Repasamos cómo Fran Rivera ha hablado de alguno de los años más difíciles de su vida, que él mismo califica de “infierno”: los que vivió al lado de la mujer de su padre

Fran Rivera ha hablado sin rodeos de uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de su vida, una etapa marcada por el miedo, la incomodidad y el desprecio que, según él mismo ha relatado, vivió durante su infancia en Cantora junto a Isabel Pantoja.
Años después de aquel tiempo, el torero no duda en calificarlo como un auténtico “infierno”, una experiencia que dejó cicatrices profundas tanto en él como en su hermano Cayetano.
Fran y Cayetano eran apenas unos niños cuando la vida familiar que conocían se rompió.
Hijos del matrimonio formado por Francisco Rivera “Paquirri” y Carmen Ordóñez, crecieron entre separaciones, cambios y decisiones adultas que los arrastraron sin tener voz ni capacidad de entender lo que ocurría.
Fran nació en 1974 y Cayetano tres años después.
La separación de sus padres llegó en 1979, cuando Carmen buscaba libertad y Paquirri anhelaba una vida más tradicional.
Poco después, el destino del torero se cruzó con Isabel Pantoja, una relación que acabaría marcando para siempre a toda la familia.
Cantora, la finca soñada por Paquirri, era para los niños un lugar de felicidad cuando su padre estaba presente.
Risas, juegos, caballos y una sensación de familia unida que se desmoronaba en cuanto él se ausentaba.
“Mi padre era muy niñero, nos llevaba con él a todas partes y nos hacía sentir queridos”, ha recordado Fran en varias ocasiones.
Pero todo cambiaba cuando la figura de autoridad pasaba a ser Isabel.
“Tenía dos caras.
Delante de mi padre era cariñosa, pero cuando él no estaba nos despreciaba”, confesó sin titubeos.

La diferencia de trato era tan evidente que incluso otros miembros de la familia la percibían.
José Antonio Canales Rivera, primo de Fran, ha relatado situaciones que describen un ambiente hostil y controlador.
Frigoríficos cerrados con llave, estancias prohibidas, juegos vetados y salidas a caballo canceladas sin explicación.
“Era frustrante, no podíamos hacer nada”, recordó, confirmando que la ausencia de Paquirri convertía Cantora en un lugar frío y opresivo.
Fran no olvida aquellos momentos.
“No nos hacía sentir a gusto en la casa de nuestro padre.
No nos hablaba bien ni nos trataba con cariño”, explicó con la serenidad de quien ha tenido años para reflexionar, pero también con la dureza de quien no olvida.
Tenía solo diez años cuando vio cómo su mundo se transformaba en algo ajeno y hostil, un escenario donde él y su hermano parecían sobrar.
La boda entre Paquirri e Isabel Pantoja fue un punto de no retorno.
Fran y Cayetano ejercieron de pajes, colocados en primera fila, mientras su esperanza de recuperar la vida anterior se desvanecía.
Fran ha reconocido que aquel día entendió que nada volvería a ser igual.
Y lo peor aún estaba por llegar.
El 26 de septiembre de 1984, Paquirri falleció tras una cogida mortal en Pozoblanco.
La noticia sacudió a España entera, pero para sus hijos supuso algo más que la pérdida de un padre: fue el inicio del corte definitivo con todo lo que les unía a él.
Tras su muerte, Cantora dejó de ser un refugio para convertirse en un lugar al que ya no querían volver.
“No nos sentíamos cómodos, no nos hacían sentir cómodos”, ha resumido Fran con crudeza.

A partir de entonces, la relación con Isabel Pantoja se volvió inexistente y el conflicto familiar se enquistó.
Fran ha llegado a definirla públicamente como una persona soberbia y avara, especialmente por su negativa a entregar objetos personales de Paquirri que pertenecían a sus hijos.
No se trataba de bienes de valor económico, sino de recuerdos cargados de significado: trajes de luces, capotes y objetos íntimos que para ellos eran amuletos y vínculos con su padre.
“Nunca nos los dio”, ha afirmado con amargura.
Isabel siempre sostuvo que esos objetos no estaban en Cantora, alegando robos, pero esa versión nunca convenció a la familia Rivera Ordóñez.
Carmen Ordóñez, madre de Fran y Cayetano, tomó partido sin dudarlo.
Denunció públicamente la situación y defendió a sus hijos con uñas y dientes.
“Mucha calidad humana no debe tener cuando se comporta así con los hijos de su marido”, declaró en su día, convencida de que la intención de Isabel era hacerle daño a través de los niños.
Carmen también relató episodios especialmente duros, como castigos injustificados por expresar cariño hacia la persona que los había cuidado toda la vida.
Aquellas vivencias dejaron huella.
Aunque Fran ha asegurado que tuvo una infancia feliz en muchos aspectos, reconoce que la sombra de Cantora y de Isabel Pantoja fue una carga demasiado pesada para un niño.
Hoy, con los años y la distancia, Fran Rivera habla desde el cansancio emocional de una guerra larga y desgastante.
No busca reconciliaciones ni venganzas, solo contar su verdad.
Una verdad marcada por el dolor, la pérdida y la sensación de haber sido un estorbo en la vida de quien debía cuidarles.
Un relato que vuelve a encender una herida que nunca terminó de cerrarse y que confirma que, para algunos niños, el amor adulto puede convertirse en una condena silenciosa.
