Ahora que las hijas de los Reyes son ambas mayores de edad, se ha sabido que ambas han hecho oficial su renuncia a una herencia que les llegó en 2009. Sus primos también estaban incluidos en la partición.

La historia parecía completamente enterrada en las hemerotecas, pero ha regresado con una fuerza inesperada y un giro que nadie vio venir.
Dieciséis años después de la muerte del empresario menorquín Juan Ignacio Balada Llabrés, su sorprendente herencia vuelve a ocupar titulares porque, ahora que la Princesa Leonor y la Infanta Sofía ya son mayores de edad,
ambas han tomado oficialmente una decisión que confirma el rumbo ético que la Casa Real lleva tiempo defendiendo: renunciar a su parte de una fortuna valorada en más de 10 millones de euros.
Un gesto que no solo sigue la línea que ya trazaron Felipe y Letizia, sino que vuelve a abrir un capítulo fascinante y lleno de incógnitas sobre una historia que marcó un antes y un después en Zarzuela.
En el momento de su fallecimiento, Balada Llabrés dejó boquiabiertos tanto a sus allegados como al país entero.
Sus parientes más cercanos, dos primas con las que mantenía relación, esperaban ser las herederas naturales. Sin embargo, el testamento fue un terremoto: ni un solo euro para ellas. El empresario había decidido entregar su fortuna directamente a la Familia Real española.
En ese documento notarial figuraban los entonces Príncipes de Asturias —Felipe y Letizia—, sus hijas Leonor y Sofía, y los seis sobrinos de los Reyes: los hijos de las infantas Elena y Cristina. En total, ocho primos que también debían repartirse el 25% del legado.

La herencia no era menor: viviendas, solares, inversiones financieras y la histórica farmacia de la madre del empresario en Menorca. Todo ello sumaba un total aproximado de 10 millones de euros.
Balada Llabrés había amasado esa fortuna de forma autodidacta: hijo de un dueño de cine y de la primera farmacéutica de la isla, fue pianista en Barcelona antes de regresar a Menorca para hacerse cargo de la farmacia familiar.
Desde allí, invirtió con audacia y visión empresarial, convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de la isla balear.
El testamento estaba cuidadosamente dividido: la mitad debía destinarse obligatoriamente a fines sociales, y la otra mitad repartirse entre los miembros de la Familia Real mencionados. Lo que ocurrió después generó un auténtico dilema institucional.
Felipe y Letizia, entonces Príncipes, decidieron dar un paso contundente: renunciar a su parte y entregarla completamente para la creación de una fundación.
Así nació en 2010 la Fundación Hesperia, destinada a apoyar la investigación de enfermedades raras y la inserción laboral de jóvenes con discapacidad.
Fue una decisión celebrada públicamente y que reforzó su imagen de transparencia. Pero quedaba por resolver qué harían los ocho primos.

Hasta hoy, ese misterio permanecía en un limbo, sobre todo en lo referente a las dos hijas de los Reyes, ya que, hasta alcanzar la mayoría de edad, no podían tomar la decisión por sí mismas.
Ahora, con 18 años cumplidos tanto la Princesa de Asturias como la Infanta Sofía, se ha confirmado que ambas han seguido el camino marcado por sus padres: han renunciado oficialmente a su parte, que representaba un 3,12% del total, es decir, algo más de 300.000 euros cada una.
La noticia ha sido interpretada como una muestra más de coherencia con la política interna de transparencia instaurada desde la proclamación del Rey Felipe VI en 2014.
Desde entonces, la Casa Real publica de manera detallada un listado anual de los regalos aceptados y rechazados por los Reyes y sus hijas, un gesto que ha definido un nuevo modelo de comportamiento institucional muy alejado de épocas pasadas.
La renuncia de Leonor y Sofía se suma a esa línea, reforzando la imagen de una familia comprometida con la ética pública y con evitar cualquier tipo de conflicto de intereses.
Sin embargo, la historia no termina aquí. Ahora toda la atención se dirige hacia los otros seis herederos: los hijos de las infantas Elena y Cristina.
Todos ellos son ya mayores de edad, y la decisión de Leonor y Sofía añade presión y expectativa sobre sus posibles pasos. ¿Seguirán el ejemplo de sus primas y renunciarán a su parte? ¿Aceptarán el dinero que su tío y tía decidieron declinar hace ya más de una década?
Las próximas semanas podrían revelar un nuevo capítulo dentro de esta herencia inesperada que, lejos de apagarse, sigue generando debate.

Mientras tanto, la figura del empresario que originó todo este revuelo vuelve a cobrar relevancia. Su vida, marcada por el esfuerzo, la cultura y la visión empresarial, terminó en una decisión testamental que sigue influyendo en la realidad de la Casa Real tantos años después.
Balada Llabrés no dejó nada a sus primas porque, según manifestó en vida, ellas “ya tenían mucho dinero”. Eligió entregar su fortuna a quienes consideraba símbolos de servicio público, confiando en que su legado tendría un impacto social real.
Y así ha sido. La Fundación Hesperia lleva más de una década desarrollando proyectos de investigación y apoyo completamente financiados por la parte de la herencia que los Reyes decidieron destinar a esta causa.
Hoy, con la renuncia de Leonor y Sofía, ese legado vuelve a resonar. No se trata únicamente de una cuestión económica, sino de una narrativa que cubre ética, responsabilidad institucional y la imagen pública de la realeza española.
Las hijas de los Reyes, que han crecido bajo el escrutinio permanente y una educación orientada al servicio público, han dado un paso significativo que encaja perfectamente con la formación y los valores que la Corona quiere proyectar.
La historia de esta herencia seguirá, sin duda, generando titulares, especialmente cuando se conozca la decisión final de los otros seis sobrinos.
Pero por ahora, el gesto de Leonor y Sofía marca un nuevo hito en la evolución de la Familia Real: una elección que habla alto, claro y sin ambigüedades sobre cómo quieren presentarse ante el país.
Y mientras los focos apuntan a ellos, la figura discreta del empresario menorquín parece, por fin, encontrar el destino que imaginó para su fortuna: no cuentas corrientes, sino un impacto duradero en la sociedad española. En cierto modo, su legado sigue vivo… más vivo que nunca.