Ana Garrido Álvarez, conocida como la “dama del norte”, fue una figura clave en la logística del narcotráfico al conectar de forma discreta a redes de España y Colombia.

En el mundo del narcotráfico, donde la violencia y la ostentación suelen acaparar los titulares, hay historias que permanecen en la sombra, invisibles para la mayoría.
Una de esas historias es la de Ana Garrido Álvarez, conocida como la “dama del norte”, quien logró conectar de manera discreta y efectiva España y Colombia, convirtiéndose en una figura clave en la logística del tráfico de cocaína en Europa.
Ana Garrido nació en un pueblo minero de Asturias, en una familia obrera marcada por el trabajo duro y las pocas oportunidades.
Su padre fue minero, y desde pequeña, Ana aprendió el valor del esfuerzo.
Sin antecedentes criminales en su familia, su vida parecía destinada a seguir un camino convencional.
Sin embargo, el destino le tenía reservado un papel muy diferente.
“Nunca pensé que acabaría en este mundo”, afirmaba Ana en entrevistas posteriores, refiriéndose a su entrada en el narcotráfico.

A finales de los años 90, mientras otros narcotraficantes se hacían notar por su violencia y ostentación, Ana se movía con discreción.
No necesitaba armas ni grandes despliegues; su fortaleza radicaba en su capacidad organizativa.
“En el narcotráfico, la clave no es solo cargar fardos, sino conectar las piezas”, explicaba un experto en crimen organizado.
Ana se convirtió en una operadora logística, una figura fundamental que coordinaba rutas, contactos y tiempos, asegurando que la droga llegara a su destino sin levantar sospechas.
El norte de España, especialmente Galicia, se transformó en un punto estratégico para la entrada de cocaína desde Sudamérica.
Con puertos atlánticos, una red de marineros y empresarios habituados a operar al margen de la ley, Ana encontró el escenario perfecto para desarrollar su red.
“No era la mujer de un capo, ni necesitaba relaciones sentimentales para ascender.
Su lugar lo ganó por utilidad”, comentaba Ulises Bértolo, un escritor que ha estudiado su caso.

Su vida personal, aparentemente normal, le permitió moverse entre círculos criminales sin despertar sospechas.
“Vivía con discreción.
No había grandes mansiones ni coches de lujo”, recordaban quienes la conocieron.
Sin embargo, su nombre comenzó a aparecer en las investigaciones policiales cuando las fuerzas de seguridad empezaron a desmantelar redes de narcotráfico más amplias.
La Operación Temple, una de las mayores investigaciones contra el narcotráfico en España, fue el punto de inflexión.
En mayo de 1999, la policía puso bajo vigilancia a varios personajes clave, entre ellos a Ana.
“Queríamos desmantelar toda la plataforma, no solo interceptar un cargamento”, explicaba un investigador involucrado en la operación.
Las escuchas y seguimientos revelaron la conexión entre narcotraficantes gallegos y colombianos, con Ana Garrido en el centro de la logística.
El 4 de junio de 1999, las fuerzas de seguridad llevaron a cabo un abordaje espectacular en alta mar, deteniendo a 16 tripulantes y confiscando más de cinco toneladas de cocaína.
“Fue un golpe decisivo que marcó un antes y un después en la lucha contra el narcotráfico en España”, afirmaban los fiscales.
Ana, considerada el enlace directo entre los carteles colombianos y los clanes gallegos, fue arrestada y enfrentó un juicio que resultó en una condena de 35 años y 9 meses de prisión.
“No disparó un arma, pero su papel organizativo fue fundamental”, sentenció la Audiencia Nacional.

A pesar de la dureza de la condena, el caso de Ana Garrido no es solo una historia de caída.
Su trayectoria refleja un fenómeno más amplio en el narcotráfico español, donde la violencia no siempre es el único camino hacia el poder.
“El narcotráfico no discrimina por género ni clase social.
Puede atraer a cualquiera que esté dispuesto a asumir el riesgo”, explicaba un analista.
Ana, una mujer de origen humilde, se convirtió en un símbolo de cómo el dinero fácil puede seducir a personas comunes hacia el crimen.
Hoy, más de 20 años después de su condena, Ana Garrido sigue cumpliendo prisión.
Su historia ha dejado una huella en el debate sobre el narcotráfico en España, no solo por ser una figura femenina en un mundo predominantemente masculino, sino por lo que representa.
“Su caso se estudia como un ejemplo de cómo funcionan las redes de narcotráfico”, afirmaban académicos en diversas conferencias.
Mientras el narcotráfico continúa adaptándose y evolucionando, la historia de Ana Garrido sirve como un recordatorio de que, aunque algunos caen, el negocio sigue prosperando.
“El narcotráfico no se fue con Ana a prisión.
Se quedó fuera, esperando al siguiente operador”, concluían los expertos.
La lucha contra este fenómeno sigue siendo un desafío estructural para la sociedad española, donde las consecuencias del narcotráfico se sienten en cada rincón.