Así recuerda Sabina su infancia y juventud en la España de posguerra

Joaquín Sabina nunca ha sido un artista dado a edulcorar la realidad.
Su obra, directa y sin maquillaje, nace de una vida marcada por la escasez, la rebeldía y una mirada crítica hacia el mundo que le tocó vivir.
El cantautor de Úbeda, una de las voces más influyentes de la música española, ha recordado en más de una ocasión su infancia y juventud con una sinceridad que incomoda, pero que explica con claridad el origen de muchas de sus canciones y de su forma de entender la vida.
Sabina creció en una España de posguerra, golpeada por la pobreza y las enormes diferencias sociales.
Lejos de la nostalgia idealizada, el artista describe aquellos años como duros y, en muchos momentos, profundamente tristes.
Uno de los recuerdos que más le ha marcado es el Día de Reyes, una fecha que para muchos niños simboliza ilusión y alegría, pero que para él estaba cargada de frustración.
“El de los Reyes Magos era un día muy triste.
Vivía en una plaza donde los niños iban a enseñar sus juguetes.
Los ricos llevaban una bici y yo, un aro”, recordaba con crudeza.
Aquella escena infantil, aparentemente simple, se convirtió en una lección temprana sobre la desigualdad y la injusticia social.

Hijo de una ama de casa y de un policía nacional, Joaquín Sabina se crió en un entorno austero, donde no sobraba nada y donde la disciplina y la religión marcaban el ritmo diario.
Fue educado por monjas carmelitas en un ambiente que él mismo ha definido como asfixiante.
“Era una infancia duramente religiosa, de misa diaria, comunión y confesión frecuente.
No podías tener malos pensamientos”, contaba sin tapujos.
Aquella educación rígida contrastaba con su carácter inquieto y su necesidad de cuestionarlo todo, una tensión que marcaría su personalidad y su obra futura.
Aunque reconoce la belleza de Úbeda, Sabina siempre ha hablado de la ciudad como un lugar del que sentía la necesidad urgente de escapar.
Soñaba con marcharse, con conocer mundo y con romper las cadenas de una vida que sentía demasiado estrecha para sus aspiraciones.
Esa inquietud lo llevó pronto a implicarse en movimientos políticos y sociales contrarios a la dictadura, incluso cuando las consecuencias podían ser graves.
Uno de los episodios más duros de su juventud fue su detención en Granada por participar en actividades antifranquistas.
Lo más impactante de aquella experiencia no fue solo el arresto, sino el hecho de que quien tuvo que detenerlo fue su propio padre.
“Volví a Úbeda pensando que iba a estar tranquilo, pero llamaron por teléfono diciendo que me llevaran preso y mi padre tuvo que detenerme.
Llegó a casa y dijo: ‘Hijo mío, estás detenido’”, relató Sabina.
El viaje hasta Granada, de varias horas, fue silencioso y doloroso.
“No abrió la boca en todo el trayecto”, recordaba con emoción.

La escena se volvió aún más amarga en comisaría.
Allí, Sabina fue testigo de cómo un superior humillaba a su padre delante de él.
“Amé a mi padre y odié al que lo humilló”, confesó años después.
Aquel momento dejó una huella profunda en el artista, pero no logró doblegar su espíritu rebelde.
Lejos de callarse, continuó participando en actos contra la dictadura, asumiendo riesgos cada vez mayores.
El punto de no retorno llegó cuando, con apenas 21 años y mientras estudiaba Filología Románica, participó en una manifestación en Granada contra el régimen franquista y el proceso de Burgos.
En medio de los disturbios, lanzó un cóctel molotov contra una oficina bancaria.
Aquel acto lo colocó al borde de la cárcel y lo obligó a tomar una decisión drástica: el exilio.
Utilizando el pasaporte de un desconocido, huyó primero a Francia y terminó instalándose en Reino Unido.
El exilio fue un periodo decisivo en su vida y en su carrera artística.
En Londres, Sabina sobrevivió cantando en restaurantes y pequeños locales, un entorno que le permitió empezar a dar forma a su voz como cantautor.
“Cantar en restaurantes era más fácil, y ahí empecé”, recordaba.
Allí también entró en contacto con colectivos alternativos y okupas, un movimiento que describía con entusiasmo.
“Vivíamos como reyes”, decía, reivindicando aquella forma de vida libre y comunitaria.

Fue en ese contexto donde Sabina comenzó a escribir canciones de manera más seria, a mezclar poesía con lenguaje cotidiano y a transformar sus vivencias en letras cargadas de ironía, melancolía y crítica social.
Cantaba en clubes frecuentados por exiliados, personas que, como él, habían tenido que dejar su país atrás.
Esa experiencia marcó para siempre su manera de contar historias y de enfrentarse al escenario.
Con el paso de los años, Joaquín Sabina se consolidó como una figura imprescindible de la música en español.
Discos que retratan el amor, el desengaño, la noche y la vida urbana se convirtieron en la banda sonora de varias generaciones.
Hoy, con su retirada de los escenarios, cierra una etapa fundamental, pero su legado permanece intacto.
Desde la dureza de la posguerra hasta el exilio, desde la represión hasta la libertad creativa, la vida de Sabina ha estado íntimamente ligada a su obra.
Sus canciones no se entienden sin su infancia difícil, sin aquel niño que llevaba un aro mientras otros estrenaban bicicletas.
Una historia personal marcada por la adversidad que explica por qué Joaquín Sabina nunca ha cantado desde la comodidad, sino desde la verdad.