Kiko, conocido como “El Cabra”, creció en el entorno del contrabando del Estrecho de Gibraltar y se convirtió en uno de los pilotos de narcolanchas más temidos del sur de España.

En el sur de España, las noches a menudo traen consigo más que calma; traen problemas.
En febrero de 2024, el puerto de Barbate se convirtió en el escenario de una tragedia que sacudió a todo el país.
Dos guardias civiles perdieron la vida tras un choque con una narcolancha, y un nombre comenzó a resonar con fuerza: Kiko, conocido como “El Cabra”, un piloto experto vinculado al narcotráfico.
Esta es la historia de cómo cayó y de lo que quedó sin aclarar.
El narcotráfico en España no surgió de la nada; lleva décadas arraigado, especialmente en el sur, donde la geografía y la falta de oportunidades crearon un caldo de cultivo ideal.
El estrecho de Gibraltar no es solo una frontera marítima, sino una autopista natural para el tráfico de drogas.
“Por ahí entra hachís desde Marruecos y cocaína desde rutas más largas”, comentan los expertos.
En este contexto, lugares como La Línea de la Concepción, un municipio marcado por el desempleo y la economía sumergida, se convierten en el escenario cotidiano del contrabando.
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Francisco Javier, más conocido como Kiko, nació y creció en este entorno.
Desde joven, comenzó en labores menores, contrabandeando tabaco desde Gibraltar.
“No había glamour ni grandes riesgos, pero era una puerta abierta a algo más grande”, recuerda.
Con el tiempo, Kiko ascendió en el mundo del narcotráfico, convirtiéndose en piloto de narcolanchas, un rol altamente valorado y bien remunerado.
“Un piloto puede cobrar entre 15,000 y 40,000 euros por viaje, dependiendo del riesgo”, explica un antiguo compañero.
A pesar de su éxito, Kiko no estaba libre de problemas.
Antes de la tragedia de Barbate, ya había sido detenido en varias ocasiones por resistencia a la autoridad y blanqueo de capitales.
En 2023, fue procesado por transportar 40 kg de hachís.
“Siempre he operado en el estrecho, conociendo cada rincón como si fuera mi casa”, afirmaba con seguridad.
La noche del 9 de febrero de 2024 marcó un antes y un después.
El puerto de Barbate estaba lleno de narcolanchas buscando refugio del temporal Carlota.
Las condiciones eran desfavorables para la Guardia Civil, cuyo servicio marítimo estaba prácticamente inoperativo debido a averías en sus patrulleras.
“No era una intervención fácil, estábamos en clara desventaja”, recordó uno de los agentes.
En medio de esta confusión, dos guardias civiles, Miguel Ángel González y David Pérez, salieron a identificar las narcolanchas en una pequeña zodiac.
Durante el operativo, una de las narcolanchas embistió su embarcación.
“El impacto fue brutal, no tuvimos tiempo de reaccionar”, relató un testigo.
Ambos agentes murieron a consecuencia del choque, lo que desató una ola de indignación social.
La presión sobre las autoridades fue inmediata.
“No solo fue un enfrentamiento con narcos, fue un abandono institucional”, se escuchó en las calles.
Kiko, cuyo nombre apareció rápidamente en los informes iniciales, fue señalado como el principal responsable.
“Esa noche estaba en la zona, formaba parte de las redes de narcotráfico”, indicaron fuentes policiales.
Su detención se produjo dentro de un cerco policial que se estableció tras la tragedia, junto a otras siete personas vinculadas al operativo de las narcolanchas.
“Todo apuntaba a que Kiko era el culpable”, comentaban los medios.
Sin embargo, la situación pronto se complicó.
Mientras la investigación avanzaba, Kiko decidió colaborar con la justicia.
“No tenía otra opción”, confesó en una declaración.
Su cooperación resultó clave, ya que los análisis de video y los peritajes revelaron que su lancha no fue la que embistió a la zodiac.
“No fui yo, el responsable es otro piloto”, insistió Kiko, señalando a Karim El Baccali, quien finalmente fue detenido.

A medida que se desmoronaba la narrativa inicial, Kiko y su tripulación fueron exonerados de los cargos más graves relacionados con la muerte de los agentes.
Sin embargo, no salieron completamente limpios, enfrentándose a condenas por contrabando y pertenencia a organización criminal.
“La pena fue de tres años, pero no ingresé en prisión”, explicó Kiko, quien ahora vive con el estigma de haber colaborado con la justicia.
Hoy, Kiko intenta rehacer su vida, pero su nombre sigue generando murmullos.
“La gente no olvida tan fácilmente”, dice.
Vive con miedo y vigilancia constante, consciente de que cualquier paso en falso podría llevarlo de nuevo a prisión.
“No es una libertad plena”, reflexiona.
Aunque los tribunales concluyeron que su lancha no fue la responsable de la tragedia, su figura quedó ligada al suceso desde el primer momento.
La historia de Kiko, “El Cabra”, no es solo la de un piloto de narcolanchas, sino un reflejo de un sistema que falla, de un territorio olvidado y de una tragedia que dejó dos familias rotas y muchas preguntas sin respuesta.
En un entorno donde el narcotráfico es parte del paisaje diario, la lucha contra este fenómeno parece estar lejos de resolverse.