundente: 18 sicarios detenidos y más de 30 armas largas aseguradas.

La operación de contención estaba prácticamente cerrada para las 6 de la mañana.

La mansión de Harfuch quedó intacta, con algunos impactos de bala en los muros exteriores.

Sin embargo, el mensaje que los chapitos querían enviar se les revirtió por completo.

En lugar de demostrar su poder, mostraron sus límites.

Harfuch, al aparecer públicamente esa misma tarde, declaró que el ataque era un acto desesperado de una organización criminal en descomposición.

Su frase se volvió viral: “No hay poder en este país que esté por encima del Estado mexicano”.

Mientras los chapitos intentaban demostrar su fuerza,

la realidad es que su ataque había fracasado, y las repercusiones comenzaban a desplegarse.

La guerra contra el narcotráfico en México no termina aquí;

los chapitos buscarán venganza, y el gobierno intensificará su respuesta.

El ataque a la mansión de Harfuch marcó un antes y un después en la historia del crimen organizado en México.

La pregunta ahora es: ¿qué vendrá después?

Las consecuencias de esa noche aún están por verse, y el futuro del narcotráfico en México se encuentra en un punto crítico.

La batalla apenas ha comenzado.

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