España se formó a lo largo de más de dos mil años, desde un mosaico de pueblos prerromanos, pasando por la conquista romana que creó Hispania y sentó las bases culturales, lingüísticas y legales de la península.

Durante siglos se ha repetido que España nació con la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, como si una sola ceremonia hubiera dado vida a una nación completa.
Esa imagen cómoda y simplificada es solo el último fotograma de una historia muchísimo más larga, violenta y fascinante. España no nació en 1492.
España se forjó durante más de dos mil años entre invasiones, guerras civiles, sueños imperiales y una obsesión constante por la unidad. Mucho antes de los Reyes Católicos, ya había quienes intentaron unir la península bajo una sola idea de poder.
Antes de llamarse España, la península ibérica era un mosaico caótico de pueblos que no compartían identidad ni proyecto común.
En el sur y el este habitaban los íberos, agricultores expertos y metalúrgicos brillantes que comerciaban con fenicios y griegos. En el norte y el interior dominaban los celtas, pueblos guerreros organizados en castros fortificados.
En la meseta, la mezcla de ambos dio lugar a los celtíberos, temidos por su ferocidad. Lusitanos, galaicos, vascones y muchas otras tribus completaban un territorio fragmentado donde la unidad no existía ni como idea.
Los primeros extranjeros no llegaron con ejércitos, sino con barcos. Fenicios y griegos fundaron colonias comerciales como Gadir o Emporion, atraídos por los metales y la riqueza del territorio.
Todo cambió con Cartago, una potencia que no quería comerciar, sino dominar. Bajo el mando de la familia Barca, con Amílcar y Aníbal al frente, los cartagineses iniciaron una conquista sistemática del sur y el este, fundando Kart Hadasht, la actual Cartagena.
Por primera vez, una fuerza externa intentó controlar gran parte de la península bajo un solo poder militar.

Ese intento chocó de frente con Roma. La lucha por Sagunto desencadenó la Segunda Guerra Púnica y convirtió a la península en un campo de batalla decisivo. Roma entró para derrotar a Cartago y terminó quedándose. La conquista romana no fue rápida ni sencilla.
Durante casi dos siglos, las legiones se enfrentaron a una resistencia feroz. De las montañas surgió Viriato, pastor convertido en estratega, capaz de humillar a Roma con tácticas de guerrilla.
Numancia resistió durante años hasta elegir el suicidio colectivo antes que la esclavitud. Aquella resistencia dejó una huella tan profunda que todavía hoy se habla de resistencia numantina.
Cuando Roma finalmente venció, comenzó una transformación radical. Por primera vez, toda la península quedó unida bajo una sola ley, una sola administración y un solo nombre, Hispania. No fue solo una conquista militar, fue una revolución cultural.
Carreteras, acueductos, teatros y ciudades conectaron el territorio. El latín se impuso como lengua común y con el tiempo daría origen a las lenguas romances.
Las élites locales se romanizaron y hombres nacidos en Hispania, como Trajano o Adriano, llegaron a gobernar el Imperio. La idea de pertenecer a una entidad unificada había nacido.
Pero ese edificio se levantaba sobre un imperio que comenzaba a desmoronarse. A comienzos del siglo V, Roma ya no podía defender sus fronteras. En el año 409, suevos, vándalos y alanos cruzaron los Pirineos y arrasaron la península.
Para controlar el caos, Roma pactó con los visigodos, un pueblo germánico al que entregó tierras a cambio de orden. Cuando el Imperio Romano cayó definitivamente, los visigodos se quedaron y establecieron su capital en Toledo.

Aquí comienza la parte más desconocida de la historia. Los visigodos eran una minoría gobernante sobre millones de hispanorromanos. Vivían separados por leyes, costumbres y religión.
Eran cristianos arrianos, considerados herejes por la mayoría católica. No había matrimonios mixtos ni una identidad compartida. La Hispania unida parecía un sueño roto.
Entonces llegó Leovigildo. No fue un simple caudillo bárbaro, fue un político con una visión clara. Con campañas militares implacables sometió a suevos, vascones y territorios bizantinos.
Por primera vez desde Roma, un solo rey gobernaba casi toda la península. Pero Leovigildo sabía que la espada no bastaba.
Permitió matrimonios mixtos, impulsó una unificación legal y adoptó símbolos imperiales. Mandó acuñar monedas con su rostro, se sentó en un trono y gobernó desde Toledo como capital real. Su ambición no era ser rey de los godos, sino rey de Hispania.
Su gran fracaso fue la religión. Intentó imponer el arrianismo y eso provocó una guerra civil con su propio hijo, Hermenegildo, que terminó ejecutado. Aun así, la idea ya estaba sembrada.
Su hijo Recaredo comprendió que la unidad solo era posible aceptando la fe de la mayoría. En el año 589, en el III Concilio de Toledo, abandonó el arrianismo y convirtió al reino al catolicismo.
Con unidad territorial y religiosa nació el Regnum Hispaniae, el primer estado independiente y unificado de la península. La idea política de España había nacido en el siglo VI.

Ese primer proyecto duró poco. El reino visigodo se pudrió por dentro entre conspiraciones y asesinatos. En 711, en plena guerra civil, una facción pidió ayuda a los musulmanes del norte de África. Tariq ibn Ziyad cruzó el estrecho y derrotó al rey Rodrigo en Guadalete.
El colapso fue fulminante. En pocos años, casi toda la península se convirtió en Al-Ándalus, una de las civilizaciones más brillantes del mundo medieval.
Mientras Córdoba, Sevilla o Granada florecían, en las montañas del norte surgió una resistencia mínima liderada por Pelayo. La victoria de Covadonga fue pequeña en lo militar, pero gigantesca en lo simbólico. Allí nació la idea de una España perdida.
Los reinos cristianos no se vieron como fundadores, sino como herederos del reino visigodo destruido. Su lucha no era conquistar, era restaurar.
Durante casi ocho siglos, esa idea impulsó la Reconquista. Hubo alianzas, guerras internas y largos periodos de paz, pero el objetivo nunca desapareció. Asturias se convirtió en León, de León nació Castilla, Aragón creció hacia el Mediterráneo y Portugal tomó su propio camino.
El gran punto de inflexión llegó en 1212 con las Navas de Tolosa, cuando los reinos cristianos se unieron y quebraron el poder musulmán.
Finalmente, en 1469, Isabel y Fernando unieron sus dinastías. No crearon España desde cero, encajaron las piezas más grandes de un puzle milenario. En 1492 cayó Granada y se cerró un ciclo iniciado muchos siglos antes.
España no nació en una fecha concreta. España se construyó entre sangre, imperios, derrotas y sueños de unidad que sobrevivieron incluso a la destrucción. Su identidad no es una foto fija, es una historia en movimiento que comenzó mucho antes de lo que nos contaron.