El especial de Nochevieja de José Mota en TVE fue duramente criticado por una supuesta autocensura política que evitó cualquier sátira incómoda para el Gobierno.

El especial de Nochevieja de José Mota en Radio Televisión Española ha sido objeto de una fuerte controversia tras la emisión de un programa que muchos consideran un claro ejemplo de autocensura inducida por el poder.
Desde su anuncio, el programa fue diseñado con límites estrictos, excluyendo cualquier referencia a figuras y temas que pudieran incomodar al Gobierno de Pedro Sánchez.
Nombres como Ábalos, Koldo García, Santos Cerdán, Begoña Gómez y David Azagra fueron notoriamente ausentes, lo que ha alimentado las sospechas de que el guion fue previamente “filtrado” por criterios políticos.
Los espectadores han calificado el resultado como un humor plano, predecible y excesivamente prudente.
La sátira incisiva que tradicionalmente se espera de un especial de Nochevieja brilló por su ausencia, dejando a la audiencia con chistes seguros, sin riesgo y sin colmillo.
En las redes sociales, la reacción fue inmediata, inundándose de mensajes críticos que denunciaban la falta de autenticidad en el humor presentado.
“¡Basta ya de humor servil!”, “esto parece propaganda disfrazada de comedia” y “no es sátira, es autoprotección”, fueron solo algunas de las reacciones que resonaron entre los televidentes.

Incluso José Mota, el humorista que ha sido aclamado en el pasado, no escapó de la polémica.
Para muchos, se encontró atrapado en un formato que limitaba su capacidad creativa, repitiendo personajes y fórmulas conocidas, pero sin el margen necesario para incomodar al poder.
La crítica no se dirigió tanto a su talento como a las condiciones del contexto en el que operaba.
Analistas han denunciado que, en este espacio público, la libertad creativa ha quedado subordinada a las líneas editoriales impuestas desde arriba.
Las críticas no se detuvieron ahí.
Algunos espectadores incluso hablaron de un uso partidista de los recursos públicos, argumentando que una televisión financiada por todos no debería ofrecer un humor “con filtro ideológico”, sino una sátira que aborde todos los aspectos del arco político por igual.
La queja no se centró únicamente en lo que se dijo, sino también en lo que se omitió deliberadamente.
El balance final es claro para una buena parte del público: un especial que pasó de puntillas por los temas incómodos, presentando un humor domesticado y sin mordiente.
La Nochevieja, que tradicionalmente ha servido como una plataforma para reírse del poder, dejó la sensación de que la crítica había sido puesta bajo llave antes de comenzar.
Muchos concluyeron que, esta vez, en Televisión Española, la risa había sido cautiva y que la censura, aunque discreta, se hizo notar de manera alarmante.

La percepción generalizada es que el programa no solo falló en proporcionar el humor esperado, sino que también traicionó la esencia misma de lo que debería ser un especial de Nochevieja.
La tradición de utilizar esta ocasión para desafiar y satirizar a los poderosos fue reemplazada por un enfoque que prioriza la seguridad y la conformidad.
Los televidentes esperaban un espectáculo que les hiciera reír a carcajadas, pero en su lugar recibieron un producto diluido, que no solo carecía de la chispa necesaria, sino que también dejó un sabor amargo en la boca de aquellos que valoran la libertad de expresión.
La situación plantea preguntas inquietantes sobre el estado de la libertad creativa en los medios públicos españoles y el papel que juegan en la sociedad contemporánea.
¿Es posible que la autocensura se haya convertido en una norma en un entorno donde la crítica se considera un riesgo? La respuesta parece ser un resounding “sí”, y el especial de Nochevieja de José Mota es solo un reflejo de una tendencia más amplia que amenaza con sofocar la voz de la sátira y el humor en un espacio que debería ser un bastión de la libertad de expresión.
En resumen, el especial de Nochevieja de 2025 se ha visto marcado por la controversia y la decepción.
La falta de crítica mordaz y la evidente autocensura han dejado a la audiencia deseando un regreso a un humor genuino y provocador, uno que no tema desafiar al poder y que, sobre todo, respete la inteligencia del público.
La esperanza es que, en el futuro, los programas de televisión puedan recuperar su esencia y ofrecer un espacio donde la risa sea verdaderamente libre y sin restricciones.
