La periodista permanece ingresada y recibiendo atención especializada en un hospital de Lanzarote tras sentirse indispuesta durante las vacaciones de Navidad

Sara Carbonero atraviesa uno de los momentos más delicados de su vida, nuevamente alejada de los focos y centrada en lo verdaderamente importante: su salud.
La periodista, de 41 años, permanece ingresada desde hace varios días en un hospital de Lanzarote, donde recibe atención especializada tras sentirse indispuesta durante las vacaciones de Navidad.
Aunque su entorno ha pedido máxima cautela y discreción, se sabe que continúa en manos de especialistas y que la evolución se sigue con extrema prudencia.
El ingreso se produjo cuando Sara disfrutaba de unos días de descanso en La Graciosa junto a su pareja, el empresario canario José Luis Cabrera, y un reducido grupo de amigos íntimos.
Entre ellos se encontraba, como casi siempre en los momentos clave de su vida, Isabel Jiménez.
Desde el pasado 30 de diciembre, el grupo se alojaba en la villa que Cabrera posee en la isla, un refugio de calma que se transformó inesperadamente en escenario de preocupación cuando Sara comenzó a encontrarse mal y tuvo que acudir de urgencia al hospital.
Este nuevo episodio de salud reabre heridas que nunca llegaron a cerrarse del todo.
En 2019, cuando atravesaba un momento especialmente dulce a nivel personal y profesional, Sara recibió el diagnóstico que cambiaría su vida para siempre: cáncer de ovario.
Tenía solo 35 años, llevaba una vida sana, estaba llena de proyectos y era madre de dos niños pequeños.
“Me quedé en shock”, reconocería después, incapaz de asimilar una palabra que nadie quiere escuchar.

Desde aquel momento comenzó un camino duro y largo, marcado por tratamientos agresivos, sesiones de quimioterapia, varias intervenciones quirúrgicas —dos de ellas en 2019 y 2022— y un acompañamiento psicológico que siempre ha defendido como imprescindible.
Sara aprendió a convivir con la incertidumbre, con el miedo constante y con una nueva forma de mirarse al espejo, tanto por fuera como por dentro.
Durante años evitó incluso pronunciar la palabra cáncer.
Era una manera de protegerse, de no darle más poder del necesario.
Sin embargo, en octubre de 2024, durante una gala benéfica, decidió hablar por primera vez a corazón abierto.
Con la voz rota y visiblemente emocionada, confesó: “Es la primera vez que hablo públicamente de mi enfermedad.
He huido de esa palabra durante años porque creía que, si no la nombraba, no sería una realidad”.
Aquel discurso marcó un punto de inflexión.
“Esto es una carrera de fondo”, añadió, reconociendo que siempre será una paciente oncológica y que ha aprendido a vivir con esa sombra.
Sara también quiso dirigirse a otras madres que atraviesan la misma situación.
“No preguntan nada y lo saben todo”, dijo al hablar de los niños.
Y lanzó un mensaje cargado de esperanza: “Vais a poder ver crecer a vuestros hijos, como lo estoy haciendo yo”.
Sus palabras resonaron con fuerza porque nacían de la experiencia, del dolor y también de la resiliencia.
En sus redes sociales, la periodista ha compartido reflexiones íntimas que han ayudado a muchas personas a sentirse comprendidas.
Ha hablado de meses en los que no se miraba al espejo porque no se reconocía, de conversaciones silenciosas con sus hijos y de pequeños gestos para protegerlos del miedo.
“El día que me vieron así por primera vez les llevé unos puzzles para desviar su atención, como me dijo la psicóloga.
Pero no resultó”, recordó en una ocasión.
Aun así, el humor acabó imponiéndose incluso en los momentos más duros, como cuando sus hijos se rieron al verla en un anuncio de champú grabado antes de perder el pelo.
“Ya pronto volverás a hacerlo, mamá”, le dijeron, arrancándole una sonrisa en medio de la tormenta.
En todo este recorrido hay un nombre que se repite de forma constante: Isabel Jiménez.
Su amistad, forjada hace años en el ámbito profesional, se ha convertido en un vínculo profundo, sincero y silencioso.
Isabel ha estado a su lado sin condiciones ni protagonismos, acompañándola en hospitales, tratamientos, días de miedo y noches largas.
No ha hecho falta decir mucho; su presencia ha sido suficiente.
Ahora, en este nuevo ingreso hospitalario, Isabel vuelve a ser ese apoyo firme que no falla.
Mientras Sara se recupera y se enfrenta de nuevo a la fragilidad del cuerpo, su amiga permanece cerca, sosteniéndola como solo lo hacen las amistades verdaderas, las que se quedan cuando el ruido desaparece.
A pesar del susto, quienes rodean a Sara confían en su fortaleza y en la capacidad que ha demostrado una y otra vez para levantarse.
Su prioridad sigue siendo la misma: cuidar de su salud, proteger a sus hijos y avanzar paso a paso, sin prisa, pero sin rendirse.
En esta batalla silenciosa, el amor, la amistad y la esperanza vuelven a ser sus mejores aliados.
