La Armada portuguesa y agencias internacionales interceptaron en el Atlántico un narcosubmarino que transportaba 1,7 toneladas de cocaína con destino a España.

La madrugada del Atlántico fue testigo de una de las operaciones antidroga más complejas y decisivas de los últimos años.
Un semisumergible cargado con 1,7 toneladas de cocaína, valoradas en más de 60 millones de euros en el mercado europeo, fue interceptado en alta mar cuando se dirigía hacia las costas españolas.
La operación, denominada *El Dorado*, culminó con la detención de sus cuatro tripulantes y la incautación de uno de los cargamentos más significativos detectados en rutas marítimas transatlánticas.
Todo comenzó con una señal casi imperceptible.
En los sistemas del Centro de Análisis y Operaciones Marítimas (MAOC-N), una anomalía llamó la atención de los analistas: una embarcación sin bandera, sin transpondedor activo y sin comunicación por radio, avanzando a baja velocidad a pocos metros bajo la superficie del océano.
En términos navales, era un “fantasma”.
La trayectoria, constante y directa hacia el norte, encajaba con un patrón ya conocido por las unidades de inteligencia: el de los narcosubmarinos utilizados por organizaciones criminales para transportar grandes cantidades de droga desde Sudamérica hasta Europa.
La información fue compartida de inmediato con las agencias internacionales implicadas en la lucha contra el narcotráfico marítimo.
Portugal, España, Estados Unidos y el Reino Unido activaron un protocolo conjunto.
La Armada portuguesa y la Policía Judicial iniciaron un seguimiento discreto, mientras la DEA estadounidense y la Agencia Nacional contra el Crimen británica confirmaban que el semisumergible estaba vinculado a una red transnacional de tráfico de drogas a gran escala.

Durante horas, el artefacto avanzó casi sin dejar rastro.
A bordo viajaban cuatro hombres con formación náutica, conscientes de que el mayor peligro procedía del aire.
Navegaban pegados a la superficie, evitaban los radares y se desplazaban principalmente de noche.
En el interior, las condiciones eran extremas: olor permanente a combustible, ruido constante de motores, reservas mínimas de oxígeno y tanques improvisados.
Todo ello para transportar más de 1.
700 kilos de cocaína perfectamente empaquetada.
El momento decisivo llegó cuando un avión de patrulla marítima de la Fuerza Aérea Portuguesa detectó un leve destello metálico entre las olas.
La señal fue confirmada y, en cuestión de minutos, la operación entró en su fase crítica.
Buques de la Armada portuguesa se aproximaron sigilosamente a las coordenadas marcadas, mientras helicópteros de vigilancia mantenían contacto visual desde el aire.
Lo que emergía y desaparecía con cada ola era inconfundible: una estructura gris, de unos 20 metros de eslora, con una torreta improvisada apenas visible sobre la superficie.
Desde el centro de mando, la orden fue clara: mantener distancia, confirmar visualmente y esperar el momento adecuado para la intercepción.
Cuando los focos del helicóptero iluminaron por completo el casco del semisumergible, la tripulación supo que había sido descubierta.
Intentaron sumergirse, pero el sistema hidráulico falló.
Los motores comenzaron a sobrecalentarse y el agua empezó a filtrarse por los laterales.
El mar embravecido dificultaba cualquier maniobra de escape.
Las unidades navales cerraron el perímetro.
Sirenas de advertencia rompieron el silencio del océano mientras una lancha rápida con un grupo táctico de abordaje se aproximaba al objetivo.
Desde el aire, los pilotos confirmaron que los tripulantes intentaban liberar lastre para ganar profundidad, sin éxito.
En un último intento desesperado, arrojaron parte del cargamento al mar, pero los fardos flotaron apenas unos segundos antes de hundirse entre las olas.
La orden final fue inmediata: intercepción.
Las lanchas rápidas se lanzaron sobre el semisumergible.
El abordaje se resolvió en segundos, entre golpes metálicos, gritos y el rugido de los motores.
Al romper la escotilla principal, los agentes se encontraron con un aire irrespirable, mezcla de diésel, humedad y cocaína prensada.
Dentro, los cuatro tripulantes estaban exhaustos y empapados.
Dos ofrecieron resistencia y fueron reducidos rápidamente; los otros levantaron las manos en silencio, conscientes de que no había escapatoria.
Apilados junto a los depósitos de combustible se encontraban más de mil fardos de cocaína, sellados y marcados con símbolos de distintos carteles sudamericanos.
“Era una bomba logística del narcotráfico”, señalaron los investigadores tras el recuento inicial.
En menos de veinte minutos, el operativo quedó bajo control.
Los detenidos fueron trasladados a una patrullera, mientras buzos militares aseguraban el semisumergible para su remolque hacia puerto seguro.

Durante el regreso, el silencio se apoderó de la cubierta.
Todos sabían lo que significaba aquel cargamento interceptado: toneladas de droga que no llegarían al mercado europeo y un golpe devastador a una red criminal que había invertido millones en la operación.
Dentro del submarino, además de la cocaína, se hallaron planos, sistemas de navegación artesanal y una libreta con coordenadas de otras rutas marítimas, lo que confirmó que no se trataba de un intento aislado, sino de una estructura criminal mucho más amplia.
Los cuatro detenidos, tres sudamericanos y un ciudadano español con experiencia en navegación y vínculos con redes gallegas, habían zarpado semanas antes desde la costa de Colombia con destino final en Galicia.
Allí, el cargamento sería distribuido por distintas organizaciones europeas.
Uno de ellos, el piloto, contaba con antecedentes por narcotráfico en América del Sur y había sido vinculado a operaciones previas.
Cuando el convoy atracó en el puerto de Setúbal, ya amanecía.
Bajo la luz del día, el narcosubmarino quedó expuesto, rodeado de peritos y agentes internacionales.
El contraste era simbólico: una embarcación diseñada para el sigilo absoluto, ahora convertida en prueba irrefutable del alcance del narcotráfico moderno y de la eficacia de la cooperación internacional.
Un oficial resumió el sentimiento general con una frase que quedó registrada en el informe final: “Ellos se ocultaron bajo el mar; nosotros los encontramos al amanecer”.
La operación *El Dorado* cerró con una certeza incuestionable: incluso en el silencio del océano, ninguna sombra logra escapar de la ley.
