La confesión de que en su matrimonio eran tres, una multitud, resquebrajó la imagen que la ciudadanía tenía de la institución y sus enredos familiares. Pero no solo: después se supo que la princesa había sido objeto de una red de engaños por parte de su entrevistador y que la BBC falló en su deber de vigilancia editorial

Treinta años después, el eco de aquella noche de 1995 sigue resonando como un trueno en los pasillos del Palacio de Buckingham.
La entrevista de la princesa Diana a la BBC —el episodio televisivo más explosivo en la historia reciente de la realeza británica— no solo expuso las grietas de un matrimonio real en ruinas, sino que también desenmascaró prácticas oscuras en el periodismo británico que, durante décadas, permanecieron enterradas bajo capas de silencio y prestigio.
Hoy, aquella herida continúa abierta, recordando al mundo que una sola confesión puede cambiar para siempre la percepción de una institución tan rígida y hermética como la Corona.
Todo comenzó con un susurro, con un leve temblor en la voz de Diana Spencer, sentada frente a las cámaras de la BBC. El periodista Martin Bashir, joven promesa del periodismo investigativo, parecía manejar con precisión cada pregunta.
Pero lo que nadie imaginaba era que la entrevista estaba destinada a convertirse en un terremoto mediático sin precedentes.
“Éramos tres en este matrimonio, así que estaba un poco concurrido”, dijo la princesa con una mezcla de vulnerabilidad y determinación.
Aquella frase, pronunciada con la serenidad de quien ya no tiene nada que perder, destrozó en segundos la imagen perfecta que durante años la monarquía había tratado de proyectar.

El Reino Unido quedó paralizado. Por primera vez, millones de espectadores escucharon directamente de la boca de Diana que su matrimonio con el príncipe Carlos —heredero al trono de Inglaterra— había estado condenado desde mucho antes de su separación oficial.
La presencia permanente de Camilla Parker Bowles, el sufrimiento emocional, los sentimientos de abandono, las presiones de la vida palaciega… Diana se desnudó ante el mundo sin filtros, rompiendo un código no escrito que dictaba que los miembros de la familia real debían guardar silencio absoluto sobre sus vidas privadas.
Pero la entrevista no solo impactó por su contenido, sino también por la forma en que fue conseguida. Años después, investigaciones internas demostraron que Bashir empleó métodos engañosos para ganarse la confianza de la princesa.
Documentos falsificados, insinuaciones sobre una supuesta conspiración dentro del palacio y presiones psicológicas que sembraron en ella la sospecha de que estaba siendo vigilada trascendieron en informes oficiales posteriores, revelando que la obtención de la entrevista había sido irregular y profundamente manipuladora.
La BBC, un símbolo de objetividad y rigor periodístico, tuvo que asumir su responsabilidad. La institución fue duramente criticada por fallar en su deber de supervisión editorial, permitiendo que Bashir actuara sin controles adecuados.
Décadas más tarde, la propia cadena expresó su arrepentimiento por los métodos utilizados, reconociendo que esas prácticas contribuyeron a incrementar la angustia de Diana en una de las etapas más vulnerables de su vida.

Mientras tanto, en el corazón de la monarquía, la entrevista generó un impacto devastador. La figura del príncipe Carlos quedó profundamente comprometida.
El reino se encontró dividido entre quienes consideraban a Diana una víctima atrapada en una maquinaria inquebrantable y quienes creían que la princesa había traicionado el deber de discreción que la Corona exigía.
Las encuestas se dispararon, la popularidad de la familia real cayó en picada, y por primera vez en la historia moderna, la institución tuvo que enfrentar el escrutinio emocional y mediático de una ciudadanía que comenzaba a cuestionarse si el sistema monárquico seguía siendo compatible con los tiempos contemporáneos.
El propio Carlos tuvo que emprender un largo y difícil camino de reconstrucción pública, mientras que Camilla, convertida involuntariamente en antagonista, pasó años manteniéndose lejos de los focos.
El impacto de aquella entrevista fue tan profundo que incluso la transición hacia el matrimonio de Carlos y Camilla estuvo marcada por cautela, estrategias de comunicación y esfuerzos constantes para suavizar la percepción pública de la pareja.
Diana, entretanto, emergió como un símbolo universal de vulnerabilidad, valentía y resistencia ante un sistema que la había asfixiado.
Su franqueza, su humanidad y su capacidad de comunicar su dolor conectaron de manera inmediata con millones de personas, convirtiéndola en una figura icónica cuya influencia perdura hasta hoy.
Para muchos, aquella entrevista fue el primer paso hacia la construcción de una imagen completamente distinta: la de una mujer que luchaba por recuperar el control de su vida y su voz.
Sin embargo, la tragedia golpeó solo dos años después con el fatídico accidente de París en 1997. Su muerte convirtió la entrevista en una especie de reliquia emocional, un testimonio de sus últimos años y de la batalla silenciosa que había librado.
Tras su fallecimiento, la crítica hacia la familia real creció aún más, obligando al palacio a replantear su relación con los medios, la opinión pública y su propio protocolo interno.
Con el paso del tiempo, distintos documentales, investigaciones y declaraciones de miembros de la familia real han devuelto la entrevista al centro del debate.
Hoy, tres décadas después, sigue siendo un punto de referencia ineludible, un recordatorio de que las instituciones más antiguas también pueden resquebrajarse cuando la verdad sale a la luz.
La entrevista no solo cambió la manera en que los ciudadanos veían a la monarquía; también cambió para siempre la relación entre la Casa de Windsor, los medios de comunicación y la sociedad.
A día de hoy, la figura de Diana continúa iluminando la historia reciente del Reino Unido. Su voz, capturada en aquella conversación televisiva, permanece como un eco imborrable de honestidad y dolor, un mensaje que sigue interpelando a nuevas generaciones.
Y mientras la monarquía sigue intentando adaptarse a un nuevo siglo lleno de desafíos, la entrevista a la BBC permanece como una herida abierta que recuerda que incluso los palacios más imponentes pueden temblar ante la fuerza de una verdad pronunciada en el momento justo.