Yeison Jiménez, el querido cantautor colombiano, dejó un vacío irreparable en el corazón de sus seguidores y de su familia.
Su padre, Orlando Jiménez Aristizábal, rompió el silencio con un conmovedor relato que ha dejado al mundo en shock.
“Antes de perder a Jason, no tuve una visión ni un sueño.
Tuve algo peor, una sensación constante de peligro”, confesó Orlando, revelando la angustia que lo acompañó en los últimos meses de vida de su hijo.
La historia de Jason no es solo una tragedia, sino un recordatorio de las advertencias que a menudo ignoramos.
A los 34 años, Yeison había construido una carrera llena de sacrificio y amor por la música, pero también enfrentaba un oscuro presentimiento.
“Desde hacía meses, algo no encajaba”, recordó su padre.
Jason compartía con él sus inquietudes sobre sueños recurrentes de aviones y caídas, pero siempre minimizaba su significado.
Sin embargo, Orlando podía ver en sus ojos que había algo más.
Cada vez que su hijo salía de viaje, el corazón de Orlando se llenaba de inquietud.
“Sentía un peso en el pecho que no sabía explicar”, dijo, reflejando el dolor que lo consumía.
El día del accidente, Jason salió a trabajar como siempre, comprometido y apasionado por su carrera.
Nunca imaginó que ese sería su último viaje.
“Cuando me avisaron del accidente, sentí que me arrancaban una parte del alma”, confesó Orlando, con lágrimas en los ojos.
El tiempo se detuvo para él, y la vida perdió todo sentido.
Jason era más que un cantante; era un hijo que siempre llamaba antes de volar.
Su madurez al hablar sobre la muerte ahora estremece a su padre.
“Tal vez él sabía algo que nosotros no queríamos aceptar”, reflexionó.
Orlando vive con una ausencia que no se llena, con un dolor inexplicable y una pregunta que lo atormenta: “¿Y si ese presentimiento no era solo miedo?”.
Las investigaciones sobre el accidente están en curso, pero como padre, hay cosas que no necesitan pruebas.
“En mi corazón quedó la certeza de que algo lo estaba preparando”, afirmó.
Desde joven, Jason comprendió que la música popular no era solo melodía, sino una forma de contar verdades.
Su gente se veía reflejada en sus canciones, en esa voz quebrada que no fingía fuerza.
“Muchos me decían que Jason era distinto, y tenían razón”, dijo su padre.
Tenía carácter, valentía y una forma frontal de enfrentar la vida.
No salía a impresionar; salía a dejar algo de sí mismo en cada presentación.
Orlando recordó cuando su hijo llenó el Campín, un momento que cambió la historia de la música popular en Colombia.
Ese día, Jason le miró con orgullo y le dijo que había valido la pena cada desvelo y sacrificio.
Sin embargo, el éxito no le quitó el peso de la vida.
Vivía entre aeropuertos, conciertos y proyectos, creando sin descanso.
A veces regresaba agotado y se sentaba a conversar con su padre, buscando paz.
“Me decía que la fama no lo hacía invencible; había noches en las que el miedo lo acompañaba en silencio”, compartió Orlando.
El día que se fue, todo pasó demasiado rápido.
Mientras el país trataba de entender lo ocurrido, Orlando se quedó atrapado en recuerdos de su hijo.
La tarde cayó, y con ella llegó una oscuridad que no solo era del cielo, sino del alma de miles que crecieron escuchando sus canciones.
Jason se fue dejando melodías que hoy duelen distinto, letras que parecen despedidas y recuerdos que el tiempo no podrá borrar.
“Mi hijo nació del pueblo y llegó a lo más alto sin traicionarse”, dijo su padre, con orgullo y tristeza.
Su voz se apagó de manera inesperada, pero su historia sigue viva en cada persona que encontró consuelo en su música.
Con el paso de las horas, Orlando entendió que todo ocurrió en cuestión de segundos.
Ese viaje que Jason emprendió con la ilusión de seguir cumpliendo sueños terminó de forma abrupta.
“A un padre no le quitan solo a un hijo; le arrancan una parte del alma que jamás vuelve a ser la misma”, reflexionó.
Orlando prefiere recordar a Jason como el hombre disciplinado y apasionado que se abrió camino con trabajo duro.
Nunca necesitó fingir ni ponerse disfraces para ganarse a la gente; su verdad era suficiente.
La música lo habitaba desde niño, no como un pasatiempo, sino como una certeza profunda.
“Lo vi subirse a escenario siendo muy pequeño, pararse frente al público sin miedo”, recordó con nostalgia.
Con los años, Jason se convirtió en un soñador persistente que no se rindió ante las adversidades.
Escribía desde lo que vivía y desde lo que dolía, y por eso su música siempre sonó real.
Hoy, su partida deja un vacío que no se mide en giras ni en números, sino en el silencio que quedó donde antes había esperanza.
Jason dejó un capítulo irrepetible en la música popular, una prueba de que los sueños, incluso cuando se cumplen, pueden doler cuando se apagan demasiado pronto.
Su historia es un legado construido desde abajo con paciencia, esfuerzo y verdad.
Aunque su voz ya no esté presente, sus canciones siguen vivas, recordando que los sueños pueden abrirse camino en los terrenos más difíciles.
A veces, sin saberlo, Jason se estaba despidiendo a su manera.
Horás antes de su partida, estaba haciendo lo que más amaba, entregándose por completo y sonriendo con alegría.
Nada en su mirada anunciaba un final; se veía pleno, agradecido y vivo.
Después de ese momento, todo cambió demasiado rápido, como si la vida se hubiera cerrado sin aviso.
Jason no se detuvo; siguió adelante, fiel a su camino y a su sueño.
Así se fue en movimiento, dejando atrás aplausos que aún resuenan y un vacío que no se llena con explicaciones.
Para muchos, fue solo un instante; para Orlando, fue el momento en que el tiempo se rompió.
Jason dejó su historia escrita en canciones y en la emoción de quienes lo escucharon.
Aunque su partida fue repentina, su amor por la música quedó sembrado para siempre.
Su legado sigue vivo en cada corazón que alguna vez sintió su voz como propia.