Joaquín Torres afronta un momento personal crítico marcado por la muerte de su padre, una profunda ruptura familiar y su separación reciente de Raúl Prieto.

El arquitecto Joaquín Torres atraviesa uno de los episodios más difíciles de su vida.
Hundido por la reciente muerte de su padre, el ingeniero y empresario Juan Torres Piñón, el creador de algunas de las viviendas de lujo más reconocidas de España repasa, con voz cansada y emoción contenida, el estado real de su familia y el impacto que han tenido los últimos años en su estabilidad emocional y patrimonial.
«No hay ruina ni nada que se le parezca. Lo que hay es una familia absolutamente rota», resume, consciente de que la fractura afectiva pesa hoy más que cualquier cifra económica.
El fallecimiento de Juan Torres, a los 89 años, pone fin a la trayectoria de uno de los ingenieros de caminos más influyentes de su generación.
Cofundador de ACS junto a un joven Florentino Pérez, su nombre se asocia a la creación de una de las mayores constructoras de Europa en un proceso que, como recuerda su hijo, «se hizo en una sola generación», una rareza en un sector donde la continuidad empresarial suele atravesar varias etapas familiares.
«Ambos eran listos, ambiciosos, y se entendían muy bien. Mi padre siempre tuvo una dependencia emocional de Florentino, aunque llevasen veinticinco años sin hablarse», explica el arquitecto.
Aun en sus últimos días, comenta, su padre apenas reconocía a la familia, «pero sí habló de Florentino». El presidente del Real Madrid se desplazó personalmente al tanatorio de Pozuelo de Alarcón para darle el último adiós.
La figura del empresario, apasionado del arte y patrono de instituciones como el Reina Sofía o el Guggenheim de Bilbao, se mantuvo durante sus últimos años prácticamente recluida en su mansión de 3.000 metros cuadrados en Las Encinas, diseñada por el propio Joaquín.
«Era el reflejo de lo que era mi padre: una continua necesidad de demostrar poder», afirma el arquitecto, que junto a sus hermanos se turnaba para acompañarlo. «No le faltó de nada. Yo le prometí a mi madre que cuidaría de él hasta el final, y así lo he hecho».

Su muerte se suma a una cadena de golpes personales que han colocado a Torres al límite.
Desde el accidente de tráfico que sufrió en diciembre de 2023 —tras el cual ha pasado por diez intervenciones quirúrgicas—, su vida, asegura, «se ha convertido en una película de terror».
A ello se añade la pérdida de su madre, Joaquina, el fallecimiento repentino de su cuñado, la grave enfermedad de su cuñada y la ruptura con su marido, Raúl Prieto, con quien contrajo matrimonio en mayo de 2023. «Cuando ya no puede pasar nada más, viene algo peor.
Estoy agotado», confiesa. Su voz cambia de tono cuando habla de Prieto: «Me hubiese gustado que mi marido se quedase conmigo, aunque no hubiésemos podido salvar el matrimonio. Él dejó la relación hace poco más de tres meses».
El conflicto patrimonial entre los hermanos ha sido otra de las heridas abiertas que Torres intenta cerrar.
Más de 40 sociedades, valoradas en conjunto en más de 400 millones de euros, pasaron a estar bajo el control de su hermano Julio, después de que su padre le otorgara el poder de administrador único.
«Mi padre cometió un error», lamenta el arquitecto, quien llegó a acusar públicamente a su hermano de fraude. Sin embargo, el desgaste emocional y la acumulación de tragedias le han hecho replantearse su posición.
«No quiero hablar ni ver a Julio, pero tampoco quiero que vaya a la cárcel ni que se vaya de España. Necesito cerrar ese capítulo», afirma. Reconoce que judicializar el conflicto solo prolongaría el dolor: «No quiero estar litigando años. Quiero paz».

Joaquín Torres insiste en que no existe tal «ruina» económica, como se llegó a insinuar en algunos círculos, pero sí un deterioro profundo de los vínculos familiares. «La batalla con mi hermano Julio nos ha trastocado la vida, no solo a mi madre, sino a todos», señala.
Ahora, la familia busca alcanzar un acuerdo extrajudicial que permita recomponer, al menos parcialmente, una convivencia marcada por la tensión y la desconfianza.
A pesar de la fatiga emocional, Torres asegura estar decidido a priorizarse por primera vez en mucho tiempo. «Quiero rodearme de amor, no de odio. Ahora tengo rabia, y tengo que limpiarme el alma», reconoce.
Entre las muestras de apoyo que ha recibido en estos días, destaca los mensajes de Miquel Roca, la familia Oriol, los March y otros amigos cercanos, cuyo afecto, dice, «me está ayudando a sostenerme».
La familia organizará en los próximos días un funeral público en memoria de Juan Torres, un hombre cuya figura ha marcado durante décadas la historia empresarial española. «Quiero que lo despidan como le hubiese gustado», afirma su hijo.
Mientras tanto, el arquitecto sigue tratando de reconstruirse a sí mismo después de un periodo que él mismo define como «un torbellino devastador». Su mayor deseo ahora es sencillo, pero profundo: «Poder vivir en paz».
