Un hombre murió tras recibir varios disparos en la calle Charco de Catarroja después de una discusión con un vecino del mismo edificio.

La mañana en Catarroja había comenzado con normalidad, un día en que los vecinos salían a comprar pan y los niños jugaban en las calles.
Sin embargo, esa tranquilidad se transformó en caos absoluto cuando tres disparos resonaron en la calle Charco, un eco violento que hizo temblar ventanas y corazones.
A las 11:56, el teléfono del 112 comenzó a sonar frenéticamente.
Los operadores escuchaban gritos y frases entrecortadas: “¡Han disparado! Hay un hombre en el suelo. ¡Corred, corred! Creo que lo han matado”.
La confusión era total.
Los primeros agentes de la Guardia Civil que llegaron a la escena encontraron un cuerpo tendido boca arriba, inmóvil, con sangre alrededor de la cabeza.
“Esto parece sacado de una película de violencia extrema”, comentó uno de los agentes al observar las devastadoras heridas en la cabeza de la víctima, compatibles con un disparo de escopeta.
Los sanitarios del Samu solo pudieron confirmar la muerte.
La brutalidad del ataque no dejaba lugar a dudas: había sido un ajuste de cuentas.
La noticia se propagó rápidamente entre los vecinos.
El presunto autor del crimen era un vecino del mismo edificio, alguien con quien la víctima había discutido minutos antes.
“La música fue la chispa que encendió la mecha”, comentaron varios testigos.
Una discusión aparentemente banal se tornó en gritos, insultos y un portazo que marcó la frontera entre la vida y la muerte.
Nadie imaginaba que el atacante regresaría armado.
Tras la discusión, el presunto autor entró en su vivienda, buscó el arma y salió nuevamente con una calma aterradora.
Los disparos sonaron tan rápido que apenas hubo tiempo para reaccionar.
La víctima cayó al instante, y el pánico se apoderó del edificio.
Los vecinos creían que el agresor seguía dentro, posiblemente atrincherado.
“Se escuchaban rumores sobre otros disparos que nunca llegaron”, relató un vecino, quien había bajado las persianas y apagado las luces.

La Guardia Civil, armada y en formación, entró al edificio, pero al inspeccionar la vivienda del sospechoso, la encontraron vacía.
“¿A dónde había ido? ¿Seguiría armado?”, se preguntaban los agentes mientras activaban un operativo de búsqueda inmediata.
Patrullas en carreteras y controles improvisados fueron establecidos.
“El presunto asesino conocía el barrio y podría moverse con facilidad”, advirtieron los agentes.
Horas después, cuando la tensión seguía palpable en el vecindario, ocurrió algo inesperado.
El mismo hombre que había sembrado el terror regresó a la escena del crimen, caminando hacia los agentes sin correr ni ocultarse.
“Acabemos con esto”, murmuró al entregarse.
La sorpresa entre los agentes fue evidente.
¿Por qué había vuelto? ¿Se arrepintió? Nadie tenía respuestas.
La Guardia Civil continuó investigando cada detalle del suceso, tratando de determinar la trayectoria de los disparos y el arma utilizada.
“Esto no es fruto de un arrebato. Esto es ira contenida durante mucho tiempo”, comentó un agente al analizar la escena.
La brutalidad del ataque había dejado a la comunidad en shock.
“Ya no dormiremos igual”, decían los vecinos, quienes ahora miraban a su alrededor con desconfianza.
La autopsia preliminar confirmó que el disparo había sido directo y mortal desde el primer impacto.
“La víctima no tuvo tiempo de defenderse ni de reaccionar”, señalaron los forenses.
La noticia del crimen se propagó rápidamente por Valencia, y los titulares hablaban de un asesinato vecinal.
“Esto no fue por la música, esto era odio acumulado”, resumió uno de los vecinos más antiguos del edificio.

La Guardia Civil, en su informe interno, reconoció que había antecedentes de enfrentamientos entre ambos residentes, aunque nunca se había presentado una denuncia formal.
“Era una tensión silenciosa, normalizada”, afirmaron.
La investigación continuó con el análisis del arma, que fue encontrada en un contenedor cercano.
“¿Por qué habría modificado el número de serie?”, se preguntaron los investigadores.
Cada milímetro del arma fue examinado, buscando confirmar si había sido utilizada en otros delitos.
Mientras tanto, el vecindario intentaba reconstruir su convivencia.
En el portal donde ocurrió el crimen, los vecinos colocaron flores y mensajes de despedida.
“¿Cómo volveremos a dormir sin sobresaltos?”, se preguntaban, mientras la comunidad se unía en el dolor.
La Guardia Civil cerró el atestado con una calificación clara: homicidio doloso con uso de arma de fuego.
El detenido pasó a disposición judicial, donde se decretó prisión provisional sin fianza.
Catarroja nunca olvidará ese día.
El eco de los disparos aún resuena en las paredes, y aunque el caso está en manos de la justicia, la herida moral permanecerá en la memoria de quienes vivieron la tragedia.
“La violencia no necesita proximidad emocional para dejar cicatrices”, reflexionaron los vecinos, conscientes de que cualquier conflicto puede convertirse en tragedia si coincide la persona y la chispa equivocada.
