José Luis Rodríguez Zapatero actuó como intermediario entre España y el régimen chavista, limitando la visibilidad de los presos liberados.
Lo de Barajas fue una escena indecente.
Cinco personas que han pasado por la trituradora chavista aterrizan en España y, en lugar de recibirles con luz, médicos, abogados y la prensa haciendo preguntas legítimas, el gobierno de Pedro Sánchez organiza una llegada a oscuras.
No para protegerlos, sino para proteger a los que negocian con su silencio.
La dictadura suelta a cuentagotas, Madrid baja la persiana, y Zapatero se pasea entre bambalinas como si fuera un salvador cuando, para demasiadas familias, ha sido el hombre que pedía callar.
“El verdadero escándalo no es que el chavismo sea chavismo, eso ya lo sabemos.
El escándalo es que aquí se colabore con su método”, se escucha decir a un familiar de uno de los liberados, quien espera ansiosamente que la verdad salga a la luz.
Rocío San Miguel, Andrés Martínez Alasme, José María Basoa, Miguel Moreno y Ernesto Gorbe Cder son los nombres que deberían resonar con fuerza en la opinión pública, pero el silencio impuesto por el gobierno sanchista lo impide.
“Si la libertad llega con una salida discreta y sin micrófonos, no hay libertad”, afirma un periodista que ha seguido de cerca el caso.
La opacidad de Barajas parece ser un regalo para quienes desean ocultar la verdad.
El régimen no quiere testimonios, quiere gestos, y el gobierno ayuda a que esos gestos no se conviertan en pruebas.
“Una prueba no es un comunicado, es una mirada, un temblor, un cuerpo que delata meses de encierro”, dice un activista de derechos humanos que ha trabajado con los liberados.

La conversación entre los familiares y los medios es tensa.
“¿Por qué no se les permite hablar? ¿Qué están ocultando?”, pregunta una madre, mientras las cámaras se apagan.
La respuesta del gobierno es clara: “Silencio.
No lo muevas en los medios.
No lo conviertas en escándalo.
Déjanos trabajar”.
Pero, ¿trabajar para quién? ¿Para el preso o para el intermediario?
Ese intermediario tiene nombre y apellidos.
José Luis Rodríguez Zapatero lleva años actuando como correa de transmisión entre España y el chavismo, presentándose como hombre de diálogo.
Sin embargo, cuando se liberan a cinco y se les saca de Barajas sin permitir que hablen, el mensaje es diáfano: “El mediador manda más que la víctima.
La dictadura decide cuándo sales y el mediador decide cuándo hablas”.
La estrategia del régimen es redonda.
“Sueltan a los presentables, a los que no rompen la escenografía, a los que no obligan al espectador a mirar de frente el deterioro físico”, explica un analista político.
Mientras tanto, los que no quieren mostrar se quedan dentro, ocultos.
“Una dictadura teme una cosa por encima de todo: que el mundo vea lo que hace”, añade.
El apagón informativo de Barajas evita imágenes, relatos y preguntas clave.
“Si esto le hicieron a cinco, ¿qué están haciendo ahora mismo con los que siguen dentro?”, se pregunta un activista, aludiendo a los miles que aún permanecen en la oscuridad del régimen.
Y como guinda, el propio Zapatero ya no camina solo en el terreno del relato; ha iniciado su paseo judicial.
“Por primera vez, la justicia empieza a mirar formalmente su papel y su relación con el entorno del narcoestado venezolano”, se comenta entre sus detractores.

No es una condena, pero sí es un aviso.
“Cuanto más cerca esté la lupa, más necesidad tienen de silencio, de discreción, de no removamos”, advierten los críticos.
El problema no es que Zapatero medie, sino que la mediación siempre termina sirviendo al régimen y blindando al mediador.
“España, con un gobierno decente, habría hecho lo contrario.
Habría puesto a los liberados en el centro, no como trofeo, sino como testigos”, dice un experto en relaciones internacionales.
“Habría garantizado que hablaran cuando quisieran, con apoyo psicológico y legal, pero sin mordazas.
Habría exigido nombres, listas, fechas, liberaciones”.
Lo que vimos fue el modelo sanchista: gestos, propaganda y una prudencia que siempre se parece demasiado a su misión.
“Cinco liberados llegan, se apagan las luces, se protege al intermediario y se nos pide que aplaudamos.
Pues no.
Si para facilitar que Delfci suelte a otros hay que callar la tortura, entonces no estamos ante una negociación, estamos ante un chantaje.
Y quien acepta ese chantaje, por acción u omisión, se convierte en parte del problema”.
La historia de estos cinco liberados es solo el inicio de un relato que debe ser contado.
“No podemos permitir que el silencio sea la respuesta”, concluye un familiar con determinación.
“La verdad debe salir a la luz, y nosotros seremos quienes la contemos”.