La tía del Rey ha fallecido a los 83 años en Madrid y sus restos serán trasladados a Grecia, donde será enterrada en el cementerio de Tatoi
Hija de Pablo I de Grecia y la Reina Federica –penúltimos reyes de los helenos entre 1947 y 1964–, había sufrido un deterioro de salud en los últimos meses, que ha llevado a Doña Sofía a permanecer a su lado hasta su último aliento

La princesa Irene de Grecia ha fallecido a los 83 años este 15 de enero de 2026 en el Palacio de la Zarzuela, a las 11:40 horas, tras un prolongado deterioro de su estado de salud.
Su muerte pone fin a la vida de una figura discreta pero profundamente influyente en el ámbito íntimo de la Familia Real española y, especialmente, en la vida de su hermana, la reina Sofía, a quien acompañó hasta su último aliento.
Sus restos serán trasladados a Grecia, donde recibirá sepultura en el cementerio real de Tatoi, junto a otros miembros de la familia helena.
Conocida cariñosamente como “la tía Pecu” por sus sobrinos, Irene de Grecia era mucho más que una princesa sin trono.
Fue confidente, aliada y refugio emocional de la reina Sofía durante décadas marcadas por la presión institucional, los cambios políticos y las dificultades personales.
En los últimos días, ante el empeoramiento de su salud, Doña Sofía aplazó todos sus compromisos oficiales para permanecer a su lado “hasta el último momento”, según fuentes de la Casa del Rey, que subrayan el profundo pesar de toda la familia por la pérdida de “una persona muy querida y dedicada a ayudar a los más necesitados a través de sus proyectos solidarios”.

Irene de Grecia y Dinamarca nació el 11 de mayo de 1942 en Ciudad del Cabo, en pleno exilio de la Familia Real griega.
Hija del rey Pablo I y de la reina Federica, llegó al mundo lejos de su país debido a la huida precipitada de la familia durante la Segunda Guerra Mundial.
“Al menos Irene nació en un entorno bello”, escribió entonces Federica a su marido en una carta en la que lamentaba que el exilio les arrebatara tiempo juntos.
Ese deseo de retorno y de serenidad quedó simbolizado en su nombre, Irene, que en griego significa “paz”.
Su infancia transcurrió entre la naturaleza africana, la ausencia de su padre y la estrecha unión con su madre y sus hermanos, Constantino y Sofía.
Aquellos primeros años, marcados por la incertidumbre, moldearon un carácter introspectivo y profundamente espiritual.
La periodista y escritora Eva Celada describió su personalidad como la de “alguien especial y una persona profundamente espiritual”, un rasgo que compartió siempre con su hermana Sofía.
Unidas frente a la adversidad, ambas construyeron un vínculo indestructible que se mantuvo intacto hasta el final.

Tras la muerte del rey Pablo en 1964, Irene de Grecia atravesó uno de los momentos más dolorosos de su vida, una experiencia que la llevó directamente a la India.
Allí, en Madrás, fijó su residencia desde 1969, y ese país transformó para siempre su forma de entender la existencia.
“Cuando mi padre murió tuve experiencias espirituales muy fuertes.
Era una gracia de Dios, a pesar de su muerte, tener ese consuelo”, explicó años después.
De esa vivencia nació también su decisión de hacerse vegetariana, compartida con su hermana Sofía: “Pensamos que si Dios puede consolarnos a nosotros en un momento tan grave, ¿por qué nosotras no podíamos dar ese consuelo a los animales y permitirles vivir?”.
Durante una década en la India, Irene se especializó en el estudio comparado de las religiones y profundizó en una espiritualidad abierta y dialogante.
Forjó una estrecha amistad con la familia Gandhi y quedó profundamente impresionada tras conocer a la Madre Teresa de Calcuta, con quien colaboró a partir de 1986.
Ese mismo año fundó Mundo en Armonía, una organización dedicada a la ayuda humanitaria y al diálogo entre culturas, una labor que nunca abandonó.
Para ella, la India era “el lugar idóneo para intentar ser mejor persona”, convencida de que “todos tenemos unas capacidades espirituales, pero en Occidente no las cultivamos”.

La muerte de la reina Federica en 1981 supuso otro golpe devastador.
Irene describía su duelo como “el monzón”, porque “cuando venía no podía parar de llorar… y de repente se va”.
Tras esa pérdida comenzó a pasar largas temporadas en España, hasta instalarse definitivamente en Madrid, en un apartamento contiguo a las estancias privadas de los Reyes en la Zarzuela.
Desde allí se convirtió en la sombra constante de la reina Sofía, su apoyo más fiel en los momentos de mayor carga institucional y familiar.
Durante más de cuarenta años en España, Irene de Grecia se sintió en casa sin dejar de sentirse griega.
Tras la abdicación de Juan Carlos I en 2014 y el paso de la reina Sofía a un segundo plano institucional, su presencia fue aún más constante.
Se las veía juntas en conciertos, exposiciones, misas de Pascua en Palma y viajes privados.
Su discreción, serenidad y lealtad la convirtieron en el principal sostén emocional de la madre de Felipe VI.

Felipe VI y las infantas Elena y Cristina la adoraban.
El apodo de “tía Pecu”, nacido de la palabra “peculiar”, reflejaba su carácter único: un alma libre, profundamente espiritual y con un sentido del humor sutil que desconcertaba a quienes no la conocían bien.
Guardiana de los secretos de la reina Sofía, Irene ayudó a aligerar el peso de los días más difíciles con una presencia silenciosa pero firme.
Con su muerte se apaga una figura esencial en la intimidad de la Familia Real.
Irene de Grecia nunca buscó los focos ni el protagonismo, pero dejó una huella profunda en quienes la rodearon.
Su filosofía de vida, aprendida en gran parte en la India, se resume en una de sus reflexiones más conocidas: “No estamos aquí solo para pasarlo bien.
Estamos en el mundo para aprender algo”.
Creía que el verdadero sentido de la responsabilidad, también en la realeza, era “ayudar a la gente a evolucionar para afrontar lo bueno y lo malo, porque todos los seres humanos somos uno”.
La reina Sofía pierde a su hermana del alma y a su ancla más firme.
Con Irene de Grecia se va una princesa sin reino, pero con una vida dedicada a la paz, la compasión y la lealtad, valores que marcaron cada uno de sus pasos hasta el final.