🔥💣 PASIÓN, CHANTAJE Y CARTAS PROHIBIDAS: EL SECRETO MÁS OSCURO DEL JOVEN JUAN CARLOS Y LA CONDESA QUE MARCÓ SU DESTINO

La relación secreta entre el joven Juan Carlos y la condesa italiana Olguina de Robilant comenzó a finales de los años cincuenta y se prolongó durante cuatro años marcados por la pasión, los conflictos familiares y la inminente boda del príncipe con Sofía.

 

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Durante décadas, la vida sentimental del rey Juan Carlos I ha sido terreno fértil para rumores, silencios pactados y verdades a medias.

Sin embargo, pocas historias han resultado tan persistentes, incómodas y cargadas de polémica como la relación que mantuvo en su juventud con la condesa italiana Olguina de Robilant, un vínculo que, según diversas versiones, se prolongó durante cuatro años y dejó una huella profunda tanto en lo personal como en lo político.

La periodista Pilar Eyre, conocida por su conocimiento minucioso de la realeza, ha relatado esta historia como una de las más controvertidas del entonces príncipe.

Todo habría comenzado a finales de 1956, en la localidad portuguesa de Cascais, donde se reunían aristócratas y exiliados europeos.

Aquella noche, Juanito, aún muy joven y con el luto reciente por la muerte de su hermano, se convirtió en el centro de la fiesta.

Entre música, bailes y copas apareció Olguina, una condesa italiana de apenas 23 años, famosa por su vida intensa, su magnetismo personal y su presencia habitual en los ambientes más sofisticados de la época.

El encuentro fue inmediato y, según ella misma narró años después en sus memorias, surgió una conexión arrolladora.

Bailaron juntos, conversaron sin reservas y se dejaron llevar por una atracción que marcaría el inicio de una relación intermitente, apasionada y secreta.

Juanito no ocultaba que tenía otras relaciones ni que su entorno familiar desaprobaba a Olguina, pero aun así regresaba siempre a ella, fascinado por su carácter libre y su fuerte personalidad.

La condesa llegó a acompañarlo incluso a eventos familiares, algo que provocó tensiones con su padre, decidido a poner fin a aquel romance que consideraba peligroso para el futuro del heredero.

 

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Con el paso del tiempo, la relación se fue llenando de ausencias, celos y silencios.

Juanito avanzaba en su destino institucional mientras Olguina continuaba su vida entre Italia y otros países europeos.

Antes de la boda del príncipe con Sofía de Grecia, ambos se reencontraron por última vez en Roma.

Él le mostró el anillo de compromiso, confeccionado con una joya familiar, y ella le confesó que durante el tiempo separados había sido madre.

La reacción de Juanito fue fría y distante, marcando un punto de no retorno.

Aquel encuentro selló el final definitivo de una historia que ya no tenía cabida en la nueva etapa que se abría ante él.

Lo que parecía un episodio enterrado en el pasado resurgió con fuerza décadas después.

En 1988, Olguina reapareció en España con un argumento explosivo: conservaba decenas de cartas íntimas que, según ella, probaban la intensidad de su relación con el ahora rey y respaldaban su afirmación de que su hija Paola era fruto de aquel amor juvenil.

La situación derivó en un escándalo silencioso.

Hubo intermediarios, negociaciones discretas y un pago millonario para evitar que las cartas vieran la luz.

Aun así, Olguina conservó copias y terminó publicando fragmentos en una revista italiana, donde aseguró públicamente que el rey de España era el verdadero padre de su hija.

La versión cambió con el tiempo.

Años después, la propia Olguina desmintió esa paternidad en sus memorias, afirmando que Paola era hija de un hombre italiano.

El giro alimentó aún más las sospechas y las teorías sobre presiones, acuerdos y compensaciones económicas.

Paola, convertida ya en una profesional respetada y alejada del foco mediático, nunca volvió a estar en el centro de la polémica.

 

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Lejos de desaparecer, la condesa volvió a cruzarse con la monarquía española en 2004, durante la boda de los entonces Príncipes de Asturias.

Esta vez lo hizo como periodista, enviada especial de un medio italiano.

Asistió a los actos paralelos, presenció cenas privadas y publicó una crónica despiadada en la que criticó sin piedad a invitados y protagonistas.

Sus palabras, cargadas de ironía y veneno, describían la ceremonia como un espectáculo artificial, atacaban la vestimenta de algunos asistentes y cuestionaban la actitud de los miembros de la familia real.

Paradójicamente, cuando se refería a Juan Carlos, su tono cambiaba.

Dejó entrever una nostalgia evidente por aquel “Juanito” joven, impulsivo y enamorado que, según ella, fue transparente y auténtico.

Recordaba con cierta ternura al muchacho que soñaba con un futuro distinto, muy lejos del peso de la corona y las responsabilidades históricas que acabaría asumiendo.

Olguina de Robilant falleció años después, llevándose consigo parte de una historia que nunca terminó de aclararse del todo.

Queda el relato de una pasión juvenil, de cartas comprometedoras, de silencios comprados y de una relación que, verdadera o no en todos sus detalles, sigue alimentando el mito y la controversia en torno a la figura del rey emérito.

Una historia donde amor, ambición y poder se entrelazan y que demuestra que, incluso en las casas reales, el pasado siempre encuentra la manera de regresar.

 

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