Amaya Uranga, histórica voz de Mocedades, ha reconocido a los 78 años errores personales y el coste emocional que acompañó a su éxito internacional.

A los 78 años, Amaya Uranga ha decidido pronunciar en voz alta aquello que durante décadas permaneció en susurros.
La que fuera alma inconfundible de Mocedades, intérprete de himnos como Eres tú, ha admitido públicamente que el éxito tuvo un precio emocional mucho más alto de lo que el público imaginó.
“Sí, cometí errores. Hice daño a gente que quería. Yo también recibí golpes y durante años lo negué todo”, confesó recientemente en una emisora local del País Vasco, en una intervención breve pero cargada de significado.
Nacida en Bilbao en 1947, en el seno de una familia numerosa donde la música era casi un idioma propio, Uranga creció entre armonías corales y disciplina doméstica.
Aquella niña de timbre cálido y carácter reservado encontró en el canto una forma de expresión natural.
Su incorporación al embrión de lo que después sería Mocedades marcó el inicio de una carrera meteórica que alcanzó su cénit en 1973, cuando el grupo representó a España en Eurovisión con “Eres tú”.
El segundo puesto y la proyección internacional transformaron a aquella joven introspectiva en símbolo de una generación.

Sin embargo, tras la euforia colectiva comenzaron las tensiones internas.
Las giras interminables, la presión mediática y el peso de liderar una formación compuesta en parte por familiares generaron fricciones que nunca se resolvieron del todo.
Mientras el público veía armonía, entre bastidores crecían las diferencias artísticas y personales.
“La independencia tiene un coste alto”, reconocería años más tarde, sin entrar en detalles ni señalar responsables.
En 1984, tras casi dos décadas de trayectoria conjunta, Uranga abandonó el grupo.
La decisión provocó un terremoto en la industria musical española.
Para algunos fue una traición; para otros, un acto de coherencia artística.
Ella lo vivió como una necesidad vital.
Inició entonces una carrera en solitario que mostró una faceta más introspectiva y desnuda.
Las canciones hablaban de despedidas, desencanto y búsqueda interior.
Aunque la crítica valoró su valentía, el respaldo comercial nunca alcanzó las dimensiones del fenómeno Mocedades.
La ruptura profesional vino acompañada de un progresivo repliegue personal.
La artista, siempre celosa de su intimidad, optó por reducir su exposición pública.
Durante años evitó entrevistas profundas y rehusó escribir memorias.
“No pienso abrir puertas que me costó la vida cerrar”, llegó a decir cuando se le insinuó una posible reconciliación artística.
Esa frase, pronunciada con serenidad firme, evidenciaba heridas no cicatrizadas.

La década de los ochenta y noventa no fue sencilla.
El panorama musical cambiaba, surgían nuevos estilos y el interés mediático se desplazaba hacia otras figuras.
Hubo episodios de ansiedad que la obligaron a cancelar actuaciones y a apartarse temporalmente de los escenarios.
Personas de su entorno recuerdan que el silencio no era indiferencia, sino autoprotección.
“Cantar me rescató de la muerte, pero también me fue quitando la vida poco a poco”, admitió en una grabación privada que años después compartiría con su círculo más cercano.
El aislamiento voluntario la llevó a instalarse en un entorno rural cercano a Gernika, donde adoptó un estilo de vida discreto.
Lejos del foco mediático, mantuvo viva su relación con la música a través de composiciones íntimas y maquetas domésticas que nunca vieron la luz comercial.
Allí encontró una calma relativa, aunque no exenta de reflexión constante sobre el pasado.
El giro reciente se produjo tras la llegada de una carta extraviada durante décadas, enviada por una persona significativa en su vida y que nunca había recibido.
Aquella misiva, leída muchos años después de haber sido escrita, actuó como detonante emocional.
Desde entonces, Uranga ha comenzado un proceso de apertura que culminó con la grabación casera titulada “Lo que callé”, un trabajo aún inédito donde repasa sus sombras y decisiones.

En la mencionada entrevista radiofónica, al ser preguntada por el sentido de su confesión, respondió con una serenidad que contrastaba con la intensidad de sus palabras: “Estoy harta de silenciar lo que era un secreto a voces”.
Y añadió, en alusión a episodios concretos de su pasado: “Me refiero a lo ocurrido esa noche en el camerino, a las cartas que arrojé al fuego, a mis actos por miedo y a mis omisiones por pura soberbia”.
Tras esa declaración, guardó silencio, como si cada frase hubiera sido medida y largamente meditada.
Hoy, la artista inicia sus días con rutinas sencillas: un paseo, un té caliente y el piano como confidente.
En su casa apenas hay fotografías; una de sus padres, otra de la primera formación del grupo y un marco vacío con una frase manuscrita que resume su filosofía actual: “Lo no dicho pesa”.
Esa sentencia parece condensar el aprendizaje de toda una vida bajo los focos y en la penumbra.
La historia de Amaya Uranga trasciende la de una cantante de éxito.
Es la de una mujer que alcanzó reconocimiento internacional y que, al mismo tiempo, tuvo que enfrentarse a las consecuencias emocionales de sus decisiones.
Su confesión no busca escándalo ni ajuste de cuentas, sino cerrar círculos pendientes.
A sus 78 años, la voz que acompañó a millones ha elegido escucharse a sí misma y, finalmente, pronunciar lo que durante tanto tiempo permaneció en silencio.