El funeral de Irene de Grecia en Atenas evidenció una clara distancia entre la reina Letizia, sus hijas y las infantas Elena y Cristina, marcada por gestos fríos y ausencia de interacción pública.
El funeral de Irene de Grecia, celebrado este lunes 19 de enero en Atenas, dejó una imagen de solemnidad, recogimiento y también de evidentes distancias dentro de la familia real española y griega.
La despedida de la hermana de la reina emérita Sofía, fallecida el pasado jueves, reunió a varias generaciones de ambas casas reales, pero el acto estuvo cargado de gestos, silencios y decisiones que no pasaron desapercibidas.
Doña Sofía acudió visiblemente afectada para dar el último adiós a su hermana, acompañada por sus hijas, la infanta Elena y la infanta Cristina, así como por varios de sus nietos, entre ellos Victoria Federica, Miguel Urdangarin e Irene Urdangarin.
En un acceso distinto al templo hicieron su entrada el rey Felipe VI, la reina Letizia y sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía, quienes se sentaron junto a la reina emérita siguiendo el protocolo establecido.
Sin embargo, más allá del ceremonial, llamó la atención la ausencia total de interacción pública entre ambos bloques familiares.
No se produjeron saludos visibles, conversaciones ni gestos de cercanía entre la reina Letizia y las infantas Elena y Cristina, ni entre las hijas de los Reyes y sus primas.
La imagen fue interpretada por muchos como una escenificación de una fractura que se arrastra desde hace años y que, una vez más, quedó patente en un acto solemne.

A este clima se sumó la polémica surgida en torno al testamento de Irene de Grecia.
La princesa, que no tuvo hijos, tomó la decisión de excluir del reparto directo de su herencia a la princesa Leonor y a la infanta Sofía, a pesar de que siempre se había hablado de una relación cercana con ellas.
Fuentes cercanas a la familia confirmaron que Irene optó por priorizar vínculos afectivos antes que consideraciones institucionales o protocolarias.
Una parte significativa de su patrimonio fue destinada a su ahijada, Irene Urdangarin, quien se convirtió en una de las figuras más visibles y comentadas del funeral.
También figuran como beneficiarios destacados los hermanos de la fallecida, en un gesto que, según quienes la conocían bien, refleja su manera de entender la familia y la lealtad personal.
“No responde a un desaire, sino a una elección íntima basada en afectos profundos”, señalan personas del entorno de la princesa.
La presencia de Irene Urdangarin fue especialmente simbólica.
La hija de la infanta Cristina portó el collar y la insignia de la Orden del Elefante, la más alta distinción de Dinamarca, que Irene de Grecia ostentaba desde 1964 por su condición de princesa de Grecia y Dinamarca.
Por su parte, Victoria Federica fue la encargada de portar los elementos correspondientes a la Orden femenina de las Santas Olga y Sofía de la Casa Real griega, reforzando la visibilidad de ambas jóvenes en un acto cargado de simbolismo histórico.

El funeral también estuvo marcado por ausencias notables.
El rey Juan Carlos no acudió a la ceremonia, al igual que otros miembros de la familia que sí estuvieron presentes en el funeral del rey Constantino de Grecia, celebrado hace tres años.
Esta ausencia fue interpretada, en algunos círculos, como una decisión deliberada para evitar coincidencias incómodas, especialmente tras la publicación de memorias que afectaron seriamente a la imagen de la institución y de la reina Letizia.
Durante la ceremonia, la disposición de los asientos volvió a ser objeto de análisis.
Doña Sofía permaneció sentada junto a la reina Letizia y la princesa Leonor, mientras el rey Felipe VI se situó a su lado, mostrándose cercano a su madre en todo momento.
Las infantas Elena y Cristina, sin embargo, se sentaron en un extremo distinto, alejadas del núcleo de los Reyes.
Observadores destacaron la aparente incomodidad de la infanta Sofía, sentada junto a su tía Cristina, sin que se produjera ningún intercambio de palabras visible.

Pese a esta imagen de frialdad durante el funeral, horas más tarde se produjo una escena diferente.
Tras aterrizar en Atenas, los Reyes y su hija acudieron a un restaurante italiano donde coincidieron con doña Sofía, la infanta Elena, la infanta Cristina, Victoria Federica, Irene Urdangarin y otros miembros de la familia, incluidos Pablo y Miguel Urdangarin.
También asistieron representantes de la familia real griega, como Nicolás, Pablo, Alexia y Teodora, junto a su madre, Ana María de Grecia.
Este encuentro privado mostró una convivencia más relajada, aunque sin borrar la percepción de una familia dividida.
El funeral de Irene de Grecia se convirtió así en algo más que una despedida.
Fue una representación visible del estado actual de las relaciones dentro de la Casa Real, donde el respeto institucional convive con distancias personales difíciles de ocultar.
En un contexto de dolor, marcado además por la conmoción nacional por la reciente tragedia ferroviaria en España, el acto dejó una imagen clara: la unidad familiar plena sigue siendo una asignatura pendiente, incluso en los momentos más solemnes.
